SEÑORITAS DE TACNA
de  FREDY GAMBETTA

Cuando era niño en Tacna vivían muchas señoritas, algunas de ellas ancianas. Eran aquellas tacneñas que habían sufrido el cautiverio de su ciudad y que optaron por la soltería antes que casarse con chileno. Inspirado en el recuerdo de una de ellas, que era su familiar, nuestro gran escritor, Mario Vargas Llosa, ha escrito la obra de teatro que se titula, precisamente, “LA SEÑORITA DE TACNA”.

A esas señoritas tacneñas, Arturo Jiménez Borja, en el Colofón, de la segunda edición del libro EL ALMA DE TACNA, les dedica elogios y recuerdos, como creo que nadie lo ha hecho con tanta elegancia y sentimiento. Las tacneñas de hoy deberían grabar en oro lo que escribe el autor. “ Las señoritas de Tacna en misa, se sentaban al lado de otras señoras y señoritas peruanas. Se visitaban entre ellas y formaban un círculo muy cerrado en el que no se colaba ningún varón ni dama que no fuese peruana. Así envejecieron y se quedaron solteras. Yo vi. marchitarse a mi tía, poco a poco, sin perder su compostura, ni apoyar la espalda en el respaldo de los sillones, con dignidad de nardo que se desmaya lentamente”.

“ En Tacna había un gran cuartel chileno que comenzaba a poblarse de una oficialidad muy joven y apuesta. Estos “milicos” cortejaban de lejos y sin éxito a las señoritas peruanas. Las saludaban en el teatro, al salir de misa. Mas ellas nunca se dieron por aludidas. Pasaron por la vida, erguidas, serenas, como si no sintieran bullir su sangre joven ni revolverse en femenina curiosidad”. En otro párrafo leemos. “ Mucho se ha escrito sobre el heroísmo de los hombres tacneños, mas creo que no se ha hecho justicia cabal a quienes enjugaron lágrimas sólo por la Patria, a quienes no leyeron cartas de amor, ni sintieron el estremecimiento de un beso enamorado”.

Sin duda para mí, como para algunos amigos cercanos, una dama tacneña emblemática fue la señorita Aída Falkenheiner Castro. Menudita, blanca, de intensos ojos azules, que le venían como herencia de sus antepasados alemanes, debió haber sido bella en su juventud. A ella la visitaba de tarde en tarde para escuchar sus narraciones, los dichos tacneños, para preguntarle por la vida tacneña de aquellos años difíciles cuando no podía flamear el bicolor peruano bajo el limpio cielo tacneño. Cuántas cosas aprendí de ella. De cuántos tacneños de antaño tuve, gracias a ella, referencia.

En la céntrica calle San Martín, en una amplia casona, vecina al Club Unión, vivían las señoritas Blanca y Lily Lapeira y Campos. De pasada me detenía a conversar con la señorita Blanca. Lily, más delgada, y siempre acicalada, que la recuerdo entre brumas, había fallecido. Eran hijas de español y tenían un hermano, que no vivía en Tacna, que publicaba, de vez en cuando, larguísimos poemas en el diario LA VOZ DE TACNA.

La señorita Carmen Rosa Vargas Téllez vivía en los altos de la Casa Canepa. Los generosos esposos Canepa, Violeta y Guido, cuidaron de esta dama tacneña en su ancianidad. La señorita Vargas Téllez era alta, blanca, de ojos verdes. Seguramente habría sido linda en su juventud. Conservaba una serena belleza en la ancianidad.

Ahora, después de tantos años de haber fallecido la señorita Carmen Rosa puedo confesar que, más de una vez, serví de correo al doctor José Jiménez Borja, notable intelectual tacneño, quien le enviaba cartas desde Lima. Tal vez, no lo sé, el doctor Jiménez Borja habría sido, antaño, “admirador”, como se decía otrora, de la bella dama. Lo que sí sé es que, cuando mi amiga recibía las cartas, se le iluminaba la mirada. En aquellos verdes ojos yo creía ver, aún, algo del fuego de la lejana juventud de esa gentil y discreta tacneña. Una real “señorita de Tacna”.

También conocí a otras viejecitas, todas ellas viviendo una digna pobreza. Seguramente descendían de familias que habían caído en desgracia a causa de la guerra. Entre ellas nombro a la señorita Inés Butron, descendiente de franceses, que vivía en la cuadra diez, de la alameda y que, al no tener descendientes, su única casita pasó a poder de la Beneficencia Pública. La señorita Inés era, cuando la conocí, una anciana bajita y encorvada.

La señorita Rosa Grabulosa era profesora de educación primaria. Terminó su carrera magisterial en la escuela Pre Vocacional 996, vecina a la Plaza Zela. Ella era muy jovencita cuando se produjo la entrega de Tacna. La recuerdo porque fue un ejemplo de rectitud, de decencia, de entrega a su vocación de maestra. Era un adolescente cuando me halagó, lo recuerdo como hubiera sucedido ayer, regalándome un lapicero Parker que era inalcanzable para un niño pobre como yo lo era.

Otras señoritas tacneñas fueron Eufemia y Maximina Anaya. Ambas trabajaban en la farmacia propiedad de su hermano, Humberto, uno de los primeros farmacéuticos profesionales nacido en Tacna. La farmacia estaba ubicada en la esquina de San Martín con Patricio Meléndez. Hace pocos meses ha fallecido el último de los hermanos Anaya, Juan, que se dedicaba a colocar inyecciones.

Leontina Laura Marín fue una señorita tacneña de una exquisita sensibilidad. Compuso himnos, tocaba el piano y ha dejado una serie de pinturas que deben ser rescatadas del olvido. A ella, Luis Cavagnaro, en su Estampas Tacneñas, le ha dedicado una sentida canción.

Cierro esta desordenada crónica, de homenaje y recuerdo a las señoritas de Tacna, citando a Zoila Sabel Cáceres Barreda, mujer de temple, maestra que dirigió una escuela peruana clandestina, política y excomulgada por la iglesia católica. Homenaje a ella que fue una mujer íntegra, cristiana en la extensión cabal de la palabra.

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