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FREDY GAMBETTA
Siempre escuché, y lo comprobé en la realidad, que los mineros o quienes
trabajan abriendo túneles, no dejan ingresar en ellos a las mujeres. Dicen
que les traen mala suerte, que ocasionan derrumbes en el interior de esos
grandes agujeros que perforan el vientre de la tierra, generalmente en la
serranía.
Mas nunca había escuchado que los pescadores tampoco permiten que las
mujeres los acompañen en sus duras faenas. Ellos, los pescadores, afirman
que “la mar”, como ser femenino que es, se muestra celosa y se enfurece
como lo haría cualquier fémina a la que otra pretendiera, osara, levantarle
al consorte.
En este punto hago un aparte para reparar en que no solamente los poetas
tenemos la licencia para llamar la mar, al mar. También la tienen, y con
todo derecho, los pescadores que se pasan la vida de ola en ola. Aunque
ninguno de estos preceptos estén escritos en ese antiquísimo Libro de las
Costumbres del Mar que rigió, desde el siglo XII, las relaciones marítimas
de genoveses, sicilianos, pisanos, venecianos, marselleses, sirios,
napolitanos y cartagineses.
Mi hijo, desde hace años, es amigo de los pescadores de la Boca del Río.
Como es natural esa amistad la cultiva en el verano. Se puede decir que son
sus amigos de verano con los que ingresa al mar, ayuda a tirar las redes, -
no sé si se dirá así, en la jerga marinera- y a recoger la apetitosa carga
de corvinas, tomoyos, sargos, pintadillas y tantas otras especies de ese
dechado de riqueza que es el Mar de Grau con el que nos ha premiado la
naturaleza.
En esas travesías alguna vez, ganado por la vida aventurera y la lectura de
Hemingway, me confiesa que se hacía llamar Hemingway entre esos sus rudos
amigos que, en sus horas libres, juegan fulbito, bailan chicha y rinden
entusiasta culto a Baco, el más popular de los dioses.
Pero además me ha contado otras historias que no tengo porque dudar de su
veracidad. Son historias que a él, a su vez, se las han contado esos sus
patas pescadores. Una de ellas es la que refiere como, en noche lóbrega,
unos niños aparecen saltando en las rocas cercanas a la playa y que
desaparecen apenas se les acerca una persona mayor creyendo que se trata de
desamparados infantes perdidos en medio de aquella soledad, entre el mar y
el cielo oscuro.
Otra historia, que cuenta más de un pescador, lo que nos hace presumir que
se repite, en distintos lugares, dice que cuando un pescador se lanza al
mar, desde la nave en la que está embarcado, para acomodar la red, siente
que nada junto a él otra persona, a su ritmo. Entonces, en medio de aquella
inmensidad, que a veces, cuando no hay luna, es una boca de lobo, en alta
mar, la experiencia asusta al más valiente.
También le han contado, esos buenos hombres del mar, que han visto, en más
de una ocasión, como una luz muy potente, que deslumbra, emerge desde el
fondo del mar y lo ilumina todo en un instante. Misterio de misterios.
Los pescadores son hombres curtidos, formados, desde niños, en sistemas
rígidos, austeros, ajenos a las finezas, a la vida, aunque ruda, pero que
da un espacio para la contemplación que se puede encontrar en otros oficios,
en otras ocupaciones como, por ejemplo, en la agricultura donde trabajan
los campesinos sobre una tierra firme que alimentan de semillas y de la que
esperan cosechar frutos.
Esos pescadores, de los que muy pocos se ocupan, como todos nosotros,
también tienen capacidad de emocionarse, de asustarse, de sentir ternura.
La ternura les brota, unida al innegable susto cuando ven, en las noches de
luna, la silueta de una joven mujer, vestida siempre de blanco, que recorre
en actitud contrita las playas y que desaparece cuando uno presiente que
está cerca de ella.
La mujer que recorre las playas es otra historia repetida en nuestro
litoral. Historia compartida en la soledad de la noche por los grupos de
pescadores que se reúnen a brindar por la pesca; por las mujeres; por la
suerte, buena, regular o mala; por el equipo campeón del torneo que
organizaron “con una pollada más”, porque siempre es bueno cambiar la dieta
de pescado por las aves; por la desgracia ajena o los amores nuevos o
tardíos; por el nacimiento del hijo o por el hijo que se marchó, sin decir
nada a nadie, un día cuando estaba triste la mar. Es decir, amigos y amigas,
señoras y señores, siempre hay un motivo para que se levante el vaso o la
copa con el néctar que embriaga y, la más de las veces, hace hablar más de
la cuenta. Y también llorar lágrimas de hombre, que son tan amargas por
estar condenadas a nunca brotar. (Leo Marini dixit)
En medio de ellos mi hijo, Mauricio, ha pasado largas veladas, sobre todo
en una mañana o una tarde deportiva después de defender los sagrados, los
incólumes colores de un equipo desde su irremplazable puesto arquero.
Entonces es larga la jornada y las chelas van y vienen y se repiten las
historias y los cuentos con los que cada uno aporta para ir formando, como
quien ensarta un largo collar, las perlas de una tradición oral que se
repetirá de padres a hijos y a nietos y a bisnietos y así hasta que seamos
vecinos en las estrellas o, como en mi caso, de hijo a padre.
Lo anecdótico es que, alrededor de una mesa, en la cantina, un pescador
recién llegado preguntaba alguna vez, con insistencia, por Hemingway
“¿quién es Hemingway?”, decía. Uno que estaba al lado, como asombrándose de
la ignorancia del compañero, le respondió, “Hemingway está a tu lado, es
Mauricio”.
2001-11-21 da Freddy Gambetta-Tacna 2006©
por Peruan-Ità
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