RECUERDOS DE UN PALADAR TACNEÑO
de  FREDY GAMBETTA

Tacna no tiene una rica tradición gastronómica. O, por lo menos, varios de los platos que preparaban nuestras abuelas se han perdido, no se sirven más. No podría asegurar, a ciencia cierta, que en esto también haya influido el casi medio siglo que la ciudad vivió separada del Perú.

En realidad los platos que se preparan en Tacna son comunes a los que muestra la tradición culinaria de otras ciudades, con alguna variantes. Es que no hay mucho de nuevo bajo el sol. El adobo tacneño, por ejemplo, se diferencia del cuzqueño o del arequipeño porque el zapallo de Pachía es insustituible para nosotros y el palillo le da el rubor que nos encanta..

El tan mentado picante a la tacneña, que es considerado, por algunos, el plato emblemático de Tacna, es también una variante del picante que se prepara en otros lugares del país. Y, sobre él, nadie se pone de acuerdo en cuales son sus ingredientes. Cada cual le agrega o le quita alguno, según la tradición familiar.

Al respecto tengo una figura. Digo que el picante es, para los tacneños, como su madre. Gorda, alta, negra, blanca, china, chola, fea o bonita, es la madre de uno y por eso los hijos la adoran. Así es el picante. El casero es insustituible en el gusto y la memoria del paladar de cada quién.

Los inmigrantes italianos aportaron muchísimo a la culinaria local. Actualmente mucha gente prepara el menestrón, un plato típico del pueblo italiano. Lo gracioso es que quienes lo consumen no solamente no conocen su origen sino que lo preparan sin menestras, que son las que le dan el nombre, precisamente.

A ese minestrón popular, del estado llano, le agregamos los tallarines, rojos o verdes, la polenta, los ñoquis, los ravioles, las pizzas, en toda su variedad, y los riquísimos zapallitos italianos, cuyo pino se derretía en la boca. Por supuesto que en las mesas de los descendientes, de esa gran colonia, hasta hoy se sirven platos que no han llegado a popularizarse pero que ya ingresarán, poco a poco, al menú criollo y cotidiano.

No he vuelto a comer, a saborear, la malaya rellena, tal y como la preparaban en mi casa. Recuerdo que tenía la forma de un cojín relleno cocido con pabilo, por los cuatro costados, antes de ponerlo en el horno. Tampoco me he vuelto a servir un contundente chupe tacneño, cuya receta mi mamá María se llevó a la tumba. El problema, para mí, es que soy muy torpe para registrar los ingredientes.

Otras delicias eran las pequeñas, redondas, sabrosas albóndigas que, como la malaya, y las alcachofas tienen reminiscencias árabes. O las caiguas rellenas y el arroz tapado que, en mi casa, consistía en una base de arroz, en el medio el aderezo y luego encima otra capa de arroz. De ahí el nombre. Se me sigue haciendo agua la boca cuando recuerdo el chupe de guata, la patasca a la tacneña, el charquicán, con charqui o con malaya, ambas variantes exquisitas.

Las papas rellenas eran también una obligada presencia en el menú semanal. El relleno lleva pasas, aceituna y huevo. Las que se hacían en mi casa tenían la forma casi redonda, no ovalada, como la he visto en otros lugares. Y siempre bien fritas, doradas, con una capa superior casi dura.

La memoria de mi paladar evoca las sabrosas cazuelas y los arvejados con pollo. Los tallarines a la tacneña, con asado, pollo o pichones. Este era el plato de lujo tacneño. Después llegó el popular picante, con menudencias. A esta relación agregaré la carbonada; el trigo, preparado con charqui; el chuño frito, con queso riquísimo de la sierra tacneña; el chupe de camarones, de chuparse los dedos y la rica sopa de zapallo, que no he vuelto a saborear hace varios años.

Las torrejas de carne, zanahorias o verduras nunca fueron de mi predilección. Si lo fue, y lo sigue siendo, el contundente plato de porotos, con toda la rienda puesta. Este fue un aporte chileno junto al excelente pastel de choclo, salado y dulce, que doña Luisa Rejas de Bocchio, mi inolvidable amiga, que los ángeles tengan en la cocina celestial, era la abanderada. Ella me contó la historia, que escribiré en otra ocasión, del famoso pastel de choclo, primo hermano de las humitas.

Aparte del consabido escabeche, y del clásico frito, el pescado no hizo tradición en la cocina tacneña. Los cebiches, las parihuelas, los sudados, los frutos del mar, son aportes que trajo “la gente del norte” y que se fueron introduciendo en la mesa tacneña recién a partir de la segunda mitad del siglo XX. O sea, ayer nomás.

Los tacneños, los auténticos tacneños, no somos adictos a las ensaladas. Salvo para acompañar los asados o parrilladas, como mejor les guste decir. Tampoco lo somos a los dulces. Como lo son los moqueguanos, por ejemplo. Moquegua es, sin duda alguna, la capital del cuy chactado y de los dulces. Tienen una variedad increíble. Nosotros, los tacneños, no.

Sin embargo no había, hasta hace pocos años, una casa en la cual las madres o abuelas, en los meses de verano, dejaran de preparar los dulces, o mermeladas, - no sé la diferencia – de ciruela, membrillo, pera, tomate o camote que envasaban para que se consumieran durante todo el año. Agregaré que mis lectores tacneños no negarán que nuestro manjar blanco tiene un sabor especial. Como un sabor especial tienen los macerados de damasco, ciruela, uva o mora que se ofrecían a las visitas en la mayoría de hogares.

Burla burlando se fue el espacio de la crónica. Con toda seguridad se encontrarán en ella omisiones, errores, etcétera. Pero no se le puede pedir más a un cronista que no diferencia, con claridad, aún en la vejez, una lechuga de una coliflor.

diciembre de 2007

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