PEQUEÑA HISTORIA DE LA NONNA LINA
Creció viendo el azul, el intenso azul del Mar Ligure, el
bellísimo golfo Tigullio, en su pequeño pueblo de San Pietro de Rovereto, en la
región de Zoagli. Quedó huérfana a muy temprana edad. El padre fue herido de
muerte en una batalla cruenta, en la Primera Guerra Mundial, defendiendo el
honor italiano y la madre murió de pena. A la pequeña Rosa Angela Forni Trabucco
la criaron su nona y unas tías. La criaron sin riquezas, pero con mucho amor. Un
poco esforzándose más de lo debido para que la niña aquella, pobre niña, no
sintiera los rigores de no contar, como todas las niñas, que jugaban con ella en
la escuela, con sus padres. Su destino fue el de tantos niños europeos, de
tantos niños italianos que tuvieron que vivir horas, días, meses, años de
soledad, de angustia, de pena, preguntándose el porqué de tanta desgracia
ensombreciendo sus mejores años infantiles.
En Tacna, la pequeña ciudad ubicada en el sur del Perú, que aun vivía cautiva en
poder de Chile, lugar de residencia de una numerosa colonia italiana, vivía
desde 1925 el joven Guiseppe Casaretto Solari quien había sido llamado por su
hermano mayor. En aquellos años cuando los italianos decían “ir a América y
volver”, un poco para alejarse de las desgracias que traían las guerras.

Italiani a Tacna nel 1930
El joven Casaretto enfermó de reumatismo en Tacna, mucha humedad, decía, y
regresó a su pueblo natal a curarse. En ese pueblo, viviendo sus mejores años de
la adolescencia, encontró a Rosa Angela, que contemplaba el mar sin saber que
pronto lo tendría que usar como medio para viajar lejos, muy lejos.
Giuseppe se enamoró perdidamente de la bella Lina, de frescos 17 años. Y decidió
pedirla en matrimonio. La nona y las tías aceptaron no con mucho agrado la
propuesta. Casaretto debía regresar a la América, y con su amada. Al final,
confiaron en él pues se trataba del hijo de una buena familia vecina, que
hablaba el mismo dialecto y tenía las mismas costumbres. Rosa Angela partió a lo
desconocido. Como ajuar llevaba, así lo recuerda ella, un baúl, hecho por su
esposo, lleno de ollas de un material que no se encontraba en el Perú y que,
según él, era especial para dar el auténtico sabor a la comida italiana.
Los jóvenes esposos se embarcaron en el puerto de Genova, el 29 de septiembre de
1932, en el Orazio. Después de casi un mes de travesía, en aquel enorme
trasatlántico, desembarcaron en el puerto de Arica, la noche del 27 de octubre.
La joven Rosa Angela, desde uno de los vagones del tren Arica – Tacna, veía
desconcertada el inmenso desierto, la aridez de la costa peruana. Allí empezó su
tristeza, su añoranza por la tierra natal, por su pueblo de Zoagli, por el verde
intenso y el azul del Mar Ligure. Y lloró siete meses, día y noche. Pensó que
nunca se acostumbraría a esa nueva realidad.

L'ANTICA STAZIONE DI TACNA della linea Tacna - ARICA
OGGI IL PIU' IMPORTANTE MUSEO DEL GENERE NEL CONTINENTE SUDAMERICANO
Sin embargo en Tacna encontró lo que ella creía era una pequeña ciudad italiana.
Al día siguiente de su llegada, a la joven esposa la visitó la señora María
Lombarda. Ella le dijo cómo era Tacna, cómo eran los peruanos y los tacneños, en
especial. La acogió con cariño. Con ternura, como quien recibe a una hija. Era
tan joven la señora Casaretto.
Aquí en Tacna reparó, con asombro, que a las señoras italianas les llamaban “madamas”.
Nunca entendió el porqué de ese trato. “Si hubieran sido francesas, pasaba”,
pensó. Con los días fue conociendo y visitando con su esposo a varias familias.
Entre las que recuerda, hoy a sus 91 años, lúcida, con ojos vivaces, estaban los
Banchero, Lercari, Queirolo, Giglio, Pessino, Cuneo, Rochetti, Gnecco, Bollo,
Martignoni, Pollarolo, Bacigalupo, Guerra, Nolli, Rossi, Pescetto, De Laudi,
Canepa, De Ferrari, Parodi, Capellino, Gianelli, Visconti, Peirano, Denegri.
Varios de esos apellidos ya no se encuentran en la Tacna del siglo XXI.
Los jóvenes esposos Casaretto tenían un almacén en la esquina de las calles Zela
con Patricio Meléndez, en el corazón de la ciudad. Después, Giuseppe denunciaría
unas minas de cobre, en la sierra de Tacna, trabajaría en La Yarada y en una
bodega, llamada San José, que era una de las más grandes de Tacna. Así, con sus
hermanos, fue creciendo la firma Casaretto Hnos. & Cia.
Y llegaron los hijos. Primero Santiago Antonio, Edda, Ana María y Carlos. Los
esposos Casaretto Forni se acostumbraron en Tacna, hablaron el español
rápidamente, querían y eran queridos por la gente peruana, pero siempre añoraban
la patria lejana. Cada vez que querían volver, de visita, surgía un gran
impedimento. Primero fue la Guerra Civil Española, después la guerra de Abisinia
y, finalmente, la Segunda Guerra Mundial. Todo ello retrazó el regreso por
varios años. Pero regresaron. Fue en 1957, con sus hijos Edda y Carlos.

La Famiglia Trabucco a Tacna
En San Pietro di Rovereto fue casi una fiesta aquel retorno. Las amigas de
infancia de Lina salieron a recibirla con dulces, con pasteles, con abrazos y
con lágrimas de alegría. Venía de tan lejos la otrora bella huerfanita. Después
de siete meses retornaron a Tacna.
En Tacna, en aquellos años, el 28 de Julio, el día de la independencia del Perú,
los italianos izaban las dos banderas. La bicolor peruana y la tricolor italiana
flameaban juntas, orgullosas al viento. Mientras tanto, en las mesas, se servían
los potajes de la cocina italiana mediterránea, el minestrón, los ravioles, los
ñoquis, la polenta, los tallarines, las pizzas. Y se bebía el vino que los
italianos producían en sus bodegas. Vino tinto áspero. Felizmente, me dice la
nona Lina, el campo tacneño era pródigo en verduras que nada tenían que envidiar
a las que encontraban en su pueblo italiano natal. Ellos, como inmigrantes,
aportaron a la cocina tacneña y, a su vez, aprendieron a preparar los platos
tacneños. Hoy, a sus años, la madama Lina cocina un rico picante a la tacneña y,
como primer plato, la insuperable cazuela con ave o con ternera.
Ha pasado el tiempo inexorable y la nona Lina hoy si llora es de felicidad. Vive
en medio de un condominio familiar, en medio de flores y de árboles. “La gente
tacneña ha sido siempre muy buena con nosotros”, me dice con la sabiduría y la
ternura que dan los años a la gente buena. Cae la tarde y brindamos, una vez más,
por el Perú y por Italia.
Freddy Gambetta
LA PICCOLA STORIA DI NONNA
LINA
Crebbe vedendo l'azzurro, l'intenso azzurro del Mare Ligure,
il bel golfo del Tigullio, nel suo piccolo paese di San Pietro di Rovereto,
nella zona di Zoagli. Rimase orfana ad un'età molto precoce. Il padre fu ferito
a morte in una cruenta battaglia, nella Prima Guerra Mondiale, difendendo
l'onore italiano e la madre, morì di pena. La piccola Rosa Angela Forni Trabucco
fu allevata da sua nona ed alcune zie. L'allevarono senza ricchezze, ma con
molto amore. Sforzandosi un po' più del dovuto affinché la bambina, quella
povera bambina, non sentisse il rigore di non contare, come tutte le bambine che
giocavano con lei a scuola, sui suoi genitori. Il suo destino fu quello di tanti
bambini europei, di tanti bambini italiani che dovettero vivere ore, giorni,
mesi, anni di solitudine, di angoscia, di pena, domandandosi il perché di tanta
disgrazia oscurando i suoi migliori anni dell'infanzia.
A Tacna, la piccola città ubicata nel sud del Perù che nonostante vivesse
prigioniera ed in potere del Cile, luogo di residenza di una numerosa colonia
italiana, viveva dal 1925 il giovane Giuseppe Casaretto Solari che era stato
chiamato da suo fratello maggiore. In quegli anni, quando gli italiani dicevano:
"andare in America e ritornare", anche per allontanarsi dalle disgrazie
che portavano le guerre.
Il giovane Casaretto si ammalò di reumatismi a Tacna, molta umidità, diceva, e
ritornò al suo paese natale a curarsi. In quel paese, vivendo i suoi migliori
anni dell'adolescenza, trovò Rosa Angela, che contemplava il mare senza sapere
che presto lo avrebbe usato come strada per viaggiare lontano, molto lontano.
Giuseppe si innamorò perdutamente della bella Lina, dei suoi freschi 17 anni. E
decise di chiederla in moglie. La nona e le zie non accettarono con molto
piacere la proposta. Casaretto doveva ritornare in America, e con la loro amata
figlia. Alla fine, si fidarono di lui perché si trattava del figlio di una buona
famiglia vicina che parlava lo stesso dialetto ed aveva le stesse abitudini.
Rosa Angela partì verso l'ignoto. Come corredo portava, così lei lo ricordava,
un baule, fatto da suo marito, pieno di pentole di un materiale che non si
trovava in Perù e che, secondo lui, era speciale per dare l'autentico sapore
italiano al cibo .
I giovani sposi si imbarcarono nel porto di Genova, il 29 settembre del 1932,
sulla nave 'Orazio'. Dopo quasi un mese di traversata, in quell'enorme
transatlántico, sbarcarono nel porto di Arica, la notte del 27 ottobre. La
giovane Rosa Angela, da uno dei vagoni del treno Arica-Tacna, vedeva sconcertata
l'immenso deserto, l'aridità della costa peruviana.Lì iniziò la sua tristezza,
la sua nostalgia per la terra natia, per il suo paese di Zoagli, per il verde
intenso e l'azzurro del Mare Ligure. E pianse sette mesi, giorno e notte. Pensò
che non si sarebbe mai abituata a quella nuova realtà.
Tuttavia a Tacna trovò quello che lei pensava di trovare, una piccola città
italiana. Il giorno successivo al suo arrivo, fece visita alla giovane sposa la
signora María Lombarda. Lei gli spiegò com'era Tacna, come erano i peruviani e
specialmente i tacnesi. L'accolse affettuosamente, con tenerezza, come chi
riceve una figlia. Era tanto giovane la signora Casaretto.
Qui a Tacna imparò, con stupore, che chiamavano "madamas" le signore italiane,
non capì mai il perché di quel trattamento. "Se fossero stati francesi,
passava", pensò. I giorni successivi insieme al marito visitò e conobbe varie
famiglie. Tra quelle che ricorda, oggi a 91 anni, lucida e con gli occhi vivaci,
c'erano i Banchero, Lercari, Queirolo, Giglio, Pessino, Cuneo, Rochetti, Gnecco,
Brioche, Martignoni, Pollarolo, Bacigalupo, Guerra, Nolli, Rossi, Pescetto, Di
Laudi, Canepa, Di Ferrari, Parodi, Capellino, Gianelli, Visconti, Peirano,
Denegri. Vari di questi cognomi non si trovano più nella Tacna del XXI secolo .
I giovani sposi Casaretto avevano un magazzino nell'angolo tra le strade Zela
e Patrizio Meléndez, nel cuore della città. Dopo, Giuseppe denuncerebbe alcune
miniere di rame, nella catena montuosa di Tacna, lavorò in La Yarada ed in una
cantina, chiamata San José che era una delle più grandi di Tacna. Così, insieme
ai suoi fratelli, crescendo la firma Casaretto Hnos. & Co.
Ed arrivarono i figli. Primo Santiago Antonio, Edda, Ana María e Carlos. Gli
sposi Casaretto Forni si abituarono a Tacna, impararono rapidamente lo spagnolo,
volevano ed erano ben voluti dalla gente peruviana, ma sentivano sempre la
mancanza della patria lontana. Ogni volta che volevano ritornarci in
visita, sorgeva un grande impedimento. Prima fu la Guerra Civile Spagnola, dopo
la guerra d'Abissina ed infine, la Seconda Guerra Mondiale. Tutto ciò ritardò il
ritorno per vari anni. Ma ritornarono. Fu nel 1957, coi i figli Edda e Carlos.
A San Pietro di Rovereto fu quasi una festa quel ritorno. Le amiche d'infanzia
di Lina uscirono a riceverla con dolci, torte, abbracci e con lacrime di
allegria. Veniva da tanto lontano la bella orfana degli altri tempi. Dopo sette
mesi ritornarono a Tacna.
A Tacna, in quegli anni, il 28 di Julio, il giorno dell'indipendenza del Perù,
gli italiani issavano le due bandiere. La bicolore peruviana e la tricolore
italiana ondeggiavano unite e orgogliose al vento. Nel frattempo, nei tavoli, si
servivano i minestroni dalla cucina mediterranea italiana, il minestrone, i
ravioli, i gnocchi, la polenta, le tagliatelle, le pizze. E si beveva il vino
che gli italiani producevano nelle loro cantine. Vino rosso aspro. Per fortuna,
mi dice la nonna Lina, i campo tacnesi sono generosi e per le verdure non
avevano nulla da invidiare a quelle che trovavano nel suo paese natale in
Italia. Loro, come immigrati, diedero un apporto alla cucina tacnese e, a loro
volta, impararono a preparare i piatti tacnesi. Oggi, alla sua età, madama Lina
cucina alla tacnese come primo piatto ricco e piccante, l'insuperabile stufato
con gli uccelli o con il vitello.
Oggi è passato inesorabile il tempo e la nona Lina se piange, è di felicità.
Vive in mezzo ad una proprietà familiare, tra i fiori e gli alberi. "La gente di
Tacna è stata sempre molto buona con noi", mi dice con la saggezza e la
tenerezza che danno gli anni alla buona gente. Scende la sera e brindiamo,
un'altra volta, per il Perù e per l'Italia.
Freddy Gambetta
traduzione di Pietro Liberati
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