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CRONICA DE UNA NOCHE BAJO LAS ESTRELLAS, EN MICULLA Y CON UN CHAMÁN
de FREDY GAMBETTA Creo que no hay peor
soberbio e ignorante que aquel que niega lo que desconoce. Para mí son mucho
más dignos los agnósticos que, ante el arcano, simplemente no afirman ni
niegan absolutamente nada.
Voy a contarles, en esta crónica dominical, una experiencia que viví, hace
algunos años, acompañado de mi hijo Mauricio, entonces un adolescente, de 14
años.
Fue un día de la primavera. Por amigos comunes supe que en Tacna vivía un
chamán, natural del norte del país. Estos amigos tenían el encargo de
registrar, para la televisión, una sesión con el mencionado chamán que
trabajaba acompañado de sus ayudantes. A mí me habían encargado escribir el
libreto del documental.
Alrededor de las cuatro de la tarde transitamos por la carretera que va a
Palca. En un desvío, ingresamos hasta las faldas de un enorme cerro, un apu
que le dicen. Desde la altura donde nos ubicamos podíamos distinguir el
verdor del Valle Viejo.
Apenas asentados en el sitio escogido por el chamán, un hombre alto, blanco,
fornido, de estampa decidida, éste procedió, con sus ayudantes, a armar lo
que él llamaba “la mesa”.
Esa mesa consistía en una alfombra, extendidas sobre la tierra, encima de la
que habían colocado crucifijos, imágenes de santos, espadas, cuchillos
largos, agua florida y otros perfumes y esencias que nos habían recomendado
comprar.
Más allá, en grandes cilindros, sobre leños, pusieron a hervir un arbusto
llamado San Pedro, que traen de la selva del país.
Los ritos se hacían con prisa. Decían ellos que era preciso terminar de
“armar” la mesa antes del crepúsculo.
Poco a poco se fue la luz del sol. Las tinieblas empezaron a reinar en ese
páramo, gélido, apartado, al que llegaban lejanos algunos ruidos de los
poblados cercanos mientras que, como quería García Lorca, “un horizonte de
perros” ladraba lejos del río.
Hacía frío. La noche estaba negra, como una boca de lobo, sumamente oscura,
hasta que a las ocho de la noche, más o menos, apareció la luna y el cielo
se fue poblando de estrellas. La ceremonia aún no empezaba.
En aquella inmensa soledad contemplé, sobrecogido, la grandeza del universo
y hasta el polvo cósmico. Inclusive creí escuchar la música celestial, de la
que hablaban los griegos que no sería más que el sonido de los astros al
girar. De pronto, como si se tratara de una ventana, abierta de par en par
al espacio, aparecieron infinitas luces fijas, en el cielo, ora amarillas,
ora verdes, ora violetas. ¿Qué serían?
Empezó la ceremonia a las nueve de la noche. El alto chamán y sus ayudantes,
todos emponchados, a la luz del fogón, en el que hervía el San Pedro, y la
tenue luz de las velas de la mesa, adquirían un fantasmagórico aspecto, por
escribir lo menos.
Ellos, el chamán y sus ayudantes, recitaban tristes letanías, con un ritmo
repetido. Eran primero suaves los tonos que, de pronto, subían en intensidad.
Se valían de esos cantos para invocar a los santos, a la madre naturaleza, y
al grande cerro bajo el cual nos cobijábamos.
Cerca de la medianoche fuimos invitados a singar un líquido que lo entregan
en unas conchas que tienen un orificio que, al ponerlas en la ventana de la
nariz, e inclinando el cuerpo hacia atrás, pasa al organismo. Se trata de
una fuerte combinación a base de tabaco, perfume y San Pedro. Creo que,
después de esa experiencia, no volvería a singar ni así me ofrecieran el oro
del mundo. Es terrible la sensación que provoca aquel alucinógeno.
El chaman y sus ayudantes saltan, gritan, dan volteretas por el aire, sus
cuerpos parecen poseídos por los mil demonios, que en el infierno han sido,
mientras que, frenéticamente, con grandes chicotes y blandiendo las espadas
se enfrentan a lo que, se supone, son las bestias del mal que solamente a
ellos les es dado ver y dizque combatir. Ayudados por el San Pedro, es
cierto.
Yo caí a tierra más de una vez, ganado por el cansancio y la sucesión de
sensaciones extrañas. Mi hijo aguantó toda la sesión a pie firme, hasta el
amanecer. El chamán me diría, después, que nunca había presenciado tal
fortaleza en un adolescente.
El rito concluyó cuando rayaba el alba. En el cielo incomparable de Miculla
varios racimos de estrellas, que colgaban del cielo como si fueran arañas de
cristal, nos despidieron en aquella alucinante experiencia.
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