MI AMIGO, JUAN PAULO

FREDY GAMBETTA

Cuando se va un amigo tan grande, un ser humano total, las palabras sobran. Alguna vez, para expresar su dolor por la muerte injusta de unos jóvenes rebeldes, Haya de la Torre, al empezar un discurso fúnebre dijo “Con palabras no puedo …”

Sucede que con palabras no se puede decir lo que se siente cuando por doler, como dice el verso de Hernández, “duele hasta el aliento”.

Juan Paulo Canepa Dávila está morando el jardín del Edén, estoy seguro.

Conocí a Juan Paulo en el viejo Anexo del Colegio Nacional, convertido después en Escuela de Primaria 982, en el local que ocupaba el antiguo Colegio Nacional Coronel Bolognesi. Allí pasamos horas interminables en una infancia feliz. Nuestra querida maestra era la señorita Ruth Flores del Fierro. Recuerdo que él viajaba a Italia, con sus padres, y que nosotros, sus compañeros, le copiábamos las lecciones para que, al retornar, encontrara todo en orden, como si nada hubiera pasado. Ese gesto, de algunos de sus compañeros, sin decirlo, nunca lo olvidó.

En la Educación Secundaria compartimos algunos años, en la misma aula. Nuestros sueños de adolescentes fueron otros, despertábamos a la vida. Él, que había nacido en cuna de oro, nunca tuvo, para nadie, una voz discordante, una frase altanera, un desplante.

Su vida fue un ejemplo de caballerosidad. Un testimonio vivo de quien, siguiendo la enseñanza del buen Jesús, hizo siempre el bien sin mirar a quién lo hacía. Su mano derecha jamás supo lo que su mano izquierda obraba.

Fue querido por gente de toda condición social. Me consta que muchas vendedoras del mercado, de la vieja recoba de la avenida Bolognesi, lo recuerda con inmenso cariño. Sus “caseras” no se resignan a no verlo. Como no se resignan los antiguos servidores de la Casa Canepa y lo expresaron en una ofrenda floral en la que colocaron una tarjeta en la que habían escrito “Al mejor Jefe que hemos tenido”.

A partir de 1995, después de años de no frecuentarnos, reiniciamos una amistad que se había quedado con puntos suspensivos en la vida. Esta vez fue una amistad tan fuerte, tan unida, que solamente la muerte le ha puesto, en la tierra, un punto final. Más adelante, ya veremos.

Durante todo el año 2004 un gran dolor me conmovió el alma. Durante todo ese año, Juan Paulo, mi amigo bueno, mi fiel amigo, estuvo cerca de mí, todos los días, alentándome para que no caiga en el pozo de la desesperación. Recuerdo que, a medio año, subiendo por la avenida Bolognesi, en nuestras diarias caminatas, o en su automóvil, le dije que no imaginaba la hora en la que uno de los dos tuviera que partir. Con la serenidad que lo caracterizaba me contestó que eso era inevitable y que había que ser fuertes.

En febrero de este año empezó su calvario. Pero nunca, en ningún momento, tuvo palabras de queja, de rebelarse contra su suerte, menos aún de reclamar al destino por sus dolores. Por el contrario, en nuestras comunicaciones, ínter diarias, él me daba ánimo, me decía siempre que no decaiga en el dolor que aún me persigue como una sombra en el alma y que pocos entenderían, como él lo entendió.

Juan Paulo fue grande en la vida y grande en la muerte. Lo tuvo todo y todo, o casi todo, lo material lo perdió por esos avatares que la vida presenta debido a mil motivos que no son del caso explorar. Frente a las duras circunstancias tuvo grandeza de espíritu. Frente a los malos, silencio. Frente a los calumniadores, a los pocos que se solazaron con sus desdichas, perdón y olvido. Esos deben estar hoy verdaderamente aterrados ante tantas pruebas ofrecidas por un hombre digno, generoso, bueno. Yo siempre le decía que el espíritu de su madre, Violeta, lo acompañaba. Era su retrato. Aquella dama fue un dechado de virtudes. Ahora, juntos por fin, nos dan a todos, quienes los conocimos, confianza, serenidad, fuerza para enfrentar lo que el arcano nos depare.

El día de Tacna su alma voló a la eternidad. Fue, justamente, cuando se desplegada la bandera monumental para ser portada por las damas de esta bendita tierra. El ha visto el paseo de la bandera, desde otra dimensión.

Cuando llamé a Lima, para conversar con él, después del izamiento de la bandera, me respondieron que ya no estaba. Que había partido, que había pasado el dintel de esa puerta de luz. Y, lejos de sentirme agobiado, consternado, sentí una paz, una tranquilidad inexplicable que compartí con los míos, especialmente con mi esposa que tanto le debe pues su médico es ahora también el médico de ella, gracias a él.

Juan Paulo Canepa Dávila es, para mí, el amigo inolvidable. Lo veo a mi lado, al momento de escribir esta crónica, en la silla que ocupaba cuando me visitaba. Me parece que está tocando la puerta, siempre discreto y fino. Y me está diciendo, al oído, que no diga más, que tenga confianza, que no me aflija, que Dios proveerá.

El buen Jesús a él, que era un caballero cristiano, se lo llevó tranquilo, en paz. Tuvo el tránsito que merecía. Para mí, para muchos que lo conocimos, que tuvimos el regalo de su amistad, podemos decir, con el verso de García Lorca, que fue una “viva moneda que nunca se volverá a repetir”.


Tacna, 2005-09-01

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