A la pila bautismal me llevó don Francisco Basili Imperatori, a quien todos le llamaban con el sobrenombre de Queco. Como la mayoría de los italianos, que vivían en Tacna, él tenía un despacho de abarrotes, en la octava cuadra de la avenida Bolognesi, frente al mercado.
Entonces, como ahora todavía, se estilaba cumplir con los ritos de la iglesia Católica creo que más qué por devoción, por costumbre o compromiso, un poco para estar bien con lo que hacía la mayoría. Por algunos de esos motivos recibí otro sacramento, el de la Confirmación. En esa ocasión, mi madrina fue la madama Ana Costa de Bacigalupo, una italiana buenísima, dulce, a quien extrañaré siempre con cariño. Esta mi madrina era viuda del italiano Esteban Bacigalupo, propietario de la bodega LA CICAGNINA, que recordaba a Cicagna, pueblo de donde eran oriundos.
La CICAGNINA estaba ubicada en la calle Gil de Herrera, algunos metros más allá de "el Caracol", barrio popular por donde, a veces, en época de avenida, discurría el agua sobrante del río Caplina. A ese lugar, en alguna época, a principios del siglo XX, se le denominó también " callejón de los Gambetta " porque allí, en una esquina, de lo que hoy son las calles Gil de Herrera y Francisco Cornejo, tenía su almacén don Santo Gambetta, mi bisabuelo, quien vivía con su mujer, la dama peruana Deidamia Correa, y una numerosa prole.
Siempre me mandaban a comprar al despacho de mi padrino, o al de la madama Giovo, una gringa alta, rosada, de cabello cano, también muy buena o, detrás del mercado, donde la madama Lombardi.
El pan de cada día lo comprábamos donde Rochetti o en la panadería de la " Bertha de Anselmo", que así le llamaban a la viuda del italiano Rossi. La leche, detrás del mercado, la recogía por la puerta falsa de la casa donde vivía la señorita Olga Rossi.
De niño veía, a lo lejos, a los hombres más ricos de la ciudad. Uno era don Güido Canepa Monteverde que, además de ser propietario de un gran almacén, barraca y otros negocios distribuía los vehículos de la marca ChEVROLET. El otro millonario era don Armando De Ferrari, que tenía tantos negocios como el primero y que era el representante de los vehículos FORD.
Si se instalaban dos grifos de venta de combustible, o barracas, en la entonces pequeña ciudad, eran ellos los propietarios. A la usanza italiana, se respetaban en los negocios y marcaban distancias y límites en los que ninguno se propasaba. A la sombra de ellos muchos se cobijaron.
Las heladerías y cafeterías de moda, en mi adolescencia, se llamaban ITALIA, ROMA y VENEZIA. Entre las chicas bonitas destacaban las que se apellidaban Lombardi, Rochetti, Pescetto, Bacigalupo, Vaccaro, Pollarolo. Los jóvenes deportistas formaron un club, el Círculo Sportivo Italiano. Los adultos frecuentaban, por las noches, la Casa Degli Italiani, ubicada en el centro de la ciudad.
Aparte de los míos una de las personas que más me quiso en mi infancia fue la señorita Clelia Cavagnaro, dama de excelsas virtudes cristianas. que murió cuando yo cumplí los diez años. Su recuerdo lo llevo conmigo y le rezo una oración al visitar su tumba o cuando, como en la penumbra de esta tarde, la evoco con cariño después de cuarenta años de no verla.
Otras damas cariñosas, que llegaban a mi casa, eran doña Adela de Basili, esposa de mi padrino y una viejecita, delgada, sorda " como una tapia", vestida siempre de oscuro y que olía ha guardado. Era la viuda de un señor Delaudi.
La comida criolla, de todos los días, en mi infancia era matizada con el minestrón, los tallarines rojos o verdes, los zapallitos italianos, la polenta, los macarrones, ravioles y otras pastas que se impusieron después. El queso parmesano rayado era, y es, infaltable en la mesa.
Personajes italianos pintorescos fueron un gringo Cessana, bajo, semi calvo, nervioso, que vendía artículos de electricidad; Montemurro, famoso por su culto a Baco ; don Constantino Vaccaro, que vivió sus últimos años en una vieja casona, en una esquina del Pasaje Vigil y cuyos estornudos y carraspeadas se escuchaban hasta la Plaza de Armas ; el enano Pellegrini, que lo recuerdo entre brumas, y a quien encontraron muerto en el camino al puerto de Arica y, en las últimas décadas del siglo XX, don Virgilio Zanatta, un gigantón, de bigotes, especialista en la preparación de comida italiana y en pelearse con un gringo, "el hermano Jaime", que tuvo la peregrina idea de levantar su iglesia justo al lado de los predios de Zanatta quien nada pudo hacer por expulsarlo de su territorio. La iglesia del hermano Jaime fue creciendo y, lo más que hizo el gringo, en su defensa, fue llamar al italiano no Zanatta sino Satanás.
En el caso de las mujeres, muchas de ellas se educaron en el único colegio particular que existía entonces en Tacna y que estaba dirigido por la Congregación de las Hijas de Santa Ana. En ese colegio desde niñas se les enseñaba, junto a la letra del Himno Nacional del Perú el de la república de Italia que cantaban todos los lunes y, con mayor entusiasmo el 2 de Junio, Día Nacional de los italianos.
Ese era el ambiente italiano en mi infancia. Todavía alcancé a asistir a algunos matrimonios o velorios de inmigrantes o de hijos de la primera generación. Me impresionaban los velorios. Todos vestidos de luto riguroso. Las madamas llorando, en los dormitorios o en la cocina. Los recios viejos de bigote, y grandes manos, fumando. Ofrecían café, cinzano y galletas. Los cuadros de la sala cubiertos con paños negros. Las grandes coronas con cintas negras. Aquello se me ha quedado para siempre grabado en la retina.
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Fui portato al fonte battesimale da Don Francisco Basili Imperatori, che tutti chiamavano con il soprannome di Queco (Checco). Come la maggioranza degli italiani che vivevano a Tacna, aveva un negozio di generi alimentari, all'ottava quadra della avenida Bolognesi, di fronte al mercato.
Allora, ed ancora oggi, si partecipava ai riti della Chiesa cattolica più per abitudine o impegno che per devozione, ed anche per adeguarsi alla maggioranza della gente. Per motivi analoghi ricevetti il sacramento della Cresima. In tale occasione ebbi come madrina la signora Anna Costa in Bacigalupo, una italiana molto buona e dolce, per la quale provavo molto affetto. La mia madrina era vedova dell'italiano Stefano Bacigalupo, proprietario della bottega LA CICAGNINA, che gli ricordava Cicagna, il paese dal quale la famiglia era giunta.
La CICAGNINA era ubicata in via Gil de Herrera, qualche metro più avanti del Caracol, il quartiere popolare nel quale, a volte, in periodo di piena, straripavano le acque del rio Caplina. Questo luogo, in un certo periodo, all'inizio del XX secolo, venne anche chiamato "vicolo dei Gambetta" perché li, all'angolo di quelle che oggi sono le vie Gil de Herrera e Francisco Cornejo, aveva il suo negozio don Santo Gambetta, mio bisnonno, che viveva con la moglie, la signora peruviana Deidamia Correa, e una numerosa prole.
Mi mandavano sempre allo spaccio di mio padrino, o a quello della Signora Giovo, una gringa alta, rosea, dai capelli bianchi, ancora molto gradevole, o dietro al mercato, dalla signora Lombardi.
Il pane giornaliero lo compravamo da Rocchetti, o nel panificio della "Bertha di Anselmo", come era chiamata la vedova dell'italiano Rossi. Il latte lo ritiravo passando, dietro al mercato, attraverso la porta segreta della casa dove viveva la signorina Olga Rossi.
Da ragazzo osservavo, da lontano, gli uomini più ricchi della città. Uno era Don Guido Canepa Monteverde che, oltre ad essere proprietario di un grande emporio, un deposito ed altri negozi, distribuiva i veicoli marca Chevrolet. L'altro milionario era Don Armando De Ferrari, che aveva tanti negozi quanto il primo e che era rappresentante dei veicoli Ford.
Se si installavano servizi di vendita di combustibile, o depositi, in quella piccola città di allora, ne erano proprietari loro due. Secondo le usanze italiane, si rispettavano negli affari ed individuavano misure e limiti per non superarsi vicendevolmente. Molti si rifugiavano sotto la loro protezione.
Le gelaterie e caffetterie di moda, quando ero adolescente, si chiamavano ITALIA, ROMA e VENEZIA.
Tra le belle ragazze risaltavano quelle di nome Lombardi, Rochetti, Pescetto, Bacigalupo, Vaccaro, Pollarolo. I giovani sportivi formarono un Club, il Circolo Sportivo Italiano. Gli adulti frequentavano, la sera, la Casa degli Italiani, ubicata al centro della città.
A parte i miei una delle persone che più mi volle bene nella mia infanzia fu la signorina Clelia Cavagnaro, donna di eccelse virtù cristiane, che morì quando io compii dieci anni. Porto con me il suo ricordo, e recito una preghiera visitando la sua tomba o quando, come nella penombra di questa sera, la ricordo con tanto sentimento a quarant'anni dalla sua scomparsa.
Altre affettuose signore che frequentavano la nostra casa erano doña Adele in Basili, consorte del mio padrino, ed una vecchietta, magra, sorda come una campana, vestita sempre di scuro, che odorava di panni conservati. Era la vedova del Signor Delaudi.
Il mangiare criollo di tutti i giorni, durante la mia infanzia, era variamente alternato: minestrone, taglierini rossi o verdi, zucchini italiani, polenta, maccheroni, ravioli e altre qualità di pasta che successivamente si affermarono. Il formaggio parmigiano grattuggiato non poteva mancare sulla tavola.
Personaggi italiani pittoreschi furono un gringo Cessana - piccolo, quasi calvo, nervoso - che vendeva articoli di elettricità; Montemurro, famoso per il suo culto a Bacco; don Costantino Vaccaro, che visse i suoi ultimi anni in una grande casa, all'angolo della via Pajsaje Vigil, ed i cui starnuti e colpi di tosse si sentivano fin dalla Plaza de Armas; il nano Pellegrini, di cui ho un ricordo nebuloso, che trovarono morto in una strada del porto di Arica, e negli ultimi decenni del '900, don Virgilio Zanatta, gigantesco, baffuto, specialista nella preparazione di piatti della cucina italiana e nel fare a botte con un gringo, "il fratello Jaime", che ebbe la pellegrina idea di innalzare la sua chiesa proprio a fianco delle proprietà di Zanatta, che non potè far nulla per allontanarlo dal suo territorio. La chiesa del fratello Jaime si ingrandì e, ciò che più fece il gringo in sua difesa, fu di chiamare l'italiano Satana anziché Sanata (che è la prununcia di Zanatta in castigliano . ndt).
Per quanto concerne le ragazze, molte di esse frequentarono l'unico collegio privato che esisteva allora a Tacna, diretto dalla Congregazione delle Figlie di Sant'Anna. In quel collegio si insegnava alle ragazze, fin da bambine, le parole dell'Inno Nazionale del Perù insieme a quelle dell'Inno della Repubblica Italiana, che venivano cantati tutti i lunedì e, con entusiasmo ancora maggiore, il 2 giugno, Festa Nazionale degli italiani.
Questo era l'ambiente italiano nella mia infanzia. Allora feci in tempo ad assistere ad alcuni matrimoni o veglie funebri di immigranti o loro figli di prima generazione. Mi impressionavano le veglie. Tutti vestiti rigorosamente a lutto. Le signore piangenti, in camera o in cucina. I robusti vecchi, con baffi e con grandi mani, fumavano. Veniva offerto il caffè, cinzano e biscotti. I quadri di casa erano coperti con panni neri. Le grandi corone avevano nastri neri. Queste scene mi sono rimaste negli occhi.
Traduzione a cura di Giuseppino Roberto, Presidente de la Asociacion Ligures en el mundo - Genova
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