|
de Fredy Gambetta
Nota.- Hace algunos años escribí la leyenda CASTIGO A LA SOBERBIA, para explicar el origen del techo de
mojinete, tan característico de nuestra Heroica Ciudad.
Esta leyenda apareció en el primer tomo de la serie CRÓNICA DE TACNA, publicado en 1992, con el auspicio de CORREO, con motivo de su XXX
Aniversario.
Hace muchos, pero muchísimos miles de años, en lo que ahora es Tacna, se levantaban dos hermosos e imponentes
nevados. El Padre Sol los había creado y ellos vivían entre las enormes
montañas. A uno lo llamó Chupiquiña y al otro Takora.
Ambos, además de hermosos, se sabían fuertes y admirados. Chupiquiña era el más bello. Su estatura sobrepasaba en más de dos cabezas al
Takora. El Takora nunca envidió esa belleza; compensaba su falta de estatura con una inclinación por los colores que distinguía en el
horizonte: el azul del mar y del cielo, y de los campos el verde.
Pasaron miles y miles de años. A medida que pasaba el tiempo, Chupiquiña se tornaba déspota. Su belleza lo iba
perdiendo, su fuerza la empleaba en hacer crecer los ríos hasta que éstos se
desbordaban. En las tardes se alimentaba de truenos y descargas. Su vestido era una cortina de
lluvia, y encima de la bella cabeza el arco iris alumbraba. Cuando esto
sucedía, Chupiquiña hería con terribles ironías a su compañero Takora. Takora durante miles de años recibió pacientemente las
ofensas.
Muchas noches, los hombres que por esos días fueron creados escucharon una música que venía de las estrellas o que se descolgaba de la Luna. Era el Takora que silbaba con el viento una canción de tristeza y
desvarío.
Mas, durante esos siglos, Takora fue alimentado por la fuerza del Padre Sol,
quien, decepcionado por la conducta de Chupiquiña, muchos días al año no
aparecía.
Una mañana, en la hora que a todo soberbio inevitablemente le llega, el Takora se armó de un gran garrote del tamaño de su furia y fue en busca de Chupiquiña que se contemplaba en la laguna de
Arikota, gran espejo que siempre le predijo buenas nuevas. Chupiquiña en un primer momento, con la confianza que da el sentirse
suficiente, pretendió ignorar a Takora que se acercaba con ademanes
decididos.
En aquel instante el Padre Sol se ocultó entre unas grandes nubes.
No hubo tiempo para las explicaciones. A veces el callar demasiado, el soportar años de humillaciones y desdichas hace que toda explicación sea vana, que el parlamentar sea
inútil.
Con la fuerza que da el ardiente deseo de recuperar la dignidad perdida, el Takora levantó con ambas manos – hasta tocar el cielo – el inmenso
garrote, y lo descargó sobre el cuello de Chupiquiña. En aquel momento se hizo la noche y aparecieron de repente las
estrellas.
La bella cabeza del Chupiquiña voló por el aire y envuelta en fuego rodó por el
abismo. Era el castigo a la soberbia, el pago al narcisismo.
Al caer la tarde Takora aún contemplaba el fondo del barranco donde la bella cabeza era acariciada por la brisa del mar y no cesaba de arder.
El Takora se entretuvo con el vuelo de los cóndores y las tristes carreras de los
guanacos. Era como si hubiera crecido en la soledad.
El Padre Sol nacía en las montañas y se ocultaba en el mar, la Luna cambiaba de rostro muchas
veces. Y así por años de años, siglos de siglos. Los hombres se
multiplicaban, se multiplicaban los animales y las plantas.
Sobre la cabeza del Chupiquiña se levantó un pueblo al que los primeros habitantes llamaron con el nombre de
Takana. Los takanas eran fuertes, impávidos ante el dolor y el sufrimiento. No eran
guerreros. En las noches hacían el amor y entonaban canciones de penas y de
olvidos. Eran en ellos preocupación constante el contemplar a la madre cordillera y orar por la soledad del Takora y el cuerpo inerte del
Chupiquiña, decapitado, víctima de su soberbia.
Una mañana, de un año bisiesto, reunidos todos en la plaza dedicada al dios de la Lealtad Infinita, acordaron que en
adelante, y para siempre, sus casas y todo edificio que se construyese tendría la forma de
trapecio, de pirámide trunca, en homenaje y recuerdo al cuerpo de Chupiquiña sobre cuya
cabeza, por azar, habían levantado el pueblo.
Desde aquel tiempo, todo viajero que llegue a Tacna, ciudad situada al sur del Perú generoso, podrá observar las casas con techos llamados de
mojinete. Y si dirigen la vista a la codillera de los Andes, en días de radiante Sol, cuando el cielo parece que
cantara, podrán contemplar al solitario Takora y, a su diestra, el decapitado cuerpo del
Chupiquiña.
|
|