LO QUE EN TACNA EL VIENTO SE LLEVÓ
de FREDY GAMBETTA

La mayoría de las casas de Tacna lucían techo de mojinete, que no es el techo serrano a dos aguas, especial para que los aguaceros discurran, sino aquel que tiene la forma de pirámide trunca, construido para acoger las tímidas garúas costeñas.

A la puerta de calle le seguía una mampara, de dos hojas, generalmente adornada con vidrios detrás de los que las cortinas no dejaban ver el interior. Un balcón, a la calle, generalmente con una reja, hasta la mitad, y una baranda, para apoyarse, completaban el decorado de esas casas que añoramos, construidas con quincha y adobe y que, para disimular el mojinete, tenían una pared con una pequeña ventana en el medio.

Ha quedado en mi memoria olfativa el olor al petróleo en algunas casas que visitaba. Es que con petróleo limpiaban algunos vecinos los pisos de madera de las habitaciones interiores. No se conocía entonces el parqué, ni las losetas. Y, al mediodía, era cierta aquella mi metáfora de que los barrios se perfumaban con el olor de las comidas.

En las salas se lucían muebles de estilo. Sillas, sillones, sofás, chineros, consolas, espejos biselados, cajas chinas, mesas redondas, figuras de porcelana, recuerdos de una época de esplendor, todo eso lo he visto en varias casas, incluida la mía. Sobre las consolas, y los chineros, importados de la China. No se usaba entonces las mesas de centro. Los jarrones o fotografías, enmarcadas en cuadros de plata, descansaban en delicados tapetes, filigranas de encajes que, casi siempre, las mujeres de la casa bordaban.

Todavía he llegado a ver las altas camas de una o de dos plazas con barrotes en cada esquina coronados por campanillas. ¿Sería por esto que a la gente de clase se le llamaba “de campanillas”? Me llamaban la atención los somieres de pesada madera con un tejido de grueso alambre. Y, debajo de la cama, infaltable el bacín, que los tacneños llamábamos bacinica, que es el mismo objeto, pero más pequeño. Se entiende que las bacinicas fueran infaltables puesto que el baño estaba ubicado al fondo, en el patio. Para llegar a él había que atravesar toda la casa. Aquello en invierno, cuando llovía sobre el patio de tierra, era una odisea.

Completaban el decorado del dormitorio los peinadores, que tenían una base de mármol, y el infaltable espejo biselado, con un lavador y, dentro de él, la jarra de agua. Lavador y jarra eran de porcelana. En otro tiempo, antes de la guerra, habían sido de plata.

En el comedor tacneño la mesa central era grande, de fina, gruesa y dura madera. Esas mesas antiguas, hechas con cedro de Nicaragua, tenían varios paños que, en las fiestas, llamados saraos, se agregaban según el número de comensales invitados. Las altas alacenas, en las que se lucía la fina vajilla de plata o de porcelana, los cuadros con motivos de caza o bodegones, daban vida al ambiente. En el centro de la mesa era infaltable el frutero de cristal de roca que algunos aún conservamos y las soperas o las fuentes de porcelana de Sevres que se reconocían porque, al ponerlas al trasluz, dejaban ver la silueta de los dedos de la mano que las sujetaba.

Las cocinas tacneñas eran típicamente españolas. Quiero decir con las paredes y los techos sucios por el hollín. Las ollas negras también. Se usaba leña para cocinar los potajes y una serie de objetos domésticos que el tiempo y los tiempos modernos han desterrado para siempre y, al condenarlos al ostracismo, han condenado al olvido el sabor de los manjares que eran la fiesta de los educados paladares de los viejos tacneños.

Entre aquellos objetos creo que el batán era el rey. El batán que, como dice el diccionario, está formado por una piedra plana en que, con el movimiento oscilatorio de otra de base curva, se muelen los granos, café, ají, etcétera. El mortero de piedra también ha desaparecido y la señorial destiladera de cuya tinaja tomábamos un agua purísima. El molinito de café era otro instrumento de diario uso y tarea de los niños que éramos requeridos para dar innumerables vueltas a la manivela.

Los patios de las casas tacneñas tenían, casi siempre, una ramada, de estera o de palmas entrelazadas. En los gallineros, o sueltas por el patio, en el que un pequeño huerto o alguna solitaria parra florecía, revoloteaban alegres las gallinas.

Era para mí cotidiano el concierto de los gallos al amanecer. Empezaba alguno lejano, seguían otros vecinos, los de nuestra casa y nuevamente el canto sonoro, musical, triunfante se repetía indicándonos que un nuevo día había llegado. Mientras que era mi curiosidad ir a ver a la gallina que esperaba los veintiún días para tener familia o buscar el “huevo frágil” en algún rincón del patio.

Y así pasaban las horas, los días, las semanas, los meses y los años. Así se fue mi infancia, las cosas de Tacna, los sonidos naturales, el olor de los huertos que venían con las chacareras a la recoba. Y se fueron muriendo las gentes queridas, los rostros familiares que veía en las calles, en los pequeños despachos, en las procesiones, en los tres días dedicados al carnaval, en las tiendas del centro, en los días de fiesta, en los bautizos, en los matrimonios, y en los velorios, en las retretas de los domingos y en las veladas del Teatro Municipal.

Quién tenga memoria para recordar, que recuerde y que vuelva a vivir.

 

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