CONFESIÓN DE PARTE
 
de FREDY GAMBETTA
(6 parte)

AQUEL 29 DE AGOSTO

El 28 de Agosto se celebra en Tacna el aniversario de su Reincorporación al Perú.  El cautiverio de la Heroica Ciudad fue largo. Empezó el 26 de Mayo de 1880, después de la denominada batalla del Campo de la Alianza, en la que las tropas aliadas peruano-bolivianas fueron derrotadas por las chilenas. A las tres de la tarde de aquel infausto día los invasores ocuparon con tranquilidad la ciudad y no la abandonarían hasta el 28 de Agosto de 1929,
cuarentainueve años, tres meses y dos días después, luego de haber sometido, en vano, a los habitantes a intensos procesos de chilenización a los que no fueron ajenos los actos de violencia.  La resistencia del pueblo, su inquebrantable amor al Perú, una ?patria invisible?,
situada al norte, en una época en la que no había radio ni televisión, que acortaran las distancias, hicieron posible que Tacna mantuviese su peruanidad. Por eso es un ejemplo de lealtad.

No en balde el 28 de Agosto es la gran fiesta de Tacna. Diría que tiene un significado aun mayor que el propio aniversario de la independencia nacional.  Por lo menos así lo han sentido siempre los auténticos tacneños que, día  a día, son ganados por los inmigrantes que han llegado de otras ciudades, principalmente de Puno, departamento vecino.  Es comprensible que ese motivo haya sido motivo para que los gobiernos militares  hayan prestado especial atención a Tacna. Un ejemplo de ello es el gobierno del General Manuel A. Odría (1948-1956) que, con ocasión de las Bodas de Plata de la reincorporación, inaugurara una serie de obras que le cambiaron el rostro a la entonces pequeña ciudad.

Retorno a mi testimonio personal. Aquel 28 de Agosto de 1975, por la mañana, como es costumbre, el pueblo tacneño se reunía en una placita ubicada en el tradicional barrio del Alto de Lima, frente a la Gran Unidad de Mujeres ?Francisco Antonio de Zela?. Hasta esa plaza llegó el Premier de la República General de División Francisco Morales Bermúdez Cerruti, en representación del Presidente de la República General de División Juan Velasco Alvarado,
acompañado del gabinete ministerial y de los jefes de las cinco regiones militares del país.

En la emotiva ceremonia cívica, que se realiza en la Plaza de la Mujer Tacneña, se oficia una misa de campaña, se entonan los himnos del Perú y de Tacna y se rinde homenaje a la mujer tacneña que en la época del cautiverio mantuvo latente el amor al Perú. En los hogares solamente había niños y hombres ancianos. Los jóvenes huían para no servir en las filas del ejército chileno. 

Al concluir la ceremonia las mujeres tacneñas rodean una inmensa bandera, conocida como la Bandera Monumental, que solamente ese día se pasea, y seguidas de los visitantes ilustres, autoridades, escolares y pueblo recorren las calles Alto de Lima, el jirón San Martín hasta la Plaza de Armas en la que, en un mástil, entre el fervor, las flores, los aplausos, los vivas y los
himnos izan la enseña roja y blanca. A ese recorrido se le denomina ?la procesión de la bandera? por la unción casi sagrada con la que es conducido el pendón bicolor.

En el largo trayecto, hasta la Plaza de Armas, los tacneños desde los balcones lanzan pétalos de rosas y de buganvillas, la flor típica de la ciudad, a la inmensa bandera, mientras repican las campanas y los niños, en varias estaciones, recitan poemas.

Por la noche es tradicional el baile de gala que tiene como escenario el Club Unión, elegante centro social de la ciudad. Este club, de fachada gris, grandes ventanales, escalera de mármol, elegantes salones, finos muebles, vistosas arañas de cristal y valiosas pinturas, tiene dos pisos y está ubicado en el centro de la ciudad.

El baile suele empezar a las diez de la noche. Mas de un asistente me ha contado que aquel 29 de Agosto de 1975 se notaba en el ambiente cierta tensión, ese aire caliente que precede a las tormentas. Me dicen que, a las dos de la mañana, aproximadamente, el Premier y los jefes de las regiones militares, se retiraron a un salón de la primera planta a conferenciar en privado.  Otras fuentes informan que la comitiva se retiró al cuartel Tarapacá, conocido
como Las Vilcas, al pie del cerro Arunta o a la residencia de una conocida familia tacneña, ubicada en la avenida Bolognesi. 

El día 29 me dirigí como de costumbre a mi oficina de relaciones públicas, en ELECTROPERÚ. Hasta las nueve de la mañana nadie tenía alguna información sobre los acontecimientos ocurridos en el amanecer. A partir de esa hora empezaron los rumores. ?¡Ha caído Velasco!?, decían algunos que afirmaban haber escuchado la noticia en una radio chilena.  Se encontraba de visita en Tacna, con ocasión de los fastos de agosto, el doctor Guillermo Ugarte Chamorro, Director entonces del Teatro de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Por mis actividades teatrales y periodísticas había entablado amistad con él hacía varios años. Ugarte Chamorro era un académico de exquisita conversación, muy fino, gran fumador, tacneñista a ultranza. Yo deseaba conversar con él, hacerle un reportaje para publicarlo en las páginas centrales del diario CORREO en el que colaboraba desde 1973.

Nos citamos con el doctor Ugarte Chamorro en el hotel Central, donde se hospedaba, a las once de la mañana. Nuestra conversación la interrumpimos para escuchar un flash, que irradiaba una emisora local, dando cuenta del comunicado que firmaban los jefes de las regiones militares. El objeto del documento era informar que el General Francisco Morales Bermúdez era el nuevo presidente de la república. Velasco había sido destituido, se decía,
por haber ?desviado el proceso revolucionario de la fuerza armada, iniciado el 3 de Octubre de 1968 y por su personalismo?. En otro párrafo el comunicado de los altos jefes del ejército daba a entender que el General Juan Velasco Alvarado no se encontraba en la posesión de sus facultades mentales para seguir en su tarea de gobernante.

?Se esperaba, se veía venir este desenlace?, me dijo mi amigo Ugarte. Al concluir la entrevista me dirigí a mi hogar. Apenas llegué me avisaron que me habían llamado por teléfono, de la Prefectura, insistentemente.  Era Prefecto don Rubén Chiarella Gatica, tacneño, trabajador del agro, padre de Rubén Chiarella Lombardi, mi amigo y ex condiscípulo, gran deportista. Don Rubén me guardaba especial aprecio, en parte por ser amigo de su hijo
y porque cuando asumió el cargo de primera autoridad le había dedicado unas líneas de saludo en mi columna dominical del diario CORREO. Pese a esos buenos antecedentes habiéndose producido un golpe de estado, por la mañana, la insistencia de las llamadas telefónicas a mi casa, hechas por el propio Prefecto, no dejaba de preocuparme.

Al mediodía, en las calles, los vecinos no ocultaban su alegría. El gobierno del General Velasco Alvarado, que había empezado bien, después de haber combatido la corrupción y efectuado algunos procesos de nacionalización que devolvieron la dignidad al Perú, con el correr del tiempo se desgastó convirtiéndose en una dictadura. En Tacna, tanto en el agro, por un proceso de reforma agraria mal aplicado, en zona de minifundio, despojando a legítimos dueños que no poseían más de ocho hectáreas y en la administración pública retirando de sus puestos de trabajo a jóvenes tacneños, sospechosos de pensar en contra, se cometieron muchos abusos. En una ciudad pequeña no se pueden ocultar los desatinos. Los tacneños estaban hastiados del gobierno velasquista y, sobre todo, del monstruoso ente que creara con el nombre de Sistema de Apoyo a la Movilización Social, SINAMOS, que no era más que un brazo político y manipulador de la dictadura.

En medio de mil especulaciones me dirigí caminando a la Prefectura. Desde mi casa hasta el viejo edificio de piedra no hay más de doce cuadras. Pensaba en mi pasado que podría denominar ?político?. Mi antecedente más notable era que había trabajado en SINAMOS y separado por disidente. Apenas llegué a la Prefectura unos miembros de la Guardia Republicana me condujeron hasta el despacho prefectural. En la puerta había una gran cantidad de personas. Iba tan preocupado, ensimismado en mis pensamientos, que no
reconocí a nadie.

La sala que ocupaba el Prefecto estaba llena de gente. Una nube de humo de cigarrillos enrarecía el ambiente. Don Rubén ocupaba el sillón prefectural. Apenas ingresé se incorporó de su asiento. Se hizo el silencio. El Prefecto, señalándome, dijo ?¡Este es el hombre¡?. Me quedé anonadado. No atinaba a pensar de que se trataba. El señor Chiarella Gatica, dijo entonces: ?Vea usted don Fredy ? ese era el trato que siempre me daba pese a nuestra diferencia de edad-, los señores aquí presentes y yo deseamos que usted, como joven
tacneño diga unas palabras esta noche, a nombre de la juventud, en presencia del señor Presidente de la República, General Morales Bermúdez que, como sabe, ha tomado el mando de la nación esta mañana, aquí en Tacna y para quien hemos organizado una manifestación pública, a las siete de la noche, en la Plaza de Armas?.

Tenía yo entonces veintisiete años. En esos momentos rápidamente pensé muchas cosas. Era delicada la situación. Respondí que no sería el mío un discurso laudatorio, de clásico aprovechamiento de la situación, sino que mis palabras servirían para saludar al nuevo mandatario dejando constancia de nuestro regocijo porque un hecho histórico importante sucedía en nuestra ciudad. Así lo entendió el Prefecto y los asistentes entre los que distinguí al
señor Emilio Santa María Montealegre, Alcalde de la ciudad, mi antiguo vecino en la avenida Bolognesi.
Santa María fue destituido días más tarde. Se dijo que había sido retirado del cargo debido a que no entregó al nuevo Presidente ninguna distinción a nombre de la comuna tacneña. Emilio Santa María, a quien conocí desde que yo era un niño, era un hombre recto, honesto. A él lo nombró el gobierno del General Velasco Alvarado. Lo menos que podía hacer era no intervenir
directamente halagando al nuevo Presidente. Lo comprendo. Yo me hacía una serie de lucubraciones. Pensaba qué pasaría si en Lima la Marina o la Aviación no acataban el pronunciamiento de Tacna y el movimiento resultaba un tiro al aire. Todo aquello era un albur.

El Prefecto dijo que esa noche se debería escuchar la palabra de la mujer tacneña. Algunos propusieron a la señora Nilda Gambetta Correa, dama tacneña que estaba, como casi todos años, de visita en su tierra natal para celebrar las fiestas. Pedí la palabra para decir que no sería de buen gusto que dos personas, de una misma familia, participaran en el acto que se organizaba. En vista de que yo había sido designado propuse a la señorita pedagoga Virginia
Lázaro Villarroel, Directora de la Filial en Tacna del Instituto Nacional de Cultura. La propuesta fue aceptada por unanimidad.

Serían las dos de la tarde. El Prefecto se comunicó por teléfono con Virginia Lázaro. Ella aceptó. Inmediatamente después se propuso designar a un profesional de prestigio, que no hubiese intervenido en actividades políticas. Nuevamente intervine para sugerir que esa persona podría ser el doctor Luis Cavagnaro Orellana, entonces Director del Archivo Departamental de Tacna. Una vez más la aprobación fue unánime.
También se habían propuesto los nombres de los profesores Gróver Pango Vildoso y Henry Rondinel Cornejo. A ellos se les descartó pues en el gobierno de Velasco Alvarado había sido detenidos y encarcelados en el penal de El Sepa debido a que eran dirigentes del Sindicato Único de Trabajadores en la Educación que, según se decía, era copada por el APRA y la izquierda.

En el automóvil del Alcalde Santa María nos dirigimos a la casa del doctor Luis Cavagnaro Orellana. Cavagnaro, dilecto amigo mío, acucioso investigador de la historia local, compositor de fuste y muy popular en los distintos estratos de la sociedad tacneña, terminaba de almorzar y nos confesó que celebraba el fin del gobierno velas quista.

Cuando el Alcalde le manifestó el acuerdo que se había tomado en la Prefectura Cavagnaro empalideció. Lo había tomado de sorpresa la noticia. Era demasiado para él que no le agrada comprometerse para participar en actos públicos que no sean los de presentación de sus libros o estrictamente académicos. No recuerdo los argumentos que esgrimiera el Alcalde ni lo que yo le dijera. Al final aceptó al saber que ambos hablaríamos en el acto que se preparaba.
Más tarde dijimos que por lo menos, siendo tan amigos, juntos iríamos a la cárcel o al exilio.

Media hora más tarde, en el automóvil de Cavagnaro, nos dirigimos al restaurante de Saturnino Díaz, en el distrito de Pocollay. Allí, bajo las parras, en la soledad y la frescura de la campiña tacneña, ordenamos las ideas. Quedamos en que él basaría su discurso en el aspecto histórico, que es su especialidad. Mi texto, más bien lírico, invocaría la unidad del pueblo peruano a base del ejemplo de lealtad del pueblo tacneño simbolizado y recordado en los actos de la víspera.

A las seis de la tarde nos volvimos a encontrar, Cavagnaro y yo, para comparar el contenido de los discursos. Quedamos satisfechos. No había ni siquiera atisbo de la tradicional costumbre de auparse al carro del vencedor, ni entrega incondicional ni, menos aun, palabras de rencor o de odio dirigidas a quien hasta la víspera había ocupado el sillón de Pizarro.

La reunión cívica se inició a las ochos de la noche. Una espontánea caravana había recorrido previamente las calles con gente que vivaba al nuevo mandatario. Lo que fue un rumor era un hecho consumado. Velasco Alvarado, a esa hora, en Lima había abandonado palacio de gobierno.

En el estrado, levantado en la Plaza de Armas y Centro Cívico de Tacna, se encontraba el General Morales Bermúdez acompañado de su esposa doña Rosa Pedraglio. Los acompañaban ministros de estado y los jefes de las regiones militares que lo habían secundado en la sublevación. A la derecha del flamante mandatario se ubicó el jefe de la plaza, General de Brigada Artemio García Vargas que ocuparía, días más tarde, el cargo de Ministro de Estado en el despacho de Transportes y Comunicaciones.

Habló en primer lugar la señorita Virginia Lázaro Villarroel, a nombre de la mujer tacneña. Le siguió Luis Cavagnaro Orellana, hablando por los intelectuales tacneños. Yo hablé a continuación, por la juventud. Rómulo Boluarte Ponce de León, ex Alcalde de Tacna, líder odriísta, militar retirado se dirigió a los presentes en representación de los agricultores. El acto culminó con el discurso del General Francisco Morales Bermúdez que tuvo como eje central
un llamado a los peruanos para que se retomara la senda de la unidad.

Aquellos acontecimientos, ocurridos en Tacna el 29 de Agosto de 1975, me tomaron de sorpresa. Fue un compromiso moral con quienes tenían confianza en mi persona o, simplemente, no querían comprometerse. Nunca fue mi intención alcanzar un cargo importante, cobrar por mis servicios o servirme del poder, cosa que otros más audaces, y sin ningún merecimiento, hacen con todo desparpajo. Tanto no logré nada que, una semana más tarde, al no llegar mi contrato para trabajar en la oficina de ELECTROPERÚ tuve que abandonar el puesto por un mes. Sin ganar un centavo, por supuesto. El que había saludado al nuevo Presidente, y era aplaudido por tirios y troyanos, quedó en la calle. La gente práctica me decía que había dejado pasar una gran oportunidad. Muy pocos tienen ocasión de ?saludar? públicamente a un mandatario en el primer día de su gobierno, ante miles de televidentes que lo observan en todo el país. 

De no haber sido ?práctico? no me arrepiento.

... continua >>>>


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