CONFESIÓN DE PARTE
 
de FREDY GAMBETTA
(2 parte)


Un Botón de Oro

En mis años de estudiante secundario nunca destaqué en las actividades deportivas. No obstante, intenté participar en varias disciplinas sin éxito alguno. Andaba por los doce o trece años, aprovechando mi buena estatura, para esa edad, creí poder jugar al básquetbol. No pasó de una ilusión. Mi estatura, de aquellos años, era solamente dos o tres centímetros menos de la que tendría en mi edad adulta.

Era un muchacho gordo, simpático, gracioso, muy ocurrente y reguilete. Esas eran las claves de mis mecanismos de defensa que desarrollé para congraciarme con mis con discípulos y ser aceptado en todos los grupos.

Como no acudía a las clases de Educación Física fingiendo, casi siempre, estar enfermo, utilizaba esas horas en la lectura. La señora Bibliotecaria de la Gran Unidad Escolar Coronel Bolognesi, doña Laura Camacho de Barahona, buena y gentil conmigo, me prestaba los libros que le pedía y alimentaba mis ansias de lecturas. Inclusive, pese a estar prohibido, permitía que me llevase los libros a mi casa.

En esos años gozaba leyendo a Unamuno, Azorín, Baroja, Valle Inclán, Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío. Los Festivales del Libro Peruano, que tanto bien hicieron al fomento de la cultura entre los peruanos, no faltaban en mi naciente biblioteca. Empecé a conocer a los novelistas peruanos. Leía ?de sol a sol?. Me entusiasmé con las novelas de Ciro Alegría; sentí, a mi lado, el mundo indígena, rico, multicolor, lleno de contrastes, de humillaciones de los más a manos de los ricos, en las obras de José María Arguedas. La ciudad se me mostró desnuda en las novelas y cuentos de Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa, Sebastián Salazar Bondy, Oswaldo Reynoso, Carlos Eduardo Zavaleta y tantos otros que iba descubriendo. Encontré violencia en algunos cuentos de Enrique López Albújar y un aire a cosa extraña en los textos
de Ventura García Calderón. Conocí a los grandes escritores latinoamericanos que publicaron en la primera mitad del siglo XX. Con qué placer regreso, de tarde en tarde, a las páginas de Don Segundo Sombra, de Güiraldes; a Doña Bárbara, de Gallegos o a la realidad impactante de Huasipungo.

Mi primer encuentro con la poesía peruana se debe a la lectura de la Antología preparada por Alejandro Romualdo y Sebastián Salazar Bondy. Mi hallazgo de Neruda tuvo lugar a partir de la lectura de sus 20 Poemas de Amor y Una Canción Desesperada, ¡cuándo no¡. Vivía ardientemente aquellos años con los versos de José Gálvez, que nos enseñaron en la escuela primaria, y que fue, por años, con música del chileno Enrique Soro, el Himno de los estudiantes
americanos :? Juventud, juventud torbellino, soplo eterno de eterna ilusión ??

Mis lecturas, mi amor por la literatura, paralelo a mi total y absoluto desapego por las ciencias, llamaron la atención de mis profesores y, sobre todo, de los encargados del Departamento de Actividades Educativas, que funcionaba por aquellos años. A instancia de ellos me convertí, a los quince años, en maestro de ceremonias obligado de cuánta actuación tenía lugar en el colegio. Ello elevó mi prestigio y me hizo conocido en la comunidad, que entonces no superaba los 50 mil habitantes. Pese a mi juventud, a los halagos que recibía, creo que jamás se ?me subieron los humos? cosa que, por otra parte, a esa edad, es un pecadillo que se perdona. Sin embargono puedo dejar de anotar que mi condición de maestro de ceremonias me abrió el corazón y los brazos de bellas muchachitas tacneñas que, al recordarlas, con la letra del viejo tango, puedo decir ?Amores de estudiante, flores de un día son??

Mi vocación por la literatura nació leyendo en las horas en las que buscaba excusas para no asistir a las clases de Educación Física, primero, y a toda hora después convirtiéndose en un hábito que hasta hoy conservo.

Mis primeros versos los escribí a los trece años. Eran muy malos. A los quince años, después de haber leído a Vallejo, por primera vez, y a Neruda, escribí llené un cuaderno con mis poemas tan malos como los anteriores. El primer poema redondo, que me gusta y que lo publiqué en mi plaqueta Nuevo Amor, Nuevos Poemas, lo escribí en diciembre de 1963. Es un poema dedicado ?a mi primer amor?. Tan breve como lo que duró ese romance de adolescente.

La Gran Unidad Escolar ?Coronel Bolognesi?, de Tacna, celebra su día institucional el 4 de Noviembre, en recuerdo al nacimiento del héroe de Arica. Programan una semana de festejos en la que desarrollan actividades culturales, religiosas y deportivas. Los festejos terminan con una velada en la que se corona a la reina del plantel, elegida por el voto general de los alumnos.

Es tradición que, todos los años, se convoque a unos Juegos Florales que  tienen como motivo escoger un poema que sea la ofrenda lírica a la soberana. El año 1964, cuando yo cursaba el quinto año de secundaria, no fue la excepción. Recuerdo que, faltando un día para que se venciera el plazo de presentación de los trabajos, estuve angustiado, intraquilo, tratando de escribir algo. De El Jardinero, de Tagore, tomé unos versos que me sirvieron de epígrafe para el poema que escribiría.?Querría decirte las palabras más hondas que te tengo que decir??

Tuve suerte, gané el ansiado Botón de Oro que, en ese tiempo, lo entregaba el colegio y la Casa de la Cultura de Tacna.
La ceremonia de coronación de la reina tuvo lugar un domingo, en la mañana, en el Teatro Municipal. La soberana era Amelia Alcázar Viacava, una bella tacneña, color capulí. Su paje fue Gonzalo Lostaunau Silva, hoy excelente odontólogo, dedicado a hacer el bien a la comunidad desde el Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú.

Amelia me colocó el Botón de Oro en la solapa y agregó al acto un dulce beso en mi frente. Se juntaban juventud, belleza y poesía. Fue el primer premio que recibía por mi naciente vocación poética, un estímulo para seguir la ruta de la creación.
Un año más tarde en un café, de la calle Mercaderes, en Arequipa, el poeta Guillermo Mercado me dedicó un libro en el que escribió: ? Para Fredy Gambetta que ojalá no sea un ave de paso en la poesía?. Era un buen deseo del primer poeta mayor que conocí.

¿ Quién no ha escrito versos a los quince años y ha creído que es poeta? ¿Acaso no nos tropezamos, frecuentemente, con personas, a veces resentidas, porque no se les reconoce el garabatear algunas cuartillas? Finalmente, ¿acaso no han existido tantos que tuvieron la fiebre juvenil de la poesía y después no quisieron saber nada de ella? Las palabras del poeta Mercado me marcaron profundamente y me hicieron meditar.
Tres años más tarde, en 1967, nuevamente me presenté a un concurso. Esta vez a los Juegos Florales convocados por la Universidad Nacional San Agustín de Arequipa. Muerte al Amanecer, se titulaba mi cuento. Ganó el Segundo Premio.
Como sabemos cada persona tiene sus propias maneras de ser y de actuar. Nuestra actitud, frente al mundo y a la vida, no es siempre plenamente conciente. Respondemos más a las voces de nuestro mundo interior, a las vivencias acumuladas a lo largo de la existencia.

Haciéndome eco de esas voces interiores el día que contraje matrimonio me fui campante a la iglesia con el Botón de Oro, obtenido once años antes, en el ojal de flamante terno de novio. Tal vez quise significar, con ese gesto, que al adquirir un nuevo estado no abandonaría, por ninguna circunstancia, a la que es mi eterna pasión, la poesía.

Tres años más tarde, en Arequipa, gané el Segundo Puesto en Cuento, en los Juegos Florales de la Universidad San Agustín. Recuerdo que, con ese motivo, el Doctor Antonio Cornejo Polar, que años después me honrara con su amistad, me felicitó y me dijo que para él mi cuento MUERTE AL AMANECER, debía haber sido el ganador. Él, su hermano Jorge y el poeta, también arequipeño, Guillermo Mercado, me alentaron a persistir en el camino de la literatura. 
En un verano, que debe haber sido en el año 1967, encontré, sentado en una banca del Pasaje Vigil, al poeta Livio Gómez. Venciendo mi timidez me acerqué a él. Le mostré algunos poemas. Iniciamos una amistad, sin sombras, que el tiempo no ha opacado pese a los perversos que, más de una vez, como en el caso de mi amistad con Gróver y Lucho, pretendieron deshacer.
Livio Gómez es un hombre generoso. Conservo las cartas que me enviaba a Arequipa, durante mis años de estudiante universitario. En ellas me instaba a perseverar en el ejercicio de la poesía. Un párrafo, de una carta que me escribiera el 1 de noviembre de 1967, dice ? Sigue escribiendo querido amigo. El que con talento persiste en la palabra encontrará el fuego ?.
No se equivocaba mi buen amigo poeta a quien tanto tantos le debemos, incluidos aquellos que ven la paja en el ojo ajeno.

Gracias a Livio Gómez empecé a colaborar en revistas locales, editadas por él, o con su asesoramiento, y me proyecté a Lima y a países extranjeros como España, Méjico, Colombia, Argentina, Puerto Rico, Estados Unidos, Bolivia y me aventuré a publicar mi primera plaqueta, en 1974, que lleva por título NUEVO AMOR, NUEVOS POEMAS. Ella fue, para mi poesía, una llave prodigiosa, una insuperable tarjeta de presentación.

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