CONFESIÓN DE PARTE
 
de FREDY GAMBETTA
(1 parte)

El amor por Tacna, por su historia, por su gente, por su paisaje, por sus cosas, centro y motivo de mi obra escrita, en verso y prosa, la debo a que fui criado en el hogar de dos señoritas tacneñas, Rosa Alina Gonzáles Tapia y María Cadima Tapia, hermanas por el lado materno. La mayor de ellas, Rosa Alina, había nacido en marzo de 1899 y la segunda, en octubre de 1911.

? Mamá Alina? me inculcó el amor al Perú y a Tacna, en especial. Era una dama tacneña, cien por cien. Su Padrino de Bautizo fue el militar José Ramón Pizarro que, durante el fracasado plebiscito, y con el grado de General, encabezara la Comisión Plebiscitaria peruana, en Tacna y a la que representara como Senador. Además ella, que guardaba en cuadernos, los poemas de Federico Barreto, había sido, en la niñez, engreída del poeta Modesto Molina, el autor del hermoso HIMNO DE TACNA, aquel del que el Coro empieza con la conocida arenga: ?Mantengamos el fuego sagrado / del amor a la patria inmortal ? Ella, en su juventud, fue integrante del cuerpo de propagandistas que repartían el diario peruano LA VOZ DEL SUR, debajo de las casas, en los aciagos días de los años 1925-1926.

Con esos antecedentes y esos pergaminos cívicos, de los que conservo constancias escritas, fue olvidada y relegada y jamás recibió una moneda como pensión pese a que mantuvo su soltería, precisamente, por no casarse con algún mozo chileno que, también tengo testimonio, la pretendía. Ella fue una de las ?señoritas de Tacna?. De aquellas que, como escribiera otro de mis queridos amigos, el Doctor Arturo Jiménez Borja, ? enjugaron lágrimas sólo por la Patria, a quienes no leyeron cartas de amor, ni sintieron el estremecimiento de un beso enamorado ?. Estas palabras aparecen en el colofón de la edición facsimilar de EL ALMA DE TACNA, editada por COFIDE, en 1989.

? Mamá María ? nació el año en el que había terminado una de las más duras etapas de la chilenización. En 1911, los chilenos se sentían satisfechos de haber cerrado las imprentas donde se imprimían los diarios peruanos. Clausuradas las escuelas peruanas y las iglesias, reprimidos maestros, sacerdotes y periodistas, juzgaron culminada la tarea. 

Sin embargo, pese a que ellas habían vivido aquellos años, eran discretas en sus comentarios, contaban las historias buenas y malas, sin exageraciones, sin fabricar mitos. Reconocían, por ejemplo, la excelente educación que habían recibido de los maestros chilenos, el sentido de la responsabilidad, del aseo, de la puntualidad y la honradez. Conservo una hermosa carta que una de sus maestras le escribiera, a mi mamá María, a quien se dirigía en tiernos términos, después de la entrega de Tacna al Perú, en la que le decía cuánto extrañaba a las niñas de esta ciudad amable.

Mi padre, al que no conocí, había nacido en Locumba a raíz de que mi abuelo, don Nicolás Gambetta Correa, allí había tenido que ir a residir después que su hermano José, y la hijita de éste, Clarita, fueran desaparecidos y muertos por los chilenos, en 1925. José traía una de las listas de los peruanos que vivían en el sur y que se disponían a venir a Tacna para votar por el Perú. Esa fue la causa de su desgracia. Gambetta es el único apellido italiano que aparece en la relación de los mártires de aquellos aciagos años. En Locumba, mi abuelo Nicolás se casó con doña Zunilda Arriaga, natural de ese pueblo, capital de Tacna Libre, entonces.

Era italiano, mi bisabuelo, de la Liguria, al norte de Italia, más específicamente de un pueblito que se llama Albisola. De aquella región procedían gran parte de los italianos que llegaron a Tacna. Se llamaba Santos Gambetta y había emigrado, en un barco de vela, junto con sus hermanos que se fueron repartiendo en la costa del Atlántico, en Santiago de Chile, en Ilo, en Mollendo y en Lima. Una viejecita mollendina, llamada Trini Gambetta, que trabajaba en la 0ficina de Correos, en Arequipa, y a quien conocí alrededor de los años 1967 o 1968, me dijo que todos, siendo de una sola familia, descendíamos del patricio León Gambetta, que Francia se lo disputa como héroe propio por haber liderado la resistencia de los franceses, ante la invasión alemana de 1870. Este dato, repito, lo recibí de aquella viejecita, soltera, de hermosos ojos celestes y que, en su vivienda, de una pobreza dignísima, conservaba el lienzo en el que habían pintado aquel velero en el que arribaron los Gambetta a la América.

Mi bisabuelo se casó en Tacna con la dama Deidamia Correa. Se dedicó al comercio, la agricultura y la minería. He leído, en LA VOZ DEL SUR, de mayo de 1900, unos datos referentes a sus minas UNIÓN ITALIANA y SIBERIA, que estaban ubicadas en la, entonces, Sub Delegación de Palca. Me han contado que, como agricultor, fue uno de los pioneros de La Yarada. Además fue socio fundador de la Sociedad Italiana XX de Settembre. Su nombre, junto al de otros italianos, entre los que figura el de su paisano Juan Cavagnaro, abuelo del Historiador tacneño y carísimo amigo, Luis Cavagnaro Orellana, aparece en el acta de la colocación de la primera piedra del mausoleo, de la mencionada Sociedad, en octubre de 1907

El hogar, de los Gambetta-Correa, estaba ubicado en ? el Caracol ?, hoy calle Francisco Cornejo. Su tienda de abarrotes formaba esquina entre lo que hoy son las calles Cornejo y Gil de Herrera. A ese sector, por algún tiempo, se le conoció como ? callejón de los Gambetta ?.  Mi madre biológica, con la que nunca viví, fue la señora Hortensia Uría  Jiménez. Ella nació en Calana. Su padre fue un ciudadano boliviano, cochabambino, que llegó por Tacna y que desapareció como había llegado. Uría era un miembro oscuro de una familia conocida de La Paz. Un hermano de él, el abogado Luis Uría de la Oliva, es muy recordado debido a que, siendo Secretario del Presidente Juan Gualberto Villarroel, fue asesinado junto al mandatario y colgado de un poste de la Plaza Murillo, frente al Palacio Quemado. Una placa, donde se inmoló, lo recuerda como ejemplo de lealtad. 

Fue feliz mi infancia. La viví en una casa de quincha, con puerta de calle, mampara y balcón. Estaba ubicada en la avenida Bolognesi 860, frente a la antigua Recoba de Tacna, vetusto edificio, edificado con piedra de cantería, que viera quemarse una tarde de octubre, de 1954, al regresar del Anexo de la Unidad Bolognesi. Iba a cumplir siete años.

EL COLEGIO DE MI INFANCIA

En la antigua casona de la cual el Prócer Francisco Antonio de Zela y Arizaga saliera con un grupo de tacneños, en 1811, a proclamar la libertad, por primera vez en la costa del Perú, funcionó hasta 1954 el Anexo al Colegio Nacional Coronel Bolognesi. Ese año cursaba el primero de Primaria. 

En el año 1955 el colegio se trasladó a la vetusta casona, más alta, más amplia, más luminosa, que dejaba el Colegio Nacional que, transformado en Gran Unidad Escolar, ocuparía un local recién inaugurado en la calle Modesto Molina.

Entramos al nuevo edificio descubriéndolo todo con ojos de asombro. Era un nuevo mundo para nuestra curiosidad infantil. Las blancas columnas altísimas, una gran puerta de madera, el pasadizo oscuro, las aulas pintadas de variados colores, un patio de piedra, más aulas, otro inmenso patio de tierra que tenía por frontera un gran paredón que separaba al colegio del ?bosque?. 

Nos costó acostumbrarnos. El recorrido para llegar al colegio no sería el mismo. Los alumnos que vivíamos en la parte alta de la alameda teníamos que bajar obligatoriamente por ella, doblar por el Hotel de Turistas, nuevo, recién inaugurado, magnífico para la entonces pequeña ciudad. Recuerdo que muchos de los padres de los alumnos, de los grados menores, como era mi caso, nos acompañaron las primeras veces, reloj en mano, para calcular el tiempo que deberíamos demorarnos en la nueva travesía.

El nuevo colegio tenía el número 982. Un día descubrimos el segundo piso. En él había un espacioso auditorio con una gran vista panorámica de los tejados de Tacna, la verde y angosta campiña y, en los días de sol, de la cordillera azul con sus viejos y dormidos volcanes. Al segundo piso, que le llamaban el palomar, llegábamos por dos escaleras. Una aristocrática, como extraída de un libro de castillos y fantasmas y la otra delgada, angosta. El palomar lo alegrábamos con nuestros cantos los días martes y viernes. La hora de canto era, para mí, que nunca he cantado bien, una de las más esperadas.

Recuerdo que mi primer salón de clases estaba ubicado a la mano izquierda, entrando por el oscuro pasadizo, junto a una puerta que daba al patio de piedra en el que, entre dos columnas, colgaba la campana, pequeña y bullanguera.

Cuando un ejercicio de matemáticas no era terminado en la hora de clase los remolones nos quedábamos durante el recreo a concluirlo mientras hasta nosotros llegaban las risas y los cantos, la algazara infantil. A medida que acabábamos el tema salíamos a buscar a la profesora para que lo corrigiera. Ella se entretenía tejiendo sentada bajo una ramada orlada de buganvillas, viendo a los niños jugar bajo el sol de primavera o la fina garúa en el invierno.

Nuestra máxima aventura consistía en organizar grupos pequeños para ingresar al temido ? bosque? que era un cofre de misterio. Los muchachos de los últimos años afirmaban que en él había animales monstruosos, que se arrastraban grandes serpientes y que saltaban los monos mientras en los charcos retozaban los cocodrilos. A todo ese mundo fantasmagórico, casi mitológico, sorprendente para nuestra imaginación, contribuía la presencia esporádica de un hombrecito pequeño, negro, de gruesos labios y contrahecho que, según decían, era el único miembro de una familia de pigmeos que vivía en el centro del bosque.

Qué raudo pasó aquel tiempo feliz, irrepetible. Después de muchos años regresé a mi viejo colegio de la calle Billinghurst. Lo encontré con la cara lavada, remozado, vestido con nuevo ropaje y con otros niños que jugueteaban sobre nuestros recuerdos renovándolos. Son los mismos que mañana, como hoy nosotros, se sentarán a escribir los recuerdos que su infancia vive hoy. 

Era un niño sumamente curioso e insoportablemente preguntón. Las señoras y señoritas a las que les cocían los vestidos ? mis mamás ?, me engreían. Entre ellas recuerdo a doña Lastenia Rejas de Castañón, y a su hija Elsa, a la señorita Clelia Cavagnaro Herrera, a las señoras Blanca Castillo de Dávila, Esther de Benavides, Graciela Rivera de Quina y Adela Domínguez de Basili, esposa de mi padrino, don Francisco ?Queco? Basili, un italiano bueno como el pan. Seguramente ellas veían en mi a un niño solitario, que vivía con dos señoritas mayores. Pese a ser solo no fui un solitario. Muy pronto me refugié en mis juguetes, que esas buenas mujeres me regalaban en mi cumpleaños, o en la navidad, y después en la lectura. Mis primeros libros fueron los que compraban en mi casa para obsequiar a los niños que me invitaban a sus fiestas y que se quedaban conmigo para que los terminara de leer. También leía las crónicas y las historias que publicaban las revistas chilenas, ZIG-ZAG y ERCILLA, que las damas aquellas llevaban a mi casa porque traían alguna sección de modas o la fotografía de una actriz que lucía un modelo que deseaban copiar.

El cariño a mi ciudad natal, que me inculcaron en la infancia, fue reforzado con la periódica lectura de la edición extraordinaria que el diario LA VOZ DE TACNA editó, con motivo de las Bodas de Plata de la Reincorporación de Tacna al Perú, y él haberme acercado, casi niño, al Doctor Guillermo Auza Arce, tacneño, patriota, hombre íntegro que, además, era mi vecino en la octava cuadra de la Alameda Bolognesi.

En mi casa habían, y aun conservo, muebles antiguos, de estilo, europeos, que llegaron a Tacna en el siglo XIX. Junto a ellos, espejos biselados, figuras de porcelana de Sevres, vajilla de porcelana, fruteros y floreros de cristal de roca, lámparas de bronce, cuadros del pintor Zeballos Franchi, relojes de oro y de plata con tres tapas, en fin, recuerdos de las épocas de esplendor cuando por Tacna pasaban las mercaderías europeas que, desembarcadas en el puerto de Arica, eran trasladadas hasta el Alto Perú y el norte argentino en caravanas de arrieros.

Para mi lo más importante eran los libros antiguos, que encontré en viejos baúles, entre los que destaco la colección completa de la HISTORIA UNIVERSAL de César Cantú, publicada en 1875, en París, en la Librería de Garnier Hermanos y la primera edición de RASGOS DE PLUMA, de EL TUNANTE, editada en 1899, en Lima, por Víctor A. Torres, ilustrada con litografías y fotograbados. En ese libro, rarísimo, aparece la partitura y una crónica sobre el baile nacional al que Abelardo Gamarra, el Tunante, bautizara con el nombre de MARINERA, en honor a la marina peruana.

El ejemplar de RASGOS DE PLUMA, que guardo en mi biblioteca, está dedicado a don Heráclides Gómez García. Hago mención a que varios de los documentos, fotografías, y un par de bastones, con puño de oro y el anagrama de su dueño, que aun conservo en mi casa, pertenecieron a Gómez García.

El patriota tacneño Heráclides Gómez García nació en Tacna en 1859. Se educó en Chile. Fue alumno de Diego Barros Arana y de Miguel Amunátegui, maestros de brillantes generaciones de jóvenes chilenos y americanos. Gómez García peleó en la defensa de Tacna, el 26 de Mayo de 1880, en el Campo de la Alianza, donde fue herido, y después defendió a la patria en la Batalla de Miraflores. Regresó a su Tacna y, con los hermanos Barreto, fundó LA VOZ DEL SUR. Hasta 1901 ocupó la Prefectura de Tacna Libre, con sede en Locumba. Murió el 1 de Agosto de 1906. Está enterrado en el cementerio local. Ni siquiera una calle lo recuerda.

UN MUNDO DE PENAS

Los primeros diecisiete años de mi vida los viví en una vieja casa, construida en el siglo XIX, signada con el número 860, en la avenida Bolognesi, que los tacneños conocíamos como ?la alameda?, frente al mercado, la vieja ?recoba?.

Era una casa de una planta, con puerta de calle y mampara, además de un balcón de medida reja. El techo remataba en un mojinete, típico de Tacna, que tiene la forma de trapecio, de pirámide trunca. Puesto que en la costa no llueve torrencialmente no era preciso construir las viviendas con techo en forma de triángulo, como en la sierra. La leve garúa da concesiones.

Mi casa tenía una sala, luego el dormitorio de ?mis mamás?, después el dormitorio que yo ocupaba, el comedor y de allí, hasta una puerta comunicaba con el patio, se extendía un pasadizo angosto. Saliendo al patio, a la mano izquierda, había dos cuartos misteriosos. Uno era depósito de trastos viejos, baúles, cajones antiguos y, debido a su amplitud, servía como dormitorio para la empleada ?doméstica?. El otro, al lado, era destinado a la cocina. De piso de tierra, con las paredes negras por el hollín. Era una típica casa decimonónica. Al fondo de la casa, el patio de tierra, con una vieja ramada, un tinajón  que antaño sirvió para almacenar granos o aguardiente y una parra que mamá María plantara con la esperanza, remota, de cultivar uvas. En realidad dio siempre unas pésimas uvas negras, muy pequeñas y ácidas. Al final, junto a la pared, que colindaba con la calle Bolívar, había un estanque, para lavar ropa, y a un costado el baño.

Esta casa, tal vez porque fue el escenario de los mejores años de mi vida, nunca se me va de la memoria. Continuamente aparece en mis sueños. El título de uno de mis libros es CASA DERRUÍDA. El poema que le da el título habla de una casa que está siendo demolida. Digo que es un cuerpo desollado vivo y abandonado al olvido. Me dolió tanto la demolición de la vieja casa de mi infancia que realmente me pareció un cuerpo con vida al que descuartizaban.

Lo más triste es que no acompañé a mi casa en sus últimos días sobre el paisaje urbano de Tacna. En esos años estudiaba en Arequipa. No guardo ni siquiera una fotografía de lo que fue, para mí, la única isla feliz. Esa querida casa tenía sus misterios. En ella me acostumbré, desde muy temprano, a sentir la presencia del miedo. Más de una vez, haciendo una introspección, como se dice en sicología, he llegado a la conclusión de que los misterios de mi vieja casa sellaron para siempre mi camino en la vida.

Pero, ¿en qué consistían esos misterios? Me explicaré con calma. 

Mamá María me contaba que, en mi primera infancia, antes de los cinco años, solía despertarme, algunas noches, y la llamaba a gritos y llorando desesperadamente. Ella acudía solícita a mi llamado para averiguar el motivo de mi inquietud.

-?Mamá, están andando en la sala? ? le decía acongojado y miedoso.

Amorosamente ella me arropaba y cargado en sus brazos me llevaba a la sala amoblada con muebles de estilo. Me daba una vuelta, me hacía ver los rincones, especialmente detrás de un gran sofá y luego, con dulces palabras, me hacía dormir. 

Algunos años más tarde, yo tenía nueve años, en octubre de 1956, sucedió algo insólito.

En mi casa cenábamos a las nueve de la noche, mientras que en las casas de mis amigos lo hacían, como máximo, a las siete. Aquel día habíamos terminado de comer. Faltaba servir el café. Este se servía en una mesa ubicada al inicio del angosto pasadizo. Como he narrado, el pasadizo terminaba en una puerta que comunicaba con el patio. Esa puerta se trancaba con dos grandes fierros. Mamá María y yo estábamos en la mesa esperando el café. Mamá Alina era la encargada de servirlo. En el preciso momento que ella tomaba la cafetera se abrió la puerta, que comunicaba con el patio, y violentamente se volvió a cerrar. Pudimos percibir el chiflón.

-?Ay, Jesús, ¿qué es esto??- dijo mamá Alina, que era muy nerviosa.

Mamá María, serena, se acercó hasta la puerta de marras que se encontraba perfectamente trancada con los grandes y negros fierros. Salimos al patio, temblando de miedo y de frío. Nada extraño. La puerta falsa, como la llamábamos, estaba cerrada con sus trancas de madera.

En alguna hora, del día siguiente, tocaron a la puerta. Recuerdo que salí a abrir y me encontré con el señor Filidor Cavagnaro, que preguntaba por mi mamá Alina. Su rostro estaba  descompuesto por un gran dolor.

- ?Alina, le dijo, Clelia, mi hermana, ha fallecido?.

La señorita Clelia Cavagnaro era íntima amiga de mis ?mamás?. Dama soltera, devota, caritativa. Me tenía mucho cariño. Siempre que llegaba a la casa me llevaba alguna golosina y me sentaba en sus rodillas.

Años más tarde, cuando cursaba el cuarto año de secundaria, en 1963, y tenía dieciséis años, una noche, a las once, me disponía a dormir. En la pieza contigua mis ?mamás? hacían lo propio. Explicaré que mi dormitorio se comunicaba con el comedor por una puerta de dos hojas angostas.

En un momento la puerta fue violentamente sacudida. Tan fuerte fue el ruido que llamó la atención de mis ?mamás?.

-?¿Qué es eso?? ? preguntaron angustiadas. 

Mamá María, siempre valiente, se levantó de su cama para inspeccionar. Encendimos los focos de luz, en toda la casa, recorrimos los cuartos, salimos al patio. Las puertas estaban cerradas, con las trancas de fierro y de madera, en su lugar. Nada extraño.

-?Bueno, Fredy, vuelve a dormir, tú sabes cómo es esta casa ?dijo mamá María
 
Yo, irreverente, dije:? Carajo, almas de mierda que vienen a joder. ¡Mañana le cuento esto al ?camarón? Gambetta¡?

Carlos Gambetta Vildoso es un primo lejano, compañero de estudios, entonces, a quién le apodábamos camarón por su color de piel. Era especialista en contar historias de penas y aparecidos. Vivía en el campo y tenía un repertorio inacabable de historias de misterio.

No había terminado de decir la frase que he anotado cuando, de pronto, nuevamente la puerta fue sacudida por una fuerza descomunal. Era como si alguien, desesperado, pugnase por salir.

Salí corriendo, despavorido, de mi dormitorio. Primera vez, en mi vida, tuve la sensación de que mis cabellos, literalmente, se paraban de puntas. Esa noche dormí en la cama de mi mamá María. Ella durmió en la mía. A la puerta le colocamos un candado. Después, por consejo de alguna vecina, dejábamos todas las noches, antes de ir a dormir, una Biblia abierta sobre la mesa del comedor. Dos años más tarde nos cambiábamos de casa, no precisamente por esos hechos misteriosos.

Creo que, en efecto, estas experiencias, y otras similares, como ser el traslado de los muebles de la sala, los pasos en el pasadizo y las desesperadas carreras de un perro, que alguna vez tuvimos, me convirtieron en una persona nerviosa y sensible a esa y otra clase de fenómenos.

Cuando entre amigos hablamos de penas, fantasmas, de hechos inexplicables, prefiero no intervenir. Sin embargo dejo testimonio de que los ruidos, tuviesen la causa que tuviesen, los pasos misteriosos, los muebles que solos se trasladaban, de un lugar a otro, fueron una realidad en mi vida. 

En mi adolescencia era para mi un gran placer recorrer los callejones tacneños. Los conocía de memoria. Otros de mis placeres eran vagar por las calles, detenerme a mirar por las rendijas de las viejas casas, conversar con los viejecitos y, casi todos los fines de semana, caminar por el cementerio, leyendo lápidas y ubicando las tumbas de los tacneños que aparecían en aquella edición extraordinaria de LA VOZ DE TACNA.

Eran mis compañeros de correrías y aventuras Gróver Pango, que con creces reemplazó al hermano que no tuve, y Lucho Cavagnaro, cinco años mayor, cuando llegaba a Tacna, en las vacaciones. Con ellos llegamos hasta Pallagua, entonces casi desconocido lugar para el común de las gentes, y fuimos los primeros interesados en los petroglifos que encontrábamos en el camino. En mi archivo guardo la página central que publiqué en el diario CORREO llamando la atención sobre los petroglifos de Miculla. Fui el primero en hacerlo. Como que he sido el único en dedicar un poema a Pallagua, el mismo que forma parte de mi primer poemario, RUMOR DEL CAPLINA.

Aquella crónica, en la que mostraba los petroglifos de Miculla, mereció una gentil carta del Ingeniero Francisco Sotillo Palomino, Presidente de la Comisión Organizadora y de Gobierno de la Universidad Nacional de Tacna, recientemente fundada. Esa carta está fechada el 25 de marzo de 1974. Por esos años el Maestro Basadre vivía y visitaba Tacna, con alguna frecuencia. 

En su carta el Ingeniero Sotillo Palomino me dice que la Universidad ha tomado nota de mi sugerencia y que se interesarán en el estudio de la zona. Es más, me comunica que ha tomado contacto con los Arqueólogos Eloy Linares Málaga, de la Universidad Nacional San Agustín y Javier Cabrera Darquea, de la Universidad Nacional San Luis Gonzaga, de Ica. Asimismo me hace saber que el Profesor Doctor Fernando Corante Pajuelo, de la Universidad Nacional de Ingeniería, ha sido encargado para preparar un documental fotográfico de la zona arqueológica. Como pocas veces, sentí que esa crónica no fue escrita en vano.

Empecé a escribir poesía a los 12 o 13 años. En quinto de secundaria me premiaron con un Botón de Oro y fui nombrado Poeta Bolognesiano 1964 por haber ganado el Elogio Lírico a la Reina, que era una gran amiga nuestra, Amelia Alcázar Viacava

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