da Tacna   FREDY GAMBETTA 

Columna : RUMOR DEL CAPLINA
DÍA : DOMINGO 4 DE NOVIEMBRE DE 2001

 CRÓNICAS ARIQUEÑAS ( I PARTE ) 


El doctor Vicente Dagnino Olivari fue un distinguido médico que ejerció su profesión en Tacna, en los años de la ocupación chilena de esta ciudad, después de la Guerra del Pacífico. Fue un ejemplo de servicio y de amor al prójimo. No hacía distinciones entre peruanos y chilenos. Aún, en mi infancia, escuché varias historias que hacían referencia a su calidad humana. Los tacneños, agradecidos, cuando la ciudad retornó a la patria peruana, le dieron su nombre a una calle que conduce a la vieja estación del ferrocarril Tacna - Arica que, dicho sea de paso, es el tercero más antiguo en América del Sur.

Dagnino Olivari no solamente ejercía su profesión de médico sino que también ejerció la docencia en el Liceo de Hombres. Fue, más que un profesor, un maestro, aunque no ostentaba el título pedagógico.´Y, como si fuera poco, se dedicaba a la investigación histórica leyendo documentos coloniales y publicando obras valiosas que, en un gesto de generosidad, después de pagar los costos de la edición, las ganancias las donaba a los hospitales de Tacna y de Arica. 

Una prueba de su magisterio fue que incentivaba a sus alumnos en la investigación histórica. No era egoísta ni usaba a terceros para firmar como propios los hallazgos que otros encontraban.

Una obra valiosa, que tengo en las manos, es el libro CRÓNICAS ARIQUEÑAS, publicado en la Librería e Imprenta "La Joya Literaria", de Tacna, en el año 1910. El prólogo de la obra lo firma el doctor Dagnino y contiene trabajos de investigación de sus alumnos Juan Arce Arnao, Jorge Boccanegra, Teodoro Blanlot, Oscar Cáceres, Antonio Pomareda Gálvez y Manuel Suárez. Eran jóvenes peruanos y chilenos, estudiantes en el Liceo de Hombres de Tacna. Una verdadera obra fruto de la hermandad y de la seriedad con la que se entregaban a la investigación.

La fuente de los materiales que se publican en CRÓNICAS ARIQUEÑAS es el ARCHIVO DE LA CAJA REAL. Ese Archivo, dice el prologuista, sirve para " estraer el metal nativo de la veta vírjen" (sic). También anota que los episodios que se leerán ven la luz " sin deberle nada a la tradición, porque no existe, ni a la fantasía, que es mengua de la historia".

Abre el libro de crónicas una titulada LA RACIÓN EN LAS NAOS, firmada por el joven Antonio Pomareda Gálvez. Se basa en un documento de 1593. Aquel año, el 15 de abril, zarparía de Arica con rumbo al Callao, primer puerto del Virreinato del Perú, el galeón de Su Majestad "San Francisco", llevando un tesoro. El maestre del barco era Juanes de Urrutia. Las provisiones del viaje, para 116 personas, las pidieron al Corregidor Rodrigo Campusano i Sotomayor. Dichas provisiones constaban de 16 quintales de bizcocho, 20 arrobas de pescado salado, 50 haces de leña, 28 arrobas de carne de vaca y 10 corderos de Castilla más 48 libras de tocino.

Según la Ordenanza del Virrey Marqués de Cañete, del 9 de febrero de 1593, la dieta diaria para el común de los tripulantes de las naos de Su Majestad, en el puerto o a bordo, consistirían en libra y media de bizcocho; libra y media de carne fresca de vaca, que podría ser también de cordero o pescado; dos onzas de tocino y una onza de garbanzos.

Además, la mencionada Ordenanza especificaba la dieta que se debía proporcionar, según el grado de los tripulantes. Por ejemplo, al Teniente General se le daban seis raciones y cuatro botijas de vino de la tierra cada mes; el Almirante recibía cuatro raciones y tres botijas de vino por mes; el Capitán de Infantería, era acreedor a cuatro raciones y una botija de vino cada mes y el Alférez Real, dos raciones y una botija de vino mensual. Similares raciones recibían el cirujano, el médico, el cura, el condestable, el contramaestre, el guardián de artillería, los marineros, grumetes y pajes. El único que no recibía dotación de vino era el cirujano "para que no le temblara la mano" al momento de operar. 

La segunda crónica, con el resultado de las investigaciones del alumno Juan Arce Arnao, se titula FLAMENCOS EN LA COSTA. Se basa en sucesos ocurridos en 1599, año en el que había una gran inquietud en la costa peruana por los ataques del corsario holandés Simon de Cordes. 

En ese año Pedro de Valencia era el Corregidor de Arica; Juan de Quevedo y Baltazar de Herrera habían sido nombrados Oficiales Reales a quienes se les encargó reforzar las defensas del puerto "... lo mejor que se pueda con terraplenes y cestones i se haga una trinchera de madera, con arena i fajma fuerte, de suerte que la artillería se pueda jugar sin riesgo, al tiempo que se ofreciese, i que los soldados estén separados tras ella, disparando sus mosquetes y arcabuces sin que puedan ser ofendidos"(sic) Para las construcciones se contrató el servicio de indios de la "provincia de Tacana" (Tacna), a los que se les pagó dos reales y medio por cada día de trabajo. 

Los ariqueños, que esperaban a pie firme el ataque de los corsarios holandeses nunca vieron a éstos en las playas del puerto. Simon de Cordes sufrió una serie de peripecias a lo largo de la costa chilena, primero, y en la peruana después. Nunca atacó Arica. Finalmente caería en poder de los portugueses, muy lejos del Perú...

CRÓNICAS ARIQUEÑAS (II PARTE)

a tercera crónica, firmada por el joven liceano Manuel Suárez S., se titula LOS PRIMEROS ESTRANJEROS EN ARICA. Como se aprecia, respetamos la ortografía y los usos de la época en la que fue escrito el trabajo, primeros años del siglo XX.

Como se sabe, fue a partir del rey Carlos V que España concede licencia para que se puedan establecer en sus colonias súbitos extranjeros. En Arica, el primer extranjero registrado, en el año 1598, fue García Griego. Años más tarde, en un documento fechado en el puerto, el 12 de octubre de 1624, firmado por los Oficiales Reales Agustín de Torres y Pedro Guerrero, y enviado al Virrey del Perú, Marqués de Guadalcázar, se registra la presencia de los portugueses Francisco de Vargas y Rafael Pérez de Freitas, el primero comerciante entre Arica y Moquegua y fabricante de vino, el segundo. También aparecen los primeros italianos. Se trata de los genoveses Juan Angelo, dueño de una embarcación en la que traía guano de las islas y el pulpero Juan Bautista. Otro italiano, pulpero y salchichero, era Francisco Cataldo a los que se unían el holandés Tomás Blanco, residente en Sama y los portugueses Antonio Rodríguez, piloto de navío y Domingo Hernández, Contramaestre del navío del español Esteban de Villafañe.

Algunos extranjeros, como Tomás Moneglia (aldea cercana a Chiavari) tomaban el nombre de sus lugares de origen. Cabe destacar que los primeros italianos que arribaron al puerto de Arica, para quedarse o que ingresaron por él, a las tierras del interior, procedían de la Liguria. Como bien lo escribe, el autor Manuel Suárez, eso "..demuestra que eran andariegos los lígures". Como dato curioso anotamos que, en estos primeros años el siglo XXI, descendientes de los lígures viven en Tacna. (Canepa, Chiarella, Bacigalupo, Cuneo, Schiapacassi, Giglio, Parodi, Gambetta, Cavagnaro, Banchero, Bollo, Pollarolo, Vaccari, Vaccaro, Verdechia, Rochetti, etc.)

El alumno Jorge Boccanegra, incentivado por su maestro, Vicente Dagnino, registra en su crónica RENCILLAS DE ANTAÑO las discusiones y peleas que se sucedían entre el Corregidor y los Oficiales Reales.

Eran dos los Oficiales Reales. Uno ejercía el cargo de Tesorero y el otro de Contador. Ellos subían primero a los navíos y revisaban la mercadería que éstos transportaban a bordo teniendo la responsabilidad de cuidar los caudales de Su Majestad. 

Pareciera que, algunas veces, los Oficiales Reales eran muy celosos en su trabajo o, tal vez, los Corregidores pretendían abusar de su autoridad y apropiarse, a la mala, de algún bien que era de su agrado. Lo cierto es que, más de una vez, los conflictos entre ellos llegaron a las bofetadas y a oídos de los altos funcionarios que residían en Lima, la capital del Virreynato. 

La quinta crónica, titulada LAS ENCOMIENDAS DE LA COMARCA, está firmada por Manuel Suárez y nos da noticia de que, en el siglo XVI, el Encomendero don Alonso Vargas Carbajal era el vecino más importante de Arica.

Vargas Carbajal pasó la Encomienda, en el año 1600, a Pedro de Córdova Messia quien, al morir, la legó a la Corona, excepto las tierras de Tarapacá, Loa, Ique Ique (Iquique) y los anexos que integrarían la Encomienda del Conde de Monterrey. Asimismo, por este documento, conocemos que los indios de San Pedro de Tacna pasaron a formar parte de la jurisdicción encomendada a Alonso Vásquez de Arce.

Nuevamente el joven Jorge Boccanegra nos sorprende con otra investigación que la publica bajo el título EL POLVORÍN DE ARICA y que es una muestra de cómo la burocracia enreda y retarda las obras.

Arica recibía pólvora no solamente para su defensa sino que también a ella llegaba la que era remitida en tránsito hacia el Alto Perú. La pólvora se guardaba en botijas de barro, de sesenta libras, tapadas con yeso. Los funcionarios reales, residentes en la Ciudad de los Reyes, conocían esta situación y, constantemente, cuando presentían el ataque de los corsarios mandaban traer pólvora a Arica.

En octubre de 1608 el Virrey Marqués de Montesclaros ordenó al Corregidor de Arica, Pedro del Peso y de Vera, construir dos hornos para guardar la pólvora a un costo que no excediese los 430 pesos de a ocho reales. En 1614 había suficiente pólvora en Arica, para volar el puerto, y aun no se construían los hornos. Provisionalmente se guardaba, el peligroso producto, en el solar del Capitán Juan González Morago mientras las autoridades seguían discutiendo cual sería el mejor lugar para construir el polvorín.

Por fin, el 23 de marzo de 1615, el Corregidor contrató al maestro de albañilería, Esteban de Goycoechea, para que construya los hornos ordenados en 1608. Goycoechea pidió mil trescientos pesos. Las autoridades regatearon el precio que se fijó en setecientos pesos que se obtendrían de los almojarifazgos. La obra se concluyó en junio y fue destruida por el terremoto del 16 de setiembre de 1615. "El maestro Goycoechea le había echado poca cal a la argamasa"...

CRÓNICAS ARIQUEÑAS ( III PARTE)

Arica ha sido destruida varias veces, a lo largo de su historia, por terremotos y maremotos. Uno de los primeros, del que se tiene conocimiento, es el que ocurrió el 24 de noviembre de 1604 y que echó por tierra las débiles construcciones del naciente puerto.

Lo que más preocupaba al Corregidor, Ordoño de Aguirre y a los Oficiales Reales, Alonso García Villamil, Tesorero, y Simón de Basauri, Contador, era la destrucción de las fortificaciones defensivas y la desaparición de las armas y demás pertrechos. Se entiende su preocupación puesto que la amenaza de ser atacados por los corsarios era permanente.

El estudiante Juan Arce Arnao, en su crónica LA RUINA DE 1604 resume la relación que las autoridades ariqueñas redactaron, el 5 de diciembre, once días después del movimiento telúrico. En esa relación describe como el mar se había llevado la artillería, mosquetería y las municiones. Lo poco que se pudo rescatar se guardó en el solar de don Alonso de Vargas Carbajal.

Para la tarea de recoger lo que pudiera ser útil y levantar precarias construcciones, se contrató, como era costumbre, a los indios de Tacna. Por los peligros a los que se exponían los puertos peruanos, y el de Arica en especial, decían que "conviene estén aderezados los mosquetes i arcabuces para que si hubiese alguna ocasión de enemigos hallemos con qué se pueda defender este puerto, lo cual se haga luego, atento a que es verano i el tiempo en que suelen entrar en esta mar", los corsarios.

Entonces, como ahora, los tesoros ocultos, por los antiguos peruanos, eran muy codiciados. Por ello, una ordenanza real obligaba que para explorar una huaca debería pedirse permiso a los Oficiales Reales. En Arica el primer permiso expedido data de 1607. El liceano Jorge Boccanegra tuvo en sus manos un permiso del 27 de mayo de 1630, que el vecino de Arica Manuel Sánchez Durán, hacendado del valle de Lluta, obtiene para explorar una huaca en el huaico de Socoroma. Se le concedió el permiso para que la abriera, en presencia del Teniente de Corregidor de los Altos de Socoroma, Pedro de la Elguera utilizando dos negros y cuatro indios. En el permiso se detallaba claramente que "... lo que se halle, de cualquier calidad que sea se traerá a la casa de la contratación de esta ciudad, de Arica, para que se distribuya conforme a las reales ordenanzas".

Arica era el segundo puerto de importancia en la costa peruana, después del Callao. Por ello estaba autorizado para que en él se examinen a los postulantes a pilotos de las naves que tenían por destino a los puertos del Callao y Panamá.

Según lo registra Juan Arce Arnao, en su crónica LA NÁUTICA EN ARICA, el primer examen que se tomó fue en 1620. El examinado fue Luis de San Martín, Contramaestre del galeón San Joseph, de la Real Armada de Su Majestad. San Martín era natural de San Lúcar de Barrameda. Presidió el jurado calificador don Pedro Vernal Sermeño, Piloto Mayor de la Real Armada.

San Martín tenía la carta de marear, el astrolabio y demás instrumentos. Contestó las preguntas y usó los aparejos con suma destreza. Fue aprobado luego de un trámite curioso que consistía en votar con habas blancas y prietas. Dice el documento firmado por los examinadores "... secretamente cada uno de los dichos pilotos mayores, i cosmógrafo y pilotos, metieron la mano debajo de un sombrero que estaba sobre un bufete, i levantando se hallaron seis habas blancas que fueron seis votos iguales i conformes de los dichos pilotos mayores i cosmógrafo i de los otros dos pilotos, cada uno el suyo, con lo cual quedó aprobado i admitido a piloto examinado el susodicho".

Luis de San Martín, después de pasar con éxito el examen, recibió el título que lo facultaba a "... llevar i traer cualesquiera naos de unos i otros puertos de todas las dichas partes de esta Mar del Sur, sin incurrir por ello en pena alguna".

El largo brazo de España llegaba a todos los confines de las colonias. La prueba de ello es que el Duque de Olivares, favorito de Felipe IV (1621-1665) despilfarrador y botarate pedía dinero y sus pedidos llegaron hasta Arica. El Virrey Diego Fernández de Córdova era el encargado de pedir los "donativos". En esa ocasión se inscribieron el Gobernador de Sama, Payo Salgado; el capitán Toribio de Castañón, residente en Locumba; Juan de Monroy, de Arica; Francisco Martinez Palomino, de Tacna y hasta Pedro Ruiz Botijero, de Moquegua, que no pertenecía a la circunscripción ariqueña.

Las mujeres de Tarapacá eran reacias a contribuir con la corona. Los Oficiales Reales, encargados de cobrar los tributos, desde Arica, les enviaron misivas en las que, entre otras cosas, para ablandarles el bolsillo, les decían: " No es justo que mujeres principales muestren flaqueza de ánimo".

El Corregidor de Arica contribuyó con 600 pesos. A los demás, que se comprometieron, pero que les fue difícil cumplir con la palabra empeñada, no cesaron los Oficiales Reales de enviarles emisarios para que cumplan con lo prometido.

Arica, como lo anota Manuel Suárez, en su crónica ARICA Y EL CONDE DUQUE DE OLIVARES no escapó a la avidez del malhadado y despilfarrador favorito del Rey...

CRÓNICAS ARIQUEÑAS (FINAL)

El joven Teodoro Blanlot escribe una crónica titulada LAS MINAS DE TACNA Y DE TIGNÁMAR basada en el documento que, el 28 de febrero de 1618, los Oficiales Reales envían al Virrey para informarle que el soldado Gaspar de Cuenca les ha relatado sobre la existencia de una mina, en "los cerros de Tacora", y en otro informe, redactado en 1626, en el que dan cuenta de unas minas ubicadas en Tignámar, aldea situada a 140 kilómetros al este del puerto de Arica, en la jurisdicción de Codpa. 

En aquellos años, últimos del siglo XVI y primeros del siglo XVII, el azogue que se empleaba en las minas de Arequipa, Moquegua, Tacna, Potosí, Oruro y La Paz, era desembarcado en el puerto de Arica. En los barcos, en los que se le transportaba, también se embarcaba mercadería europea. Y, desde aquí, hacia el Viejo Continente, navegaban las naves transportando el correspondiente quinto real. La primera remesa de plata, consistente en 1,314 barras, por un valor de 80,564 pesos, fue embarcada rumbo al puerto del Callao, en el galeón San Francisco, capitaneado por Pedro Alvarez de Pulgar, el 15 de abril de 1593.

Estos datos, que forman parte de la crónica QUINCE AÑOS DE AZOGUE Y VEINTITRÉS DE PLATA, firmada por Antonio Pomareda Galvez, nos noticia de que los arrieros empleaban de Arica a Potosí 36 días; 26 días de Arica a Oruro y 25 días hasta la ciudad de La Paz.

En los puertos se vivía en constante zozobra ante la inopinada presencia de los corsarios y piratas. En su trabajo, FALSA ALARMA, el estudiante Jorge Boccanegra narra como el un indio araucano, ladino, prisionero en Lebu, había declarado que cuatro navíos, a bordo de los cuales iba mucha gente, navegaba por las costas del sur. La noticia, que corrió como un reguero de pólvora, llegó hasta el puerto de Arica. Esto ocurría en los primeros meses de 1614. 

El Corregidor Portocarrero tomó las previsiones del caso para defensa del puerto sin dejar de informar al Virrey. Pasaron los días y nunca ocurrió nada. El indio se había burlado de sus captores. Sin embargo, no fue en vano el trabajo realizado pues sirvió para que, en julio de 1615, los ariqueños se defendieran del ataque del corsario Spilberg.

Por las investigaciones de Juan Arce Arnao, descritas en su crónica UNA PROVISIÓN IMPUGNADA sabemos que los cargos burocráticos eran muy codiciados. En este texto nos enteramos de las disputas que sostuvieron Martín de Arroyo y Jerónimo de Torres, para ser nombrados Corregidores de Arica. Esa disputa llegó hasta el Protector General de Naturales, que tenía su sede en Lima. De este funcionario dependían los nombramientos. En la ambición por ocupar los puestos públicos poco se ha cambiado en la actualidad. Baste observar como, apenas asume un nuevo gobierno, los candidatos "a lo que sea" suman miles.

Cierra el libro CRÓNICAS ARIQUEÑAS, el trabajo titulado EL TEMIDO L´HERMITE, escrito por Oscar Cáceres. Se refiere, nada menos, que al famoso corsario Jacobo L´Hermite, comandante de la flota holandesa conformada por 11 naves, 294 cañones, 1,039 tripulantes y 660 soldados.

El Virrey Diego Fernández de Córdova dictó normas precisas para la defensa de los puertos mayores. Los puso en alerta máxima, como se dice hoy. En Arica no solamente se fortificó el puerto, se redobló la vigilancia, las 24 horas del día, sino que, además, se escondieron los objetos de valor mientras que se enviaba, a la vecina Tacna, dos mil pesos de la Caja Real, joyas, escrituras y otros papeles importantes.

El corsario holandés hizo una escala en la Isla de Juan Fernández y pasó, por alta mar, rumbo al puerto del Callao, sin tocar la playa ariqueña. Al llegar al Callao fue repelido por las fuerzas del Virrey. Atacado por fiebres, murió, de muerte natural, el 2 de junio. Sus restos se encuentran enterrados en la Isla San Lorenzo, frente al Callao.

Ha sido un placer leer las CRÓNICAS ARIQUEÑAS escritas por los jóvenes del Liceo de Tacna. Todos ellos nacidos en los últimos años del siglo XIX. ¿Qué habría sido de ellos en la vida? ¿Qué carrera habrían seguido Juan Arce Arnao, Jorge Boccanegra, Teodoro Blandot, Oscar Cáceres, Antonio Pomareda Gálvez y Manuel Suárez? ¿Cuántos de ellos eran peruanos y cuántos chilenos? ¿Se comunicarían entre ellos más tarde? ¿Alguno se inclinaría por el estudio de la historia siguiendo el ejemplo de su buen maestro Dagnino? Misterio. 

Personalmente puedo dar fe de Juan Arce Arnao. Él se dedicó a la política. Se inscribió en la Alianza Popular Revolucionaria Americana, APRA, partido fundado por el ilustre político peruano Víctor Raúl Haya de la Torre. Arce Arnao fue elegido Senador por Tacna, en el año 1945. Redactó, con sus compañeros de bancada, la Ley Tacna, a favor de su Departamento. Murió en pleno ejercicio parlamentario.

Ojalá los profesores de hoy, aspirantes al grande título de Maestro, sigan el ejemplo de Vicente Dagnino Olivari, un ilustre chileno que alentaba vocaciones e investigaciones que no se circunscribían a la fácil copia de los textos sino a hurgar en el legado valioso del pasado de esta grande patria americana.


Freddy Gambetta
Tacna,PERÚ. 
2001-11-06

liberatiarts
www.peruanita.it