por Fredy Gambetta.
Un nostálgico relato de la ciudad de Arica de antaño.
Cuando era niño la sola noticia de saber que iríamos en el verano a
Arica, era una fiesta. El viaje lo preparábamos con anticipación. Se
viajaba a través de una carretera firme e interminable. Imaginar ver
el mar y bañarnos en La Lisera era la recompensa mayor.
Existía la posibilidad de viajar en los ómnibus de Ortiz; con
Sánchez, chofer gordo, de grandes ojos, bigotón y risueño, o con el
señor Vega, curiosamente parecido al anterior, no solamente por el
físico sino por lo buena gente.
Los puestos aduaneros, en Hospicio y Chacalluta, eran pequeños,
atendidos apenas por dos o tres aduaneros y Guardias Civiles, en el
Perú y Carabineros, en Chile.
Sentíamos una emoción indescriptible al divisar el Morro, a la
distancia. Las calles de Arica eran angostas y mal iluminadas por la
noche. Nos alojábamos en una residencial, en la céntrica calle 21 de
Mayo. Creo que se llamaba América.
El pequeño mercado era motivo de nuestra curiosidad, pese a que era
un edificio común a la mayoría de los que conocíamos en los puertos
peruanos. Almorzábamos en una pensión ubicada en Sotomayor. Al lado
de aquella pensión, que tenía sus mesas cubiertas, con manteles de
hule y vistosas botellas con agua, estaba el gran almacén de
Yanulaque, un viejecito más bueno que las hallullas chilenas, que no
he vuelto más a regalar a mi paladar.
Una de nuestras primeras visitas era a la señorita Luisa Wilson,
cariñosa y discreta dama, alta, blanca, gorda, canosa, cuyo peinado
remataba en un moño, a la antigua usanza. Enseñaba inglés y piano.
Adhería, con pasión, al partido Demócrata Cristiano. Tal vez su
última campaña fue a favor del doctor Eduardo Frei Montalva. Sin
embargo, esta buena mujer, hija de un inglés, que llegó para la
construcción del ferrocarril Arica-La Paz, vivió y murió pobre. Era
tan grande, como lo fue su corazón que al final le jugó una mala
pasada.
También llamaba mi atención, de niño curioso, la tienda de Jovac, en
la que atendía un yugoslavo alto, que no tenía, como todos, dos
fosas nasales, sino una, solamente una.
Por la mañana, en la tranquila ciudad, los canillitas voceaban el
diario Concordia y las loterías, especialmente la de Concepción, o
las revistas Zigzag y Ercilla. En las tardes tomábamos el té en el
Rex, también ubicado en 21 de Mayo, la calle del comercio ariqueño.
Después contemplábamos el crepúsculo, los bellos e inigualables
celajes ariqueños, en la Rambla, que ha desaparecido como
desapareció, del paisaje urbano, el magnífico hotel Pacífico, una
joya del paisaje urbano de Arica, que ha dejado su estampa en las
hoy viejas postales.
Desde la Rambla veía, a lo lejos, la isla El Alacrán, que fue para
mi un surtidor de misterios. Niño solitario, evocándola, antes de
dormir, en la alta pieza del hotel América, cuyo especial olor aún
lo tengo en la memoria, creaba truculentas historias de piratas y de
bucaneros.
Hoy esa isla está unida al continente y, como lo he comprobado, al
pasear por los restos de las construcciones que conserva,
efectivamente fue escenario de acciones militares de ataque y
defensa, en épocas distintas.
Al terminarse las vacaciones, el regreso me producía una honda
tristeza. Arica era, en el corazón del niño que fui, la otra casa
que teníamos junto al mar.