La celebración de las fiestas navideñas ha
ido cambiando con el correr de los años. Si nuestro tradicionista Ricardo
Palma ya comentaba que las navidades de antes eran diferentes, nosotros,
después de muchísimos años, podremos decir lo mismo de las navidades que
pasaron nuestros padres, abuelos, bisabuelos y demás generaciones antiguas.
Los nacimientos, por ejemplo, ya no son lo mismo.
Se cuenta que antiguamente tanto casas como iglesias se esmeraban por
mostrar, cada uno, un nacimiento que era la admiración de todos, al cual la
gente acudía a bendecir y adorar después de la Misa de Gallo que se realizaba
en las iglesias a la medianoche. Las celebraciones por la navidad terminaban
el 6 de enero con la Bajada de Reyes, donde incluso hasta se organizaban
fiestas especiales para realizar la ceremonia de Bajada de Reyes.
Hoy en día, muchas de las iglesias organizan su Misa de Gallo a cualquier
hora y ya, casi, ha desaparecido esa ceremonia especial de la Bajada de Reyes
que organizaba cada hogar para guardar el nacimiento hasta la próxima navidad.
Es por ello que recurriendo al relato de unas fiestas navideñas de inicios
del siglo XX, narrado por ese gran cronista que tuvo el diario El Comercio,
Eudocio Carrera Vergara, es que les hago llegar una historia vivida por esos
chicos "terribles" que integraban la famosa "Palizada".
Ya anteriormente, en varias ocasiones, he nombrado a la famosa "Peña Horadada"
o "Piedra del Diablo" como también la conocen los barrioaltinos. La
celebración ésta se realizó en una de las casas de la Calle Peña Horadada que,
para que estén mejor orientados y se puedan imaginar mejor los
acontecimientos, les recordaré que la "Peña Horadada" está localizada en la
esquina de los Jirones Junín y Cangallo en los Barrios Altos. Como
antiguamente cada calle o cuadra de Lima tenía una denominación individual,
la Calle Peña Horadada está en el Jr. Junín entre el Jr. Huanta (Plaza
Italia) y el Jr. Cangallo, siendo la calle de la izquierda, del Jr. Cangallo,
la famosa Calle Suspiro, lugar que aún conserva callejones que son un barrio
dentro del mismo barrio, y la de la derecha es la Calle Rastro de la
Huaquilla. Subiendo por el Jr. Junín y colindante con la Calle Peña Horadada
está la Calle del Carmen Bajo que también fue testigo de numerosas veladas y
jaranas criollas donde solían reunirse los criollos de antaño.
Para quienes no sepan, o no recuerden, el origen del hueco en la "Peña
Horadada", les cuento que Ricardo Palma en una de sus tradiciones contó que
durante la colonia el diablo estaba merodeando y haciendo sus "diabluras" en
los Barrios Altos cuando, caminando muy campante por el Jr. Junín, se
encontró con que por el Jr. Junín venía la Procesión de la Virgen del Carmen
y por el Jr. Cangallo, de la Calle Rastro de la Huaquilla (donde hoy se
encuentra la Maternidad de Lima), venía la procesión del Señor de los
Milagros. El diablo se quedó paralizado ante tamaña demostración de fe y
devoción religiosa de los limeños para sus Patrones, el Señor de los Milagros
y la Virgen del Carmen, y encontrándose parado en la esquina del Jr. Junín
con el Jr. Cangallo y no sabiendo que hacer, se da cuenta que tenía a su lado
una peña grande que nunca había podido ser removida de su sitio, así que le
hace un hueco a la peña y por allí se escapa hacia la otra calle. Una vez en
la otra calle, el diablo, aliviado, lanzó un suspiro fenomenal que todo Lima
pudo escucharlo. Desde allí las calles aquellas quedaron bautizadas, una como
la Calle Peña Horadada y la otra como la Calle Suspiro.
En la Calle Peña Horadada vivió desde finales del siglo XIX una familia muy
estimada y conocida por su alegría y predisposición a toda celebración donde
siempre había mucho canto y baile. La casa de la familia aquella tenía una
ventana grande de reja a la calle y la familia estaba compuesta por una
señora viuda y cuatro hijos, un hombre y tres mujeres, todos jóvenes pero ya
mayores de edad.
Doña Catalina, o "Catita" como también la llamaban, era una mujer cincuentona
de buenas carnes y guapetonaza por sus cuatro costados. Gran aficionada al
baile y el canto cuyo esposo había sido un militar que falleció en la Guerra
del Pacífico y que pasado el luto, religioso, decidió reanudar los
compromisos sociales en su casa donde, no se sabe como, apareció como amigo y
compadre de la familia el famoso Fernando Soria "El Cojo Soria", gran
jaranista, bohemio y criollo integrante de ese grupo llamado "La Palizada".
Gracias al Cojo Soria, los festejos en la casa de Doña Catalina fueron
alborotadores y hasta endemoniados, concurriendo todos sus amigos bohemios
entre los cuales se encontraban Pepe Ezeta y el gran pianista Palací, a quien
conocían con el apelativo de "Diablo Músico".
Un día a Doña Catalina se le dio por querer armar un nacimiento que causara
sensación y llamara la atención de todos; para lo cual decidió que el mejor
lugar era la ventana con vista a la calle. El nacimiento fue armado con tanto
gusto y perfección que cuando fue expuesto al público, la casa se llenó de
gente. Conforme pasaron los años el nacimiento de la Calle Peña Horadada
alcanzó tal auge que, durante las dos semanas de su duración, no se hablaba
de otra cosa en Lima; lo mismo que de las grandes fiestas que se armaban en
la casa aquella por tal motivo.
Eran los inicios del siglo XX y el luto ya estaba hecho trizas de tanta
fiesta, pero era navidad y después de acudir a la Misa de Gallo en la Iglesia
del Carmen, todo el vecindario de los Barrios Altos acudió a ver el
nacimiento de Doña Catalina que era de lo bueno lo mejor. Se quemaron sartas
de cohetes y a los niños que cantaron villancicos se les regaló galletas y
caramelos; y para los que estaban adentro hubo bocaditos. ¿Después? ¡Ni qué
decirlo!
Se brindó y una vez calentado el cuerpo, el terreno ya estaba preparado para
el bailongo de cajón con cuadrillas, valses, polcas, mazurcas y marineras
hasta que el astro rey asomó por sus balcones. Para recibir el Año Nuevo hubo
otra amanecida igualita y al día siguiente ya se empezaba con los
preparativos para la Bajada de Reyes del 6 de enero.
¡María Santísima! Esto si que era monstruoso. ¡Qué manera de prepararse la de
esta santa familia! Todo lo quería y todo parecíale poco. Los seis días que
faltaban eran escasos para ejecutar el programa ya trazado. Doña Catalina,
eximia culinaria, tenía ya pensado los platos que debían prepararse y sus
hijas se encargaban del arreglo del salón y limpieza de la vajilla. La música
correría por parte de los amigos, y Soria, que ya habíalo previsto, dijo: "Eso
es de mi cuenta, comadrita, y confíe en que la Banda que voy a traer hará
hasta bailar solitas a todas las figuras del Misterio por más santas que
parezcan, y mucho me temo que no se queden atrás San José y la Virgen".
Faltaban dos días para la celebración y Doña Catalina comentaba que solamente
haría tamales, butifarras, mazamorra morada y chicha porque no daba para más:
"Y aunque quisiera halagar mejor a mis amistades, me da pena no poder hacerlo,
porque si bien, voluntad me sobra, las fuerzas me faltan, creánmelo. La
Pascua y el Año Nuevo me han dejado deshecha, y pienso que esta será la
última Bajada de mi vida. Me siento cansada y como si me estuviera entrando
la vejez a la deveras. ¡Alabado sea Dios!". El Cojo Soria que atento la
escuchaba le replicó: "¡Que vejez es esa, comadrita! ¡Si estamos todavía en
lo mejor de la vida, en la edad que todo se hace más a conciencia, hasta el
amor!"... "¿Qué es eso de conciencia, compadrito, quiere Ud. explicármelo?",
preguntaba la viuda, con cierta dulzura. "Ya se lo diré a Ud. a solas,
-respondía el compadre, sin cojear- y cuando no nos oigan las muchachas! (¡hum!);
mientras tanto, siga Ud. con sus tamales y mazamorra, sin pensar en lo que
falta, que eso corre también de mi cuenta. Por lo pronto le diré que he
mandado preparar donde el piurano Chunga una olla de arroz con pato a la moda
de su tierra para 30 personas y vendrán de donde Quintana dos barrilitos de
vino y uno de aguardiente ¿alcanzará?". Doña Catalina era experta en hacer
aumentar la comida con lo que ella agregaba, dándole, de paso, su toque
final.
Y llegó el anhelado 6 de enero, la Pascua de Reyes que cayó en día sábado.
Gran laberinto en la casa, desde las primeras horas. Varios amigos acudieron
a hacer el mercado y cargar la canasta grande con todos los ingredientes para
la comida. En la casa se sirvió el desayuno y, de pronto, apareció por ahí
una botella. Trago va y trago viene, se comenzó a colocar la primera piedra
de lo que podría llamarse monumento báquico-santorum, que se estaba
levantando, llegando el avance a tal punto que si Doña Catalina no esconde
las botellas que habían quedado de la víspera, se seguía de frente y quizás
se pasaba más allá de los cimientos. Así fue la furia del empuje que duró
hasta las 3 de la tarde, hora del almuerzo, y después una siesta hasta las 6
de la tarde.
Con el diente a medio picar, se salió en busca de otros aires y hasta el
Estrasburgo no se paró. A golpe de 9 de la noche se preparó el retorno a la
Peña Horadada con Pepe Ezeta y otros criollos más que no se perdían una
fiesta en la casa de Doña Catalina.
La llegada a la casa fue de "agárrate y no te muevas". Ya estaban allí los de
la Banda y el pianista Mateíto Sánchez, quien para esa noche había sido
especialmente contratado por la familia. La viuda, en cuanto vio entrar a
Pepe, elegantemente uniformado y con foete, y de quien había oído contar
muchas cositas todas pícaras y amorosas, parece que se acordó de su esposo, y
a poco exclamó un tanto alborotada y entre dientes: "¡Ah, yo tengo que bailar
una marinera con este hombre, más que me coma". A eso de las 12 ya se habían
despedido los invitados de etiqueta y los curiosos que invadían el patio, ya
sólo con la familia y los de confianza, fueron cerradas las puertas de calle
para dar comienzo a la solemne y pintoresca ceremonia de la Bajada que, como
saben los entendidos, consiste en coger a Sus Majestades del cerro por donde
caminan e irlos poniendo de uno en uno y en hilera frente al pesebre sagrado
para que adoren al Hijo de Dios. Cada figura tenía sus padrinos que eran los
que la bajaban y dejaban su limosna en un plato.
Pepe Ezeta y el Cojo Soria ya habían hecho templar sus guitarras a los de la
Banda, y a la voz de aura surgió la jarana como un coro de ángeles bajado del
cielo, para que con sus sones, hicieran que todos los presentes, a la voz de
"los tres reyes de oriente, chicha, vino y aguardiente", saludaran también,
al igual que éstos, al que llegó a ser Redentor del Mundo.
En la sala, Pepe invitó a Doña Catalina a un baile y la guapa viuda que, sin
dudarlo, no quería otra cosa, salió a los medios en actitud combativa. Ya es
sabido como bailaba el gran Pepe Ezeta, ese que fue Rector de la Universidad
limeña jaranera. Ante una de las embestidas dominadoras del maestro, la
alegre viuda tuvo que soltarse y hacer filigranas con los pies, y una
moviditas de algo de lo más arriba de éstos, a fin de no dejarse y poder
salir ilesa del entrevero alevoso y jaranístico, que amenazábala, y ¡cómo
sería la cosa! que Rosita, una de las hijas de la viuda, no pudo menos que
exclamar: "¡Que te está viendo el Niño Dios, mamacita!"; contestándole ésta,
en medio de su sofoco y sin perder el meneo endemoniado de la fuga: "Deja,
hija, defenderme de este gallo, que militar tenía que ser como el bandido de
tu padre". Entre los bailadores hubo al final piropos recíprocos hasta con
sus torciditas de ojos (no los vió el compadre, felizmente); siendo necesario
hasta chicha morada refrescante para bajar el termómetro, subido al 40 en
esos momentos de puro gozo y ardor inigualados.
La jarana continuó y dieron las 8 de la mañana y nadie se movía de sus
asientos, lo que obligó a la dueña a servir el desayuno. Luego de un desayuno
reparador, se continuó la nueva batalla que, al paso que se iba, amenazaba
ser todo un hasta el último cartucho. Y así ocurrió por la gracia de Dios
Padre Todopoderoso. ¡Qué furia y qué aguante, Dios de los ejércitos! No le
tenían miedo ni al juicio final. ¡Naturalmente! ¡Si veían delante de ellos
una divinidad tan hermosa y celestial cual debió ser la de Jesucristo recién
nacido!...
¡Qué tales Fiestas Navideñas las de antaño!. Como dice Laureano Martinez
Smart en su vals "Lima de Antaño": "...Lima de antaño si no quieren
recordarte / tierra querida yo siempre te cantaré".
Relato extraído del libro "La Lima Criolla de 1900" de
Eudocio Carrera Vergara, edición corregida y aumentada, Lima 1954.
Dario Mejia
Melbourne, Australia
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