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Hace unos días, en una demostración
de abuso, matonería y salvajismo, que ha merecido el repudio general de la
población peruana, un congresista de la República del Perú asesinó a balazos a
un indefenso perro de raza pequeña. Si muy bien, las leyes peruanas, y la
inmunidad parlamentaria, lo salvan de recibir un castigo ejemplar, dicho acto de
salvajismo debe alertar a la población para que sepa elegir a sus representantes
porque hoy puede ser un perro pero mañana más tarde pueda ser que sea un ser
humano el blanco de las balas de algún energúmeno que después camine libre por
las calles como si nada hubiese pasado. De haber ocurrido ello en un país
desarrollado, no sólo lo hubiesen expulsado del congreso sino que ya estaría
purgando condena en la cárcel por crueldad hacia los animales.
Mal llamado "mataperro", todo junto, cuando debió señalársele como "mata perro",
no creo que el congresista aquel haya sido un verdadero "mataperro", durante su
niñez, adolescencia o juventud, ya que los mataperros no eran abusivos, habiendo
llegado a formar parte de los personajes que identificaban a la Lima de hace
muchos años.
El mataperro era el niño o adolescente callejero, ingenioso, pícaro, travieso,
vivo y siempre listo para enfrascarse en una pelea, ya sea defendiendo algo
justo o tan sólo para que no le tilden de cobarde; de otro modo se convertía en
el blanco de las bromas de los muchachos del barrio o del colegio. Pero,
abusivo, no lo era.
Si pudiésemos ver, como en una película, la vida de tantos profesionales u otros
personajes de cuando eran niños, nos sorprenderíamos de ver como esa persona
calmada, sensata y educada fue en un tiempo un dolor de cabeza, tanto para su
familia como para su barrio o colegio, por lo mataperro que era.
Según el poeta José Gálvez, que también fue un mataperro, el mataperro de antaño
no sólo estaba dispuesto a temerarias travesuras, sino también a verdaderas
hazañas, habiendo sido mataperros los primeros imberbes que se alistaron en las
filas de los patriotas, peleando en la guerra de la Independencia y en la del
Pacífico. Es que el afán aventurero del mataperro, sumado al amor por la patria
y a luchar por lo que consideraba justo, hizo que muchos de ellos dejaran su
vida en el campo de batalla defendiendo el honor propio y el de la patria.
Dependiendo del barrio y el colegio, algunos eran más mataperros que otros.
Recuerdo que cuando estaba en la primaria, por estudiar en un colegio religioso,
era tranquilo dentro del colegio pero fuera del colegio era muy callejero y
travieso. Las malas lenguas de mi antiguo barrio, y las buenas también, solían
decir que yo era un mataperro... sus razones habrán tenido para decirlo.
La secundaria si que era un verdadero reto para los mataperros porque allí se
encontraban con mataperros de otros barrios y si no había entendimiento o
amistad, las peleas a la salida del colegio abundaban. Ello era una especie de
espectáculo gratuito para los demás escolares ya que los protagonistas de la
pelea acordaban un punto donde encontrarse a la salida del colegio y al llegar
la hora indicada una cantidad grande de escolares marchaba hacia el lugar donde
se iba a desarrollar la pelea y formando un círculo dibujaba el "ring" para los
combatientes. Nadie lanzaba un golpe antes de llegar al lugar elegido para la
pelea, y ello era una especie de pacto de caballeros.
¿Qué mataperro no se habrá hecho la vaca?... No entrar al colegio para irse a
otro lado con los compañeros de clase lo ha experimentado tanto el mataperro
como los que no lo eran. Recuerdo que en la secundaria, cuando un día los
profesores programaron hacer huelga, todo mi salón de clase, incluido los más
tranquilos, decidió "apoyar" la huelga así que no entramos al colegio y nos
fuimos, todos, a las afueras del Estadio Nacional a jugar fulbito. Ese lugar
paraba lleno de "vaqueros" y "vaqueras", aunque a las "vaqueras" les gustaba más
ir a la playa así que, a veces, nos íbamos para allá en busca de aventura.
Hacerse la vaca era una verdadera mataperrada así que el mataperro no podía
dejar mal su nombre... es lo que uno pensaba por ese tiempo.
Mi carácter de mataperro hizo que me viera envuelto en muchas peleas durante la
secundaria por lo que, al primer año, casi me expulsan por mala conducta.
Felizmente, mi profesor de matemática habló en mi defensa porque deseaba que
participe en un concurso de matemática representando a mi salón de clase, así
que la matemática, que siempre ha estado y está de mi lado, me mantuvo en el
colegio. Claro que tuve que mejorar mi conducta y en los siguientes años ya no
tuve problemas de conducta en el colegio.
Los mataperros teníamos una manera característica de llamarnos para salir a
mataperrear, y era a través del silbido. Cada barrio tenía un silbido que era
usado por los mataperros para hacer notar su presencia y avisar a los demás que
era hora de jugar, ir al cine o, simplemente, conversar con los amigos.
En mi antiguo barrio, el Tigre, nos llamábamos con un silbido que nuestros
padres ya conocían porque cuando lo escuchaban, antes que uno haya puesto el pie
en la puerta, ya nos advertían de que no lleguemos tarde a casa. Con ese silbido
pasábamos la voz a los demás muchachos y no necesitábamos tocar sus puertas ni
llamarlos por sus nombres o "chapas" porque todos reconocían el silbido aquel.
Mis hermanos también eran medio mataperros y como todo mataperro gustaban de
hacer muchas bromas sacando a flote el ingenio y picardía de las cuales gozaban.
En la quinta de los Barrios Altos donde nací, mis padres tenían un cuarto al
fondo de la quinta donde dormíamos los cuatro hermanos hombres.
Desde que tuve uso de razón conocí a ese cuarto con el sobrenombre de "La
Venganza". Nunca nadie pudo saber el origen de ese sobrenombre, pero "La
Venganza" era lo más conocido y nombrado de mi antiguo barrio. Un cuarto
exclusivo de cuatro muchachos llamaba la atención en mi antiguo barrio pobre,
aparte que mis hermanos se encargaban de tejer y crear cuentos y leyendas en
torno a nuestro cuarto que todo aquel que llegaba a poner un pie dentro de
nuestro cuarto, pues se sentía como más importante o como si hubiese puesto un
pie en la luna.
Las chicas de nuestro barrio escuchaban entusiasmadas las historias que mis
hermanos contaban sobre "La Venganza", y mis amigos, junto a mis hermanas, se
encargaban de realzar más esas historias despertando aún más el deseo y
entusiasmo en las chicas por conocer la famosa Venganza. "La Venganza es dulce",
al menos nuestro cuarto era el único tipo de venganza que si era dulce, es lo
que mis hermanos siempre decían (yo soy el benjamín de la familia y por ello
inocente de culpa o travesura).
En su afán de hacer más interesante su mataperreada, mis hermanos crearon una
especie de requisitos que tenía que cumplir cualquier chica que deseaba conocer
"La Venganza", siendo muchas las que se morían por cumplir los requisitos y
poner un pie en el dichoso cuarto. Pero hasta donde yo sé, dentro de mi
inocencia, ninguna chica (aparte de mis hermanas) puso un pie en ese cuarto
mientras nosotros vivimos allí... es lo que mis hermanos le dijeron al confesor
de la Iglesia San Pedro, aunque no sé por qué los retuvo rezando hasta la
medianoche.
Muchas de nuestras glorias del criollismo fueron mataperros. Recuerdo haber
leído que Oscar Avilés mencionó en una oportunidad que de niño fue un mataperro.
Los de la Palizada también fueron grandes mataperros y muchas de sus
mataperradas han quedado registradas en sendas crónicas criollas. El gran
Nicomedes Santa Cruz, en una de sus décimas, dice: "(...) y por ser tan
mataperro / a cocachos aprendí". Tal vez, si no hubiese sido por el espíritu
mataperrero de muchos de ellos, nos hubiésemos perdido de muchas composiciones
hermosas que hoy disfrutamos.
El pasar de los años tergiversó el concepto del mataperro y lo que hoy en día
existe son palomillas faltosos, pandilleros y delincuentes juveniles que,
lamentablemente, ocupan constantemente la portada de los diarios de Lima.
Con el pasar de los años, cuando rememoro mis épocas de mataperro, sonrío
conmigo mismo porque quienes me conocen ahora dicen que soy demasiado tranquilo,
pacífico y que tengo mucha paciencia. Simplemente, respondo que lo que pueda ser
o conocer ahora se lo debo a que fui un mataperro que vio y vivió mucho durante
su niñez y adolescencia por lo que, en la actualidad, no me desesperan las cosas
ni el vivir algo que otros quisieran vivirlo. Pero, lo travieso no me lo ha
quitado nadie, ni el tiempo... aunque mis travesuras son sanas y gustan, es lo
que me han dicho.
Dario Mejia
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