Los mataperros
de Dario Mejia  Melbourne, Australia

Hace unos días, en una demostración de abuso, matonería y salvajismo, que ha merecido el repudio general de la población peruana, un congresista de la República del Perú asesinó a balazos a un indefenso perro de raza pequeña. Si muy bien, las leyes peruanas, y la inmunidad parlamentaria, lo salvan de recibir un castigo ejemplar, dicho acto de salvajismo debe alertar a la población para que sepa elegir a sus representantes porque hoy puede ser un perro pero mañana más tarde pueda ser que sea un ser humano el blanco de las balas de algún energúmeno que después camine libre por las calles como si nada hubiese pasado. De haber ocurrido ello en un país desarrollado, no sólo lo hubiesen expulsado del congreso sino que ya estaría purgando condena en la cárcel por crueldad hacia los animales.

Mal llamado "mataperro", todo junto, cuando debió señalársele como "mata perro", no creo que el congresista aquel haya sido un verdadero "mataperro", durante su niñez, adolescencia o juventud, ya que los mataperros no eran abusivos, habiendo llegado a formar parte de los personajes que identificaban a la Lima de hace muchos años.

El mataperro era el niño o adolescente callejero, ingenioso, pícaro, travieso, vivo y siempre listo para enfrascarse en una pelea, ya sea defendiendo algo justo o tan sólo para que no le tilden de cobarde; de otro modo se convertía en el blanco de las bromas de los muchachos del barrio o del colegio. Pero, abusivo, no lo era.

Si pudiésemos ver, como en una película, la vida de tantos profesionales u otros personajes de cuando eran niños, nos sorprenderíamos de ver como esa persona calmada, sensata y educada fue en un tiempo un dolor de cabeza, tanto para su familia como para su barrio o colegio, por lo mataperro que era.

Según el poeta José Gálvez, que también fue un mataperro, el mataperro de antaño no sólo estaba dispuesto a temerarias travesuras, sino también a verdaderas hazañas, habiendo sido mataperros los primeros imberbes que se alistaron en las filas de los patriotas, peleando en la guerra de la Independencia y en la del Pacífico. Es que el afán aventurero del mataperro, sumado al amor por la patria y a luchar por lo que consideraba justo, hizo que muchos de ellos dejaran su vida en el campo de batalla defendiendo el honor propio y el de la patria.

Dependiendo del barrio y el colegio, algunos eran más mataperros que otros. Recuerdo que cuando estaba en la primaria, por estudiar en un colegio religioso, era tranquilo dentro del colegio pero fuera del colegio era muy callejero y travieso. Las malas lenguas de mi antiguo barrio, y las buenas también, solían decir que yo era un mataperro... sus razones habrán tenido para decirlo.

La secundaria si que era un verdadero reto para los mataperros porque allí se encontraban con mataperros de otros barrios y si no había entendimiento o amistad, las peleas a la salida del colegio abundaban. Ello era una especie de espectáculo gratuito para los demás escolares ya que los protagonistas de la pelea acordaban un punto donde encontrarse a la salida del colegio y al llegar la hora indicada una cantidad grande de escolares marchaba hacia el lugar donde se iba a desarrollar la pelea y formando un círculo dibujaba el "ring" para los combatientes. Nadie lanzaba un golpe antes de llegar al lugar elegido para la pelea, y ello era una especie de pacto de caballeros.

¿Qué mataperro no se habrá hecho la vaca?... No entrar al colegio para irse a otro lado con los compañeros de clase lo ha experimentado tanto el mataperro como los que no lo eran. Recuerdo que en la secundaria, cuando un día los profesores programaron hacer huelga, todo mi salón de clase, incluido los más tranquilos, decidió "apoyar" la huelga así que no entramos al colegio y nos fuimos, todos, a las afueras del Estadio Nacional a jugar fulbito. Ese lugar paraba lleno de "vaqueros" y "vaqueras", aunque a las "vaqueras" les gustaba más ir a la playa así que, a veces, nos íbamos para allá en busca de aventura. Hacerse la vaca era una verdadera mataperrada así que el mataperro no podía dejar mal su nombre... es lo que uno pensaba por ese tiempo.

Mi carácter de mataperro hizo que me viera envuelto en muchas peleas durante la secundaria por lo que, al primer año, casi me expulsan por mala conducta. Felizmente, mi profesor de matemática habló en mi defensa porque deseaba que participe en un concurso de matemática representando a mi salón de clase, así que la matemática, que siempre ha estado y está de mi lado, me mantuvo en el colegio. Claro que tuve que mejorar mi conducta y en los siguientes años ya no tuve problemas de conducta en el colegio.

Los mataperros teníamos una manera característica de llamarnos para salir a mataperrear, y era a través del silbido. Cada barrio tenía un silbido que era usado por los mataperros para hacer notar su presencia y avisar a los demás que era hora de jugar, ir al cine o, simplemente, conversar con los amigos.

En mi antiguo barrio, el Tigre, nos llamábamos con un silbido que nuestros padres ya conocían porque cuando lo escuchaban, antes que uno haya puesto el pie en la puerta, ya nos advertían de que no lleguemos tarde a casa. Con ese silbido pasábamos la voz a los demás muchachos y no necesitábamos tocar sus puertas ni llamarlos por sus nombres o "chapas" porque todos reconocían el silbido aquel.

Mis hermanos también eran medio mataperros y como todo mataperro gustaban de hacer muchas bromas sacando a flote el ingenio y picardía de las cuales gozaban. En la quinta de los Barrios Altos donde nací, mis padres tenían un cuarto al fondo de la quinta donde dormíamos los cuatro hermanos hombres.

Desde que tuve uso de razón conocí a ese cuarto con el sobrenombre de "La Venganza". Nunca nadie pudo saber el origen de ese sobrenombre, pero "La Venganza" era lo más conocido y nombrado de mi antiguo barrio. Un cuarto exclusivo de cuatro muchachos llamaba la atención en mi antiguo barrio pobre, aparte que mis hermanos se encargaban de tejer y crear cuentos y leyendas en torno a nuestro cuarto que todo aquel que llegaba a poner un pie dentro de nuestro cuarto, pues se sentía como más importante o como si hubiese puesto un pie en la luna.

Las chicas de nuestro barrio escuchaban entusiasmadas las historias que mis hermanos contaban sobre "La Venganza", y mis amigos, junto a mis hermanas, se encargaban de realzar más esas historias despertando aún más el deseo y entusiasmo en las chicas por conocer la famosa Venganza. "La Venganza es dulce", al menos nuestro cuarto era el único tipo de venganza que si era dulce, es lo que mis hermanos siempre decían (yo soy el benjamín de la familia y por ello inocente de culpa o travesura).

En su afán de hacer más interesante su mataperreada, mis hermanos crearon una especie de requisitos que tenía que cumplir cualquier chica que deseaba conocer "La Venganza", siendo muchas las que se morían por cumplir los requisitos y poner un pie en el dichoso cuarto. Pero hasta donde yo sé, dentro de mi inocencia, ninguna chica (aparte de mis hermanas) puso un pie en ese cuarto mientras nosotros vivimos allí... es lo que mis hermanos le dijeron al confesor de la Iglesia San Pedro, aunque no sé por qué los retuvo rezando hasta la medianoche.

Muchas de nuestras glorias del criollismo fueron mataperros. Recuerdo haber leído que Oscar Avilés mencionó en una oportunidad que de niño fue un mataperro. Los de la Palizada también fueron grandes mataperros y muchas de sus mataperradas han quedado registradas en sendas crónicas criollas. El gran Nicomedes Santa Cruz, en una de sus décimas, dice: "(...) y por ser tan mataperro / a cocachos aprendí". Tal vez, si no hubiese sido por el espíritu mataperrero de muchos de ellos, nos hubiésemos perdido de muchas composiciones hermosas que hoy disfrutamos.

El pasar de los años tergiversó el concepto del mataperro y lo que hoy en día existe son palomillas faltosos, pandilleros y delincuentes juveniles que, lamentablemente, ocupan constantemente la portada de los diarios de Lima.

Con el pasar de los años, cuando rememoro mis épocas de mataperro, sonrío conmigo mismo porque quienes me conocen ahora dicen que soy demasiado tranquilo, pacífico y que tengo mucha paciencia. Simplemente, respondo que lo que pueda ser o conocer ahora se lo debo a que fui un mataperro que vio y vivió mucho durante su niñez y adolescencia por lo que, en la actualidad, no me desesperan las cosas ni el vivir algo que otros quisieran vivirlo. Pero, lo travieso no me lo ha quitado nadie, ni el tiempo... aunque mis travesuras son sanas y gustan, es lo que me han dicho.

Dario Mejia
 

PERUAN-ITÀ © Copyright 2001- 2008
No part of this site may be reproduced 
or stored in a retrieval system. 
All rights reserved