Los Mercachifles
de Dario Mejia  Melbourne, Australia



Hasta hace unos días estaba recibiendo, en forma diaria, un promedio de 200 mensajes en mi correo electrónico de gente tratando de venderme todo tipo de productos, hasta boletos de entrada al cielo. No sé si San Pedro tenga algo que ver con esto último o solamente sea la astucia de algunas personas que por ganarse unos dólares vendan hasta mentiras. Pero este tipo de mensajes se ha incrementado considerablemente ahora que ha empezado el mes de la navidad, en el que se supone la gente compra hasta piedras para regalar.

Se podría decir que dichos vendedores son una especie de mercachifles electrónicos del siglo XXI, como producto de la globalización de las telecomunicaciones y economía, que utilizan los últimos avances tecnológicos para captar clientes a como de lugar, no tocando, como antes, las puertas de las casas para ofrecer sus productos sino los correos electrónicos que la gente utiliza en forma diaria, en su mayoría.

Los mercachifles han existido en el mundo desde tiempos inmemorables. Tenemos el caso de los mercachifles que invadieron el templo de Dios con sus mercaderías y fueron desalojados de allí por Jesús, a punta de látigo. Muchos años después, los mercachifles se encontrarían esparcidos por toda Europa y los conquistadores españoles los llevarían con ellos al nuevo mundo.

El comercio siempre ha sido una de las mayores fuentes de empleo y los comerciantes españoles vieron en el nuevo mundo un mercado en potencia ya que todo era necesario en las nuevas colonias que allí se establecieron. Fue así que desde la fundación de Lima la Ciudad de los Reyes se vio tan colmada de mercachifles que los gobernantes de la colonia vieron en ellos una fuente de entrada para sus arcas.

A finales del siglo XVI, el Virrey Luis de Velasco hizo colocar una especie de cajones que tenían la finalidad de servir de puestos de venta para los mercachifles, que por ese tiempo estaban repartidos por la plaza central de la ciudad. Estos cajones se colocaron en los Portales de la Plaza Mayor y unos años después el Virrey Marqués de Montesclaros decretó que la renta de los cajones pasen a la ciudad.

Como era tan grande la cantidad de mercachifles que tenía Lima, el Virrey Príncipe de Esquilache mandó a colocar más cajones en la ribera del Palacio. Estos cajones estuvieron allí, en donde en la actualidad es la puerta central del Palacio de Gobierno, hasta el año de 1855. A los mercachifles que vendían en aquel lugar les decían "Cajoneros de Ribera", por estar los cajones en la ribera del Palacio, y de allí se desprende también el antiguo nombre que tenía la primera cuadra del Jr. Junín, que corresponde al actual Palacio de Gobierno, que se llamaba calle De la Ribera. Juan del Valle Caviedes, "El Poeta de la Ribera", fue uno de los mercachifles, o cajoneros, que regentaba uno de los cajones de dicha calle.

También desde tiempos coloniales la ciudad de Lima ya tenía una especie de Tacora donde se vendían fierros viejos. En la calle del Palacio, actual segunda cuadra del Jr. de la Unión, se colocaron cajones donde se vendía todo tipo de fierros usados. De allí que dicha calle, antes de llamarse calle del Palacio, se conoció como calle del Hierro Viejo o del Fierro Viejo y los cajones de esa calle funcionaron allí hasta inicios del siglo XIX en que el Virrey Gabriel de Avilés y del Fierro los mandó retirar. Lo que me queda la duda es si los retiró porque, por ser de venta de fierros viejos, le hacían competencia a su apellido u otro fue el motivo ya que en la ribera del Palacio los cajones funcionaron 50 años más.

Se podría decir que Lima tenía mercachifles hasta para exportar que incluso la Iglesia se puso a participar de los beneficios económicos de esa especie de "producto de bandera", por lo que aprovechando que la Catedral de Lima tenía su frente en la Plaza Mayor, en el año de 1630, bajo lo que era el cementerio de la Catedral, se construyeron 15 covachuelas o cajones para que sean ocupadas por los mercachifles.

Según los "Anales de la Catedral de Lima: 1534-1824", de José Manuel Bermúdez, la covachuelas fueron unas excavaciones hechas bajo el cementerio de la iglesia, la Catedral, separadas por muros techados de madera y cubiertas por encima de ladrillo, que tenían la finalidad de proporcionar la venta de sus mercancías a los llamados mercachifles. Pero como el comercio seguía creciendo y aquellas primeras 15 covachuelas eran muy pequeñas, en el año de 1756 se procedió a reedificarlas y extenderlas. En 1767 se construyeron seis covachuelas más y entre 1784 y 1792 se edificaron otras nueve.

Las 30 covachuelas de la Catedral de Lima funcionaron hasta el año de 1871, en que fueron demolidas para dar paso a los trabajos de remodelación de la Catedral. Si muy bien los mercachifles se vieron forzados a volver a la calle, al sacarlos de la Catedral se le hizo un favor a la ciudad ya que las covachuelas aquellas eran un atentado contra la arquitectura del principal templo de Lima. Pero las covachuelas aquellas, a pesar de ser demolidas, dejaron su recuerdo en la ciudad de Lima ya que la calle donde está ubicada la Catedral de Lima, que antiguamente se llamó Gradas de la Catedral, pasó a llamarse calle de las Covachuelas, conservando ese nombre el año de 1861, cuando se adoptó la actual nomenclatura que tienen las calles de Lima.

La figura del mercachifle empezó a cambiar en el siglo XIX y se le llamaba de esa manera a los comerciantes que con sus atadillos al hombro pregonaban por las calles su mercadería: "Coco a medio y cuartillo la vara... Damasco para manteles y servilletas... Bramante para sábanas".

Durante la primera mitad del siglo XX, el mercachifle recorría las calles con sus fardos al hombro o cargando maletas tocando las puertas de las casas para ofrecer su mercadería. En su mayoría eran judíos que se las ingeniaban para captar clientes ya que si uno le decía que no tenía dinero, por el momento, pues ellos ofrecían crédito y de esa manera se ganaban los clientes que se volvían "caseritos" permanentes ya que cuando iban a cobrarles terminaban vendiéndoles algo más.

Esa figura del mercachifle, prácticamente, ha desaparecido de Lima porque, desde hace años, muchas casas están enrejadas y la gente, así nomás, ya no le abre la puerta a un desconocido. Si muy bien ya no se le ve recorriendo las calles de Lima, el personaje aquel de nuestra Lima antigua me inspiró cuando llegué a vivir a Australia ya que durante un tiempo, mientras me abría camino en la tierra de los canguros y los koalas, me convertí en una especie de mercachifle tocando no las puertas de las casas sino de ciertos negocios a los cuales llegaba viajando en tren y cargando una mochila al hombro y una maleta con productos peruanos... pero ello es otra historia.

¡Ah!... si por alguna casualidad esta crónica termina en su correo, no se preocupen que no estoy vendiendo nada... al menos no por ahora.


Dario Mejia
Melbourne, Australia
dariomejia999@yahoo.com.au
 

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