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Hasta hace unos días estaba recibiendo, en forma diaria, un promedio de 200
mensajes en mi correo electrónico de gente tratando de venderme todo tipo de
productos, hasta boletos de entrada al cielo. No sé si San Pedro tenga algo que
ver con esto último o solamente sea la astucia de algunas personas que por
ganarse unos dólares vendan hasta mentiras. Pero este tipo de mensajes se ha
incrementado considerablemente ahora que ha empezado el mes de la navidad, en el
que se supone la gente compra hasta piedras para regalar.
Se podría decir que dichos vendedores son una especie de mercachifles
electrónicos del siglo XXI, como producto de la globalización de las
telecomunicaciones y economía, que utilizan los últimos avances tecnológicos
para captar clientes a como de lugar, no tocando, como antes, las puertas de las
casas para ofrecer sus productos sino los correos electrónicos que la gente
utiliza en forma diaria, en su mayoría.
Los mercachifles han existido en el mundo desde tiempos inmemorables. Tenemos el
caso de los mercachifles que invadieron el templo de Dios con sus mercaderías y
fueron desalojados de allí por Jesús, a punta de látigo. Muchos años después,
los mercachifles se encontrarían esparcidos por toda Europa y los conquistadores
españoles los llevarían con ellos al nuevo mundo.
El comercio siempre ha sido una de las mayores fuentes de empleo y los
comerciantes españoles vieron en el nuevo mundo un mercado en potencia ya que
todo era necesario en las nuevas colonias que allí se establecieron. Fue así que
desde la fundación de Lima la Ciudad de los Reyes se vio tan colmada de
mercachifles que los gobernantes de la colonia vieron en ellos una fuente de
entrada para sus arcas.
A finales del siglo XVI, el Virrey Luis de Velasco hizo colocar una especie de
cajones que tenían la finalidad de servir de puestos de venta para los
mercachifles, que por ese tiempo estaban repartidos por la plaza central de la
ciudad. Estos cajones se colocaron en los Portales de la Plaza Mayor y unos años
después el Virrey Marqués de Montesclaros decretó que la renta de los cajones
pasen a la ciudad.
Como era tan grande la cantidad de mercachifles que tenía Lima, el Virrey
Príncipe de Esquilache mandó a colocar más cajones en la ribera del Palacio.
Estos cajones estuvieron allí, en donde en la actualidad es la puerta central
del Palacio de Gobierno, hasta el año de 1855. A los mercachifles que vendían en
aquel lugar les decían "Cajoneros de Ribera", por estar los cajones en la ribera
del Palacio, y de allí se desprende también el antiguo nombre que tenía la
primera cuadra del Jr. Junín, que corresponde al actual Palacio de Gobierno, que
se llamaba calle De la Ribera. Juan del Valle Caviedes, "El Poeta de la Ribera",
fue uno de los mercachifles, o cajoneros, que regentaba uno de los cajones de
dicha calle.
También desde tiempos coloniales la ciudad de Lima ya tenía una especie de
Tacora donde se vendían fierros viejos. En la calle del Palacio, actual segunda
cuadra del Jr. de la Unión, se colocaron cajones donde se vendía todo tipo de
fierros usados. De allí que dicha calle, antes de llamarse calle del Palacio, se
conoció como calle del Hierro Viejo o del Fierro Viejo y los cajones de esa
calle funcionaron allí hasta inicios del siglo XIX en que el Virrey Gabriel de
Avilés y del Fierro los mandó retirar. Lo que me queda la duda es si los retiró
porque, por ser de venta de fierros viejos, le hacían competencia a su apellido
u otro fue el motivo ya que en la ribera del Palacio los cajones funcionaron 50
años más.
Se podría decir que Lima tenía mercachifles hasta para exportar que incluso la
Iglesia se puso a participar de los beneficios económicos de esa especie de "producto
de bandera", por lo que aprovechando que la Catedral de Lima tenía su frente en
la Plaza Mayor, en el año de 1630, bajo lo que era el cementerio de la Catedral,
se construyeron 15 covachuelas o cajones para que sean ocupadas por los
mercachifles.
Según los "Anales de la Catedral de Lima: 1534-1824", de José Manuel Bermúdez,
la covachuelas fueron unas excavaciones hechas bajo el cementerio de la iglesia,
la Catedral, separadas por muros techados de madera y cubiertas por encima de
ladrillo, que tenían la finalidad de proporcionar la venta de sus mercancías a
los llamados mercachifles. Pero como el comercio seguía creciendo y aquellas
primeras 15 covachuelas eran muy pequeñas, en el año de 1756 se procedió a
reedificarlas y extenderlas. En 1767 se construyeron seis covachuelas más y
entre 1784 y 1792 se edificaron otras nueve.
Las 30 covachuelas de la Catedral de Lima funcionaron hasta el año de 1871, en
que fueron demolidas para dar paso a los trabajos de remodelación de la Catedral.
Si muy bien los mercachifles se vieron forzados a volver a la calle, al sacarlos
de la Catedral se le hizo un favor a la ciudad ya que las covachuelas aquellas
eran un atentado contra la arquitectura del principal templo de Lima. Pero las
covachuelas aquellas, a pesar de ser demolidas, dejaron su recuerdo en la ciudad
de Lima ya que la calle donde está ubicada la Catedral de Lima, que antiguamente
se llamó Gradas de la Catedral, pasó a llamarse calle de las Covachuelas,
conservando ese nombre el año de 1861, cuando se adoptó la actual nomenclatura
que tienen las calles de Lima.
La figura del mercachifle empezó a cambiar en el siglo XIX y se le llamaba de
esa manera a los comerciantes que con sus atadillos al hombro pregonaban por las
calles su mercadería: "Coco a medio y cuartillo la vara... Damasco para manteles
y servilletas... Bramante para sábanas".
Durante la primera mitad del siglo XX, el mercachifle recorría las calles con
sus fardos al hombro o cargando maletas tocando las puertas de las casas para
ofrecer su mercadería. En su mayoría eran judíos que se las ingeniaban para
captar clientes ya que si uno le decía que no tenía dinero, por el momento, pues
ellos ofrecían crédito y de esa manera se ganaban los clientes que se volvían "caseritos"
permanentes ya que cuando iban a cobrarles terminaban vendiéndoles algo más.
Esa figura del mercachifle, prácticamente, ha desaparecido de Lima porque, desde
hace años, muchas casas están enrejadas y la gente, así nomás, ya no le abre la
puerta a un desconocido. Si muy bien ya no se le ve recorriendo las calles de
Lima, el personaje aquel de nuestra Lima antigua me inspiró cuando llegué a
vivir a Australia ya que durante un tiempo, mientras me abría camino en la
tierra de los canguros y los koalas, me convertí en una especie de mercachifle
tocando no las puertas de las casas sino de ciertos negocios a los cuales
llegaba viajando en tren y cargando una mochila al hombro y una maleta con
productos peruanos... pero ello es otra historia.
¡Ah!... si por alguna casualidad esta crónica termina en su correo, no se
preocupen que no estoy vendiendo nada... al menos no por ahora.
Dario Mejia
Melbourne, Australia
dariomejia999@yahoo.com.au
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