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El origen de las palabras está rodeado de circunstancias sui géneris y anecdóticas, como el caso del de aquella que encabeza este artículo. En efecto, el Diccionario de la Real Academia señala que proviene del italiano Pasquino, nombre de una estatua en Roma, en la cual solían fijarse los libelos o escritos satíricos. Dicha figura se encuentra a unos pasos de la Plaza Navona, sobre un pedestal ubicado en el ángulo achaflanado del Palacio Braschi, última residencia de las familias papales (Pío VI) construida en la ciudad, que hospeda hoy al Museo de Roma. La estatua es un dorso mutilado, correspondiente probablemente a un grupo marmóreo que representaba a Menelao con el cuerpo de Patroclo o a Ayax con el cuerpo de Aquiles. Pertenece a la cultura griega y data del siglo III antes de Cristo. Gian Lorenzo Bernini la consideraba como una de las grandes expresiones del arte clásico. Siendo una pieza interesante desde el punto de vista arqueológico, este aspecto resulta ajeno a su fama, la cual se debe a las sátiras que el pueblo adhería con frecuencia a su pedestal, deviniendo después en diálogo con otras célebres estatuas de la ciudad, conocidas por ello como el congreso de los ingeniosos, o, más popularmente, como las estatuas parlantes.
Debe su nombre al Maestro Pasquino, un sastre jorobado del siglo XV que tenía su taller cerca del lugar donde hoy posa la imagen, a quien se temía por la mordacidad de sus juicios y su popularidad. Cuando después de su muerte fue demolida su casa, fue descubierta la estatua enterrada casi completamente, y sacada a luz. La parte que afloraba a la superficie era utilizada como limpiabarros por los clientes del sastre.
Siguiendo el ejemplo del experto de la aguja, los espíritus cáusticos utilizaron la base del mármol encontrado en su morada para fijar en ella críticas contra los abusos de autoridad y las injusticias. Y los epigramas pegados fueron identificados como pasquines. El corresponsal de Pasquino apareció después, representando en una estatua yacente del siglo I, Océano, llamada popularmente Marforio, situada primero en la Plaza Venecia, y en la actualidad en el Museo del Capitolio, en una de las plazas más bellas del mundo, el Campidoglio, debida al genio arquitectónico del "divino Michelangelo". La monumental figura debe su nombre vulgar a que en la antigüedad estaba colocada en la entrada del Foro de Marte (Martis forum).
Este coloquio entre Pasquino y Marforio fue más tarde emulado por dos estatuas. Una togada, inmortalizada como Abate Luigi, ubicada al costado de la Iglesia de Sant' Andrea della Valle, famosa por albergar la capilla en la cual se desarrolla el primer acto de la Opera Tosca. La otra, un busto femenino gigantesco que se encuentra al costado del Palacio Venecia, en la Plaza San Marcos, en el antiguo barrio de la Piña, perpetuada en la memoria como Madama Lucrecia (en la misma plaza hay una bella representación en mármol de dicha fruta).
Finalmente, completa el grupo de estatuas parlantes la de la fuente del ganapán, que simboliza un faquín cogiendo tiernamente un pequeño barril del cual sale permanentemente agua por un orificio, sita en la vía Lata, a pocos metros de la vía del Corso y de la Plaza Venecia. A diferencia de las otras, ésta representa a un personaje que realmente ha existido : Abondio Rizio. Dice la leyenda que como a buen bebedor, se le impuso como expiación de su incontinencia la pena de contentarse eternamente con agua. Otros la llaman la fuente de Lutero, expresando que el personaje representado es el fraile de la Reforma. Lo cierto es que el agua que emana de la fuente es manantial, como la de casi todas las fuentes de Roma. Su temperatura establece permite beberla muy fresca aun en la época de más alta temperatura.
La moda de los pasquines se extendió al punto que el famoso busto iniciador de este peculiar diálogo estuvo amenazado de ser arrojado al Tíber por las autoridades. Todo terminó cuando un rescripto de Benedicto XIII, en el año 1727, fijó la pena de muerte, la confiscación de bienes y la infamia del nombre, para cualquiera que difundiera libelos con el carácter de pasquines, aun cuando éstos informaran la verdad pura. La disposición draconiana puso fin al juego literario popular.
La descripción de estas estatuas constituye una invitación al turista no convencional a conocer aspectos poco difundidos a la ciudad eterna, dando rienda suelta a su imaginación.
* Artículo publicado en El Comercio el 8 de julio de 1983
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