Gli Articoli del Dr. Augusto Ferrero Costa
 ENCUENTROS CELEBRES*

Dr. Augusto Ferrero Costa

Siempre ha sido motivo de nuestra admiración el comienzo del Nuevo Testamento según San Mateo, donde la verdad revelada nos enseña el entroncamiento de la casa de David; familia elegida por Dios para acoger a Jesucristo. De Abraham a el Mesías, hay cuarentitrés generaciones en un espacio aproximado de dos mil años. Desfilan los nombres históricos de Isaac, Jacob, David y Salomón. Todos padres e hijos. Imaginémonos la tradición oral entre ellos: un sino histórico, una concepción religiosa, un comportamiento, una forma de ser.

Con un número igual de testimonios orales en el tiempo llegaríamos a tener una versión directa sobre Jesucristo, sin necesidad de escritura. Por medio de ésta, se requiere sólo un relato contemporáneo del personaje histórico para que dé fe de él. A sí se teje la historia.

Resulta sorprendente cómo un autor de este siglo puede narrar un acontecimiento de mediados del siglo pasado, en el cual uno de los actores expone un hecho de principios de la misma centuria. Se trata del caso de Edmond Michotte, un rico compositor y pianista belga que, en 1906, recopiló las notas que había tomado en 1860, cuando gestionó y acompañó a Wagner a su histórica entrevista con Rossini, describiéndola completa.

El relato es quasi-verbatim, sobre todo en lo que a Rossini se refiere, pues éste estaba acostumbrado a hablar francés, incluyendo jerga. Como a Wagner esta lengua no le era familiar, se multiplicaba en circunloquios para expresarse con precisión, habiendo algunas veces el autor resumido lo que dijo en un lenguaje más literario.

En esa época, Wagner tenía treinta y seis años. Estaba en París con la esperanza de representar su ópera Tannhäuser, que logró estrenar al año siguiente, con el conocido fracaso que causaron los socios del Jockey Club al llegar tarde como tenían costumbre y protestar por la falta de ballet, que ya se había presentado en el primer acto. Michotte frecuentaba la casa del músico teutón, en la cual se realizaban veladas musicales los días miércoles. Destacaban en ellas Hans von Bülow por las obras que ejecutaba al piano, impresionando a los oyentes por la lectura que hacía de reojo de las páginas polifónicas de las partituras, lo cual resulta complejo.

Entonces, vivía retirado en París el autor del Barbero de Sevilla. Frisaba a la sazón los sesenta y ocho años de edad y gozaba del respeto de toda la sociedad y el mundo intelectual, siendo venerado como un dios.

Michotte arregló un entrevista entre los dos colosos. Ambos fueron a visitar a Rossini a su casa, recibiendo éste a Wagner con mucha hospitalidad y simpatía. El gigante de Pésaro comenzó contando su relación con Weber, quien había sido Kapellmeister en Dresden muchos años antes que Wagner. Expresó que le causó una gran impresión cuando lo vio en París yendo a Londres, advirtiendo en su rostro y fatiga la muerte que se le avecinaba, la cual precisamente se produjo poco tiempo después en esta última ciudad. Curiosamente, Wagner había obtenido la repatriación de sus restos en 1844. Además, para la ocasión, compuso una endecha y una pieza para ochenta intrumentos de viento y veinte tambores, sobre la base de motivos de la ópera Euryanthe de Weber, pronunciando una apasionada oración fúnebre en el cementerio de Dreden.

Rossini hizo también referencias de Mendelssohn, ponderando, sobre todo, su extraordinaria capacidad para interpretar a Bach. Ambos se remiten al satanizado Salieri, del cual corría el rumor que había envenenado a Mozart, tema de inspiración de la película Amadeus. Rossini reseña que, incluso, un día se sorprendió a sí mismo diciéndole a Salieri que era una suerte para Beethoven que, por un instinto de auto preservación, evitara estar con él en comidas, porque muy bien podría mandarlo al otro mundo como lo hizo con Mozart. Salieri replicó que acaso tenía él aire de envenenador, respondiéndole Rossini que no, que lo que tenía era el aspecto de un verdadero cobarde. Wagner interrumpió la narración de Rossini para decir que el rumor que acusaba a Salieri de haber asesinado a Mozart era corriente en Viena también en su tiempo. Rossini se refiere a Salieri como un pobre diablo, aunque otra vez reconoció que todas sus óperas tenían partes excelentes. Debemos tener presente que Salieri estudió con Gluck, y que cuando estrenó su ópera Les Danaides, se pensó que la había compuesto en colaboración con él. Cuentan que después de la duodécima representación de esta obra, Gluck emitió una declaración pública en el sentido que había sido compuesta íntegramente por Salieri.

Salieri acercó a Rossini al poeta italiano Guiseppe Carpani para que le consiguiera una cita con Beethoven, la cual obtuvo después de mucha persistencia. En la entrevista con Wagner, Rossini detalla su encuentro con el más célebre de los autores germanos. Cuenta que llegado el día, tuvo dificultad de contener su emoción con Beethoven, y que cuando se abrió la puerta del departamento donde vivía, se encontró en una especie de casuca, sucia y con un desorden aterrador. Nos dice que su fisonomía era la de sus retratos, pero lo que resultaba indefinible era su tristeza repartida en todas sus facciones, enseñando debajo de sus pesadas cejas, como de las profundidades de las cavernas, unos ojos que, pequeños, parecían traspasarlo a uno, y que la voz era suave y ligeramente empañada.

Relata Rossini que Beethoven lo felicitó vivamente por El Barbero de Sevilla, diciéndole que era una excelente ópera bufa, que la había leído con placer y que le había encantado, enfatizando que debía ser tocada mientras exista la ópera italiana. Le recomendó no intentar nada distinto a este género, pues ello significaría forzar su destino. Ante la advertencia de Carpani de que Rossini había hecho ópera seria, Beethoven advirtió que ella no era propia para los italianos, pues éstos no podían lidiar con el verdadero drama por no tener ciencia musical, preguntándose, además, ¿cómo podían adquirir ésta en Italia? Wagner le dijo a Rossini que, felizmente, no le había hecho caso al consejo de Beethoven, haciendo alusión, probablemente, a su Stabat Mater, que ya había compuesto.

Cuando vio a Rossini, Beethoven tenía cincuenta y un años y una sordera avanzada. Para hacer posible la entrevista, Carpani escribía las palabras en alemán y traducía las respuestas. Señala Rossini que al final de la misma, le expresó a Beethoven toda la admiración que sentía por su genio y toda su gratitud por haberle permitido la oportunidad de decírselo, a lo cual Beethoven manifestó: "Oh, un infeliz", y acompañándolo hacia la puerta, le dijo: "Sobre todo, haga muchos Barberos".

Puntualiza Rossini que esa misma noche fue a una comida de gala, sintiéndose atribulado por el contraste de la consideración que le guardaba a él la sociedad vienesa y la conducta de esta aristocracia hacia el mayor genio de la época, que necesitaba tan poco y era abandonado a este infortunio. Sugirió una suscripción para asegurarle un ingreso lo suficientemente amplio para colocarlo encima de sus necesidades por el resto de su vida; propuesta que no ganó la aprobación de persona alguna. Mas, aquí lo paradójico: después de comida se tocaba un concierto y en el programa figuraba uno de los últimos tríos publicados de Beethoven, que fue un éxito estupendo. Rossini manifiesta que escuchándolo en toda su magnificencia, pensaba con tristeza que quizás en ese momento el gran hombre estaba completando, en la soledad de la casucha en la cual vivía, algún trabajo de alta inspiración destinado a deleitar, con bellezas sublimes, a esa misma aristocracia de la cual era excluido y que no estaba del todo advertida de la miseria del hombre que le proporcionaba todos sus placeres.

Abandonada la idea de obtener una renta para Beethoven, Rossini quizo obtener fondos para conseguirle un lugar para vivir; empero, no obstante lograr algunos, incluso su propia contribución, el resultado fue mediocre. Dejó la idea, desanimado porque todos le respondían que él no conocía bien a Beethoven, y que al día siguiente de convertirse en dueño de una casa, la vendería. Le decían que nunca sabría adaptarse a un domicilio fijo, pues siente la necesidad de cambiar de vivienda cada seis meses, así como a su sirviente cada seis semanas.

Wagner le habló a Rossini de la necesidad de revolucionar la música, criticando esos septetos en los cuales aparecen todos los caracteres del drama formando una línea en el escenario, ante lo cual Rossini asintió, diciéndole que en Italia la llamaban la hilera de alcachofas y que parecía una fila de porteros cantando para recibir una propina.

Reconociendo que de todas las artes la música es la más expuesta a transformaciones ilimitadas, en razón de su esencia ideal, Rossini expresó sus serias dudas de que los cantantes y el público aceptasen cambios que destruyeran todo el pasado.

Wagner alabó la sublimidad melódica de Rossini, expresando que al acentuar las palabras con el sostén de las brazadas respirantes de los violonchelos en el aria "Sois immobile" de Guillermo Tell, lograba la verdadera libertad de la línea cantada, alcanzando las más altas cimas de la expresión lírica. Lo felicitó mucho por el desolado coro de las sombras de Moisés, calificándolo de admirable fresco. Ante el agradecimiento de Rossini de que estaba salvando sus restos, Wagner le replicó que era un crimen que hubiera dejado la pluma a los treinta y siete años, agregándole que ni él mismo tenía idea de lo que hubiera podido extraer de su privilegiado cerebro. Michotte nos dice que ese abandono repentino era un fenómeno que atraía enormemente la curiosidad de Wagner, teniendo un interés especial en analizarlo. Por su parte, si bien Rossini no conocía mucho de la música de Wagner, expresó gran fe en él. Michotte narra cómo, en una ocasión, Rossini le dijo a un crítico de Wagner que no hablara en vano, pues Wagner estaba premunido de facultades de primera clase.

Ante la pregunta sobre la causa de la opacidad del arte del canto, Rossini expresó que se debía a la desaparición de los castrados, a quienes atribuyó, además, la condición de incomparables profesores. En otra oportunidad, contó que estuvo a un pelo de pertenecer a esa famosa corporación, o -según él- descorporación. Narraba que como su voz destacaba de niño, un hermano de su madre -barbero de oficio- recomendó comprometer su órgano, pues, pobres como eran aseguraría una renta para todos, pero que su madre no lo consintió a precio alguno. Y cuando le preguntaron qué pensaba él, contestó que le daba lo mismo dado que no había dejado descendencia.

Este recuento evoca todo un siglo de vida musical, narrando dos entrevistas en una, pues la ocasión de la visita de Wagner le permitió a Rossini relatar su histórico encuentro con Beethoven. Lo que no supo el maestro de Pésaro, es que el sajón que estaba frente a él llegaría a ser tan grande como el genio de Bonn.

Artículo publicado en El Comercio el 30 de junio de 1993 y en Lundero el 29 de agosto de 1993.


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