Gli Articoli del Dr. Augusto Ferrero Costa
 ENRIQUE VIII: ADEMAS, MUSICO*

Dr. Augusto Ferrero Costa

Sin duda, llama mucho la atención que este rey de Inglaterra que gobernó treinta y ocho años en el siglo XVI y que dejó el recuerdo de seis esposas -dos de ellas muertas cruelmente-, haya tenido la sensibilidad de componer música.

Estando la sucesión reservada a su hermano mayor Arturo, Enrique fue preparado para servir a la Iglesia, recibiendo en su juventud educación en latín, francés, italiano, teología y música; idiomas y disciplinas de las que tuvo gran conocimiento. Cuando era niño, a Erasmo de Rotterdam le llamó la atención su inteligencia precoz. Al morir sucesivamente su hermano y su padre, ascendió al trono a los dieciocho años. Su pasión por las letras lo llevó a exigir de sus cortesanos y allegados un alto nivel cultural. 

Enrique VIII le dio a la música un lugar preponderante en la corte. Ello se notó a partir del banquete de coronación, en el cual cantaron algunos niños desde un estrado, mientras otros tocaron la flauta y el clavicordio. Durante su reinado, se escenificaron varias obras y otros entretenimientos, distrayendo la vida palaciega con una combinación de diálogo, danza y cantos, así como otros efectos escénicos. De los cinco músicos que había en la corte cien años antes, con Enrique VIII aumentaron a cincuenta y ocho los instrumentistas que trabajaban para él, entre los cuales había un número significante de extranjeros, muchos de ellos conocidos en su tiempo.

La música formó parte natural de la vida palaciega, siendo una actividad complementaria en las reuniones entre jefes de Estado, torneos, cenas y otras ceremonias. Para ello, el rey agrandó la Capilla Real, aunque con cierta extravagancia. Tuvo una importante colección de instrumentos musicales. Empero, para la historia de la música, lo que más cabe resaltar es el mecenazgo que ejerció en favor de los compositores de su época y la actividad que él mismo realizó como autor. De sus obras, han sobrevivido treinta y cuatro, de las cuales veinte son, en realidad, arreglos de música existente, remitiéndose dieciséis de ellas a la música vocal y dieciocho a la de cámara. Los instrumentos empleados son laúd, espineta, violón y flautas. Se dice que el primero lo tocaba con verdadera excelencia, dominando también el segundo y el órgano que gustaba ejecutar cantando en registro alto.

Se dice también que compuso dos misas. Muchos testimonios de su tiempo dan cuenta del placer que sentía el rey en la creación musical. Un documento veneciano da fe de que en una ocasión tocó un instrumento, cantando y bailando al son de la música. Al organista de la Catedral de San Marcos de Venecia lo escuchó tocar durante cuatro horas. Su obra más conocida es la balada Pasatiempo con buena compañía para tres voces, en la que resultan curiosas por la exaltación a la virtud las estrofas: "La compañía con honestidad es virtud; los vicios son para huir; la compañía puede ser buena o mala; la virtud es para usarla y el vicio para rechazarlo".

El tema central de todas sus canciones, casi como una obsesión, es el amor. En una de ellas dice: "Nadie podrá decir que yo herí a un hombre, que hice daño. Amé verdaderamente cuando me casé". Es impresionante su referencia al amor, a su falta, a la intensidad de vivirlo, a la alegría que produce. Por momentos, es el amante que requiere con pasión e insistencia; por otros, es el amante rendido a los pies de la mujer. Como ejemplo, citemos el texto de esta canción: "¡Ay de mí, señora que amo tanto; Déjame ser tu humilde siervo; Tu humilde siervo siempre seré; Mientras viva sólo te amaré a ti".

Se ha editado un disco con sus obras principales, en el cual la música del autor es matizada por la lectura de nueve cartas manuscritas dirigidas a Ana Bolena, su segunda esposa, que están celosamente custodiadas en la colección vaticana. En ellas, el monarca da a conocer su intimidad; ausente en sus discursos políticos. Es de recalcar que de mil cartas que existen de este personaje, sólo alrededor de veinticinco son autógrafas. Siguiendo la usanza de la época, las demás las escribía el Secretario. Esta correspondencia demuestra indudablemente el alto interés que tuvo por Ana y la gran importancia que le dio a su relación amorosa con ella.

Dícese de Enrique que era excelente atleta y de recia contextura, destacando en el arco y el tenis, siendo, además, un gran bailarín y capaz de agotar hasta diez caballos en una jornada de cacería. Se ufanaba de tener las pantorrillas mejor formadas que las de Francisco I de Francia. En una exagerada evolución de las medidas del cuerpo humano, a los treinta y seis años Enrique tenía 35 pulgadas de cintura y 42 de pecho y, a los cincuenta, 54 y 56 respectivamente. 

Precisamente, con el rey francés, se produjo un incidente de gran tensión cuando reunidos con ocasión del famoso Campo del Paño de Oro, Enrique le propinó un manazo en la nuca, instándolo a combatir con él. Aceptado el reto, ambos soberanos se enfrentaron, siendo derribado el rey inglés, cayendo de espaldas. Montado en cólera, Enrique desafió nuevamente a Francisco y si no hubiera sido por los cortesanos que irrumpieron para separarlos, se hubiera originado un problema diplomático de mayores proporciones. En ese hermoso libro titulado Historia de los pueblos de habla inglesa, Winston Churchill escribe que Enrique no pudo perdonar tal humillación personal, desistiendo del intento de llegar a ser amigo personal del rey galo. Por su parte, Francisco se quejaba de que en ocasiones Enrique lo trababa prácticamente como a un vasallo. En acto arrogante, Enrique alababa a los franceses, indicando que habían mejorado sensiblemente, hasta el punto de parecer ingleses. Días después de dicho encuentro, el rey de Inglaterra recibió a Carlos V, jugando tenis en pareja contra dos nobles, poniendo los cuatro gran empeño. Años más tarde, en un combate, Enrique estuvo dos horas inconsciente por un golpe que le propinaron en la cabeza.

Se casó con Catalina de Aragón, viuda de su hermano Arturo, quien era hija de los reyes católicos de España, Fernando e Isabel y, por lo tanto, tía de Carlos V. Entonces, era sumamente importante para Inglaterra la alianza con España. La única hija de este matrimonio fue María. Cuando fue evidente que no podían tener más descendencia por la edad de la reina, Enrique VIII pensó que su matrimonio estaba maldecido. Catalina era cinco años y cinco meses mayor que Enrique.

Enrique VIII guardaba la esperanza de que el rey de España desposara a su hija María, con la cual era primo hermano. Al elegir Carlos V como esposa a Isabel de Portugal, el rey de Inglaterra optó por terminar su matrimonio. Estuvo casado cerca de veinticinco años; veintidós de ellos durante su reinado. Ella, hasta cumplir treinta y ocho años, logró restringir las locuras del monarca. Tres años antes, Francisco I se había burlado de la reina diciendo que ya estaba vieja y deformada. 

En el proceso que se llevó a cabo para la separación, la reina juró que durante su primer matrimonio con Arturo había yacido con él sólo siete veces y todas sin mayores efectos. Y dirigiéndose al rey, juró ser doncella sin mácula de otro hombre diciéndole: "Dejo a vuestra conciencia el dictaminar si mis palabras son ciertas o no". Su expresión tuvo eco, pues a pesar de los siete meses de cohabitar con Arturo, la bula de dispensa papal decía que el matrimonio no se había consumado. No obstante, históricamente no puede dejar de citarse el testimonio de un amigo de Arturo, a quien éste después de la noche de bodas, le solicitó jactanciosa y groseramente que le trajera una jarra de cerveza pues esa noche había conquistado España.

Entonces, ya los ojos azul oscuro de Ana Bolena habían terminado de seducir irremediablemente al rey. La guerra se fue librando sucesivamente. Si bien Enrique se exhibía con descaro con Ana, su guardarropa personal seguía a cargo de Catalina, incluso el lavado y hechura de su ropa blanca, como anota Churchill. Catalina sostuvo que Ana había hecho adoptar al rey una actitud perversa y malvada, no siendo él malo en sí. Se señala que Catalina lo quiso por sí mismo, a diferencia de sus demás esposas. Cuando ella murió, el rey se sintió libre para terminar con Ana Bolena, pues un divorcio con ésta viviendo aquélla, hubiera despertado viejas disputas y esperanzas. 

Aparentemente, la decisión real no era tan audaz si se tiene en cuenta que el Antiguo Testamento prohibía la unión entre cuñados y que, por lo tanto, la validez de la bula del Papa que la permitió era discutible. Para ello, era necesario pedir la anulación del matrimonio a Roma, que no parecía difícil obtener. Faltó a los ingleses medir el carácter de Carlos V, quien no estando dispuesto a sacrificar a su tía y a su prima, ejerció una presión que el Papa no pudo resistir. Si bien el caso debía resolverse en Inglaterra, una apelación de Catalina llevó el asunto a la corte pontificia. El Papa envió un emisario para inducir a la reina para que entrara en un convento, a manera de retiro discreto. Mas ella que gozaba de la simpatía general -era aclamada por donde iba-, se negó terminantemente. 

En esa época, sobresalió como asesor el Cardenal Wolsey, de quien dicen que llegó a acumular una gran fortuna, manteniendo mil criados y palacios que sobrepasaban al de Enrique VIII en esplendor. Estuvo a punto de ser Papa a la muerte de León X. Carlos V le ofreció su apoyo, pero la elección de su preceptor Adriano de Utrecht hace pensar que no cumplió su promesa. Al año siguiente, al morir el nuevo Papa, prometió ayudarlo nuevamente con la misma falta de sinceridad, pues salió elegido Julián de Medicis, amigo de ambos monarcas, con el nombre de Clemente VII. Dos años después, el Cardenal murió enfermo al ser apresado, en la seguridad de que iba a ser ejecutado. Antes de morir, dijo: "Si yo hubiera servido a Dios tan diligentemente como he servido al rey, El no me habría dado fin con mis cabellos aún grises".

Tomás Moro fue nombrado Canciller. Los historiadores sostienen que éste hubiera aceptado una reforma moderada y prudente, pero que el rompimiento con Roma era demasiado fuerte para un alma tan elevada. Ello es cierto, pues convocado el Parlamento para escuchar al rey sobre el divorcio, Moro, defendiéndolo, dijo: "Hay algunos que dicen que el rey está demandando el divorcio por amor a una dama y no por ningún escrúpulo de conciencia, pero esto no es verdad", exhortando a los congresistas para que informen que el monarca no había procurado este asunto por capricho o placer sino sólo para descargar su conciencia y asegurar la sucesión de su reino. Empero, en 1532 renunció al cargo al oponerse al divorcio. La antigua confianza que tenía el rey en Moro cambió por una rencorosa aversión. Fue apresado. Entonces, Fisher fue consagrado Cardenal y tomado también prisionero en la torre. El rey expresó que enviaría su cabeza a Roma para que le impongan el capelo cardenalicio. Fisher y Moro fueron ejecutados, Enrique excomulgado y en teoría desposeído de su trono por el Papa. Se abrió el camino para la imposición del despotismo desenfrenado. Churchill dice que el rey debe cargar con la principal responsabilidad por la muerte de ambos y que tal decisión es una mancha negra en su memoria. Haciendo gala de su fina ironía -que había destacado en su esmerada redacción como poeta-, Moro murió aclarándole al verdugo que tenía cuello corto y que le permitiera apartar su barba del cadalso para que no se la corte. Su muerte horrorizó al mundo. Carlos V dijo que preferiría perder la mejor de sus ciudades que a un canciller como Moro. Fue beatificado el siglo pasado y canonizado en 1925 por Pío XI.

Toda la reforma anglicana estuvo revestida de ciertas formas legales. El Parlamento negó las apelaciones a Roma y votó el Acta de Supremacía, que hacía del rey el único y supremo jefe de la Iglesia de Inglaterra. Además, contó con elementos favorables, como que en dicho país la persona y la voluntad del rey eran celosamente respetadas. Asimismo, el nacionalismo de los ingleses no veía bien una jurisdicción extranjera y la autoridad papal aparecía como aliada de Francia o de España. Había que tener en cuenta que el rey había sido declarado "Defensor de la Fe" por el Papa León X, como reconocimiento de la Iglesia al libro que escribió contra Lutero. Se ha dicho de él que era tan buen católico que prefirió ser su propio Papa y que su ruptura con Roma se debió a la enconada determinación del rey de ver cumplida su voluntad. 

Los bienes de la Iglesia fueron confiscados y su liquidación favoreció a una nueva clase que no estuvo dispuesta a perderlos, la cual se convirtió en cómplice, como ocurriría siglos después con quienes adquirieron bienes como consecuencia de la Revolución Francesa.

Ana Bolena tenía pasado, habiendo sido dama de honor de Catalina. Queremos citar un dato curioso. Los amigos de Ana pretendieron envenenar a un obispo sin lograrlo, pero en el intento, sus criados cayeron enfermos y dos de ellos murieron. Enrique se indignó e hizo que el Parlamento apruebe una ley sancionando el delito de envenenamiento con la pena de ser cocido vivo.

Ana tuvo la mala suerte de no poder darle al rey el hijo varón que necesitaba. En su lugar, le dio una sola hija: Isabel. Más aún, alumbró un hijo muerto, accidente que fue atribuido a la ira con la que arremetió contra Jane Seymour al encontrarla sentada en las rodillas del rey, quien le había regalado un medallón con su figura. Furiosa, la reina se lo arrancó del cuello cortándose la mano. El frustrado parto hizo perder a Ana su última oportunidad de salvación. Simultáneamente, Enrique comenzaba su relación con la que sería su tercera esposa, presenciaba el funeral de la reina Catalina de Aragón y enterraba a su hijo. Se sintió víctima del mal de ojo y le echó la culpa a Ana del fatal desenlace. Ella fue acusada, entre otras cosas, de decir que el rey era impotente, de reírse de él, de su vestimenta y de sus poemas, por lo que se le condenó a morir. Churchill narra que Ana recibió la sentencia con calma y valor. Pidió ser decapitada con una espada, como se hacía con la nobleza francesa, y no con un hacha, como con la nobleza inglesa; deseo que le fue concedido. Después de declarar que "jamás existió príncipe más bondadoso y misericordioso" que Enrique, una espada de acero le cercenó la cabeza.

Increíblemente, Carlos V -olvidando la ofensa a Catalina- le ofreció a Enrique la mano de la infanta de Portugal. Empero, al declarase nulo su matrimonio con Ana, Enrique fue autorizado a casarse con Jane Seymour, la que fue proclamada reina. Esta le dio el tan ansiado hijo hombre -Eduardo-, quien sería después rey de Inglaterra. María, hija de Catalina de Aragón, fue su madrina. Isabel, hija de Ana Bolena, sostuvo los ropajes bautismales. La reina Jane falleció días después de fiebre puerperal. Fue la esposa que más amó el rey. Una muestra palpable de ello, es que él solicitó ser sepultado con ella en la cripta de la Capilla de San Jorge, en Windsor, donde reposan juntos. Jane le dio a Enrique dieciocho meses muy felices. Murió a los veintidós años y fue la única por la cual el rey guardó luto.

A continuación, Enrique se fijó en la duquesa Cristina de Milán, viuda de Francesco Sforza, la cual sarcásticamente dijo que se casaría con el rey de Inglaterra si dispusiese de dos cabezas. Entonces, Enrique se casó con desagrado con Ana de Cleves. Siguió el consejo de Cromwell, quien le había dicho que como acercamiento a los luteranos era conveniente desposar a una princesa alemana. El rey declaró que era un gran yugo el que se le imponía y apodó a la reina "yegua flamenca". Como nunca le gustó su cuerpo, no la conoció carnalmente. Dijo que tenía pechos flojos, quejándose de la existencia de "aires viciados". Ello causó que el Parlamento declarara la disolución del vínculo, lo cual la reina aceptó resignadamente. 

Gracias a Cromwell, Enrique introdujo cambios drásticos en la sociedad y en la administración gubernamental, los cuales durarían tres siglos. No obstante, como en otros casos, el talento del asesor que modernizó la estructura del Estado no fue óbice para que fuera decapitado, sin compasión alguna, por haber vertido, a su turno, sangre ajena. Cromwell era implacable, cínico, maquiavélico. Reformó cuidadosamente el aparato estatal durante los diez años que permaneció en el poder.

Ya con cuarenta y nueve años a cuestas, el rey se casó con Catalina Howard. Curiosamente, en dicha navidad, Ana de Cleves visitó la corte y ambas reinas bailaron y bebieron juntas. Catalina Howard fue la más hermosa de las esposas de Enrique y cerca de treinta años más joven que él. Antes de dos años, su cuello sería sometido al hacha del verdugo. Acusada de adulterio con su primo Thomas Culpeper, al subir al cadalso, dijo: " Muero como una reina, pero preferiría morir como la esposa de Culpeper". 

Al año siguiente, Enrique contrajo matrimonio con su sexta y última mujer: Catalina Parr. Esta destacó por su sencillez y se casó a pesar de haber dicho que prefería ser la amante del rey antes que su esposa. Se portó admirablemente con él. Antes, había tenido dos maridos. Tuvo la fortuna de sobrevivir a Enrique, quien murió a los cincuenta y seis años, después de reunirse -cual despedida- con cada uno de sus seres queridos y de dictar las disposiciones correspondientes. Como pronosticar la muerte del rey era delito de alta traición, nadie se atrevía a decirle que el fin se acercaba, hasta que al hacerlo uno, Enrique -negando el destino fatal- dijo que dormiría un rato y que después resolvería sobre la cuestión. Falleció de un absceso infectado en una pierna, consecuencia de la gota.

Curiosamente, Enrique VIII persiguió por igual a católicos y protestantes. Se convirtió en un hombre cruel, inflexible e impulsivo en extremo, aunque sagaz. Perdió la exuberancia de la adolescencia. Churchill señala que "sus pasiones sensuales y su preocupación por la estabilidad del reino estaban todas revueltas".

Su vida íntima y la forma cómo se desprendió de sus esposas le han dado fama de perverso y despiadado -una suerte de Barba Azul, el personaje de Perrault-, aunque algunos biógrafos traten de exculparlo señalando que su reinado fue humano y las ejecuciones esporádicas, exhibiendo como defensa ante su crueldad el hecho de que jamás mató a alguien con sus propias manos. La sentencia histórica de Enrique la hizo Churchill, quien reconociendo que era un personaje colosal -aunque pesadilla de sus consejeros- y que su gobierno vio muchos avances en el crecimiento y el carácter del estado inglés -no debe olvidarse que fue el fundador de la marina inglesa-, señala que es una horrible mancha sobre su memoria el que su reinado deba ser extensamente recordado por sus ejecuciones. Dos reinas -Ana Bolena y Catalina Howard-, dos primeros ministros -Wolsey y Cromwell- y un Canciller -Moro- y un Cardenal nombrado -Fisher-, sumados a innumerables nobles, monjes y gente ordinaria fueron condenados a muerte. Fue totalmente inconsecuente con la gente que lo rodeó. Walter Raleigh, en su Historia Universal, destaca cómo favoreció a sus servidores para después apartarlos dado su cambiante humor. 

Resulta irónico que, en el país donde nació la Carta Magna y los principios constitucionales, se instituyera tres siglos después uno de los más avasalladores despotismos que recuerda la historia. Fue un gobernante caprichoso, obstinado, inescrupuloso y propenso al hastío. Además, era frío e iracundo. Su gobierno dejó una gran huella, como ningún otro, en la historia de Inglaterra. De no haber sido arrastrado a lamentables extravíos por la pasión y el egoísmo desenfrenado, Enrique, hubiera dejado en pos de sí un nombre glorioso, apareciendo como el verdadero fundador de la grandeza de Inglaterra.

Aseguró el trono de los Tudor, habiendo sido su padre Enrique VII el primero de la dinastía al ceñirse la corona después de pelear cuerpo a cuerpo con el rey Ricardo III, a quien acuchilló en el campo de batalla. 

A Enrique VIII lo sucedieron en el trono sus hijos Eduardo VI, hijo de Jane Seymour, María Tudor, apodada la Sanguinaria, hija de Catalina de Aragón, e Isabel I, hija de Ana Bolena. 

Artículo publicado en partes con los títulos Enrique VIII, además de amante músico, Divorcio de sangre y La gota final en el Suplemento Dominical de El Comercio el 24 de mayo, 31 de mayo y el 7 de junio de 1998.


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