Gli Articoli del Dr. Augusto Ferrero Costa
CASANOVA, MOZART Y VOLTAIRE*

Dr. Augusto Ferrero Costa

Quizás ningún personaje literario haya sido tratado tanto como Don Juan. Y por varias y distintas lenguas, artes y culturas. Tirso de Molina, José Zorrilla y Moral y Azorín en España; Moliere, Alejandro Dumas padre y Alfred de Musset en Francia; Carlo Goldoni en Italia; E.T.A. Hoffman en Alemania; Lord Byron en Inglaterra; Aleksandr Pushkin en Rusia; Johan Heliberg en Dinamarca; Carl Love en Suecia y Abilio Guerra en Portugal. En la música, se han ocupado de él Purcell, Gluck, Richard Strauss y Rimsky Korsakov; además de Wolfgang Amadeus Mozart, con la colaboración de Lorenzo da Ponte, quienes lograron la más magistral descripción de las características del personaje.

Casanova estuvo en Praga en los días del estreno de Don Giovanni de Mozart. Hasta hoy, no hay evidencias acerca de su presencia en tal acontecimiento ni de que conociera personalmente al genial compositor. En ambos casos, estamos por la respuesta afirmativa, considerando la amistad del famoso aventurero con la familia Duschek, en cuya casa en las afueras de Praga -Villa Bertramka- terminó Mozart de componer dicha ópera, y el hecho de que Casanova escribiera unas veinte líneas para el final del sexteto en el segundo acto de la misma, que no fueron consideradas en la partitura final. Además, los Duschek estaban muy vinculados al ambiente musical, siendo Franz un gran pianista y su esposa Josepha una admirada cantante. Con estas virtudes, resultaría extraño que no indujeran ellos a Casanova a concurrir a la primera presentación de Don Giovanni. Por otro lado, Casanova declara en sus Memorias que en sus correrías le gustaba presentar sus homenajes a sus contemporáneos sabios. Asim
ismo, destaca en ellas su afición por concurrir a los teatros para ver, la mayoría de las veces, obras menores. Dada la popularidad de Mozart, resulta difícil pensar que Casanova no propiciara con él un encuentro o que no estuviera presente en el estreno citado. Inclusive, algunos sostienen que los versos mencionados constituyen lo único que ha sobrevivido del encargo de hacerle algunos cambios al libreto que, aparentemente, le hubiera hecho el propio Mozart. Todo ello ocurrió en 1787. Es una lástima que las sabrosísimas Memorias de Jiacomo Casanova de Seingalt terminen en 1774, a pesar de que el autor se había propuesto continuarlas hasta 1797, como se señala en el Apéndice de las mismas. Resulta incitante esta participación ocasional de Casanova en el Don Juan, teniendo en cuenta el carácter más real que imaginario del primero de los nombrados y más imaginario que real del segundo, así como la identificación de ambos con el amante o el paradigma del hombre de amoríos.

Sin embargo, no hay duda de que Casanova conoció a Voltaire. En Ginebra, fue a visitarlo a su casa y sostuvieron conversaciones durante varios días. De ellas, Casanova escribió casi un volumen, del cual publica un ligero extracto en sus Memorias. Al ver al sabio por primera vez, Casanova le expresó que era el momento más hermoso de su vida, que hace veinte años que era su discípulo y que su corazón estaba inundado de alegría por la dicha que le experimentaba verlo. Voltaire contestó de manera burlona invitándolo a que lo honrara aún durante veinte años y que le prometiera traerle, al cabo de ellos, sus honorarios. Casanova replicó ingeniosamente que lo haría con mucho gusto, con tal que el filósofo le prometiera esperarlo. Hablaron del poeta Ludovico Ariosto, autor de Orlando Furioso, personaje que ha sido inmortalizado curiosamente por los romanos al denominar a una de sus calles vía de la spada de Orlando, en la cual se encuentra una piedra estigmatizada por la espada del pe
rsonaje. Casanova fue instado por Voltaire a recitar versos de Ariosto, y lo hizo con una hermosa prosa cadenciosa que animaba con el sonido de la voz, con el movimiento de los ojos y modulando sus entonaciones según el sentimiento que quería inspirar a sus oyentes, conteniendo con violencia las lágrimas que obervaba en ellos mismos. Narra Casanova que, en un momento dado, sus lágrimas escaparon con tanta abundancia que todos sus escuchas empezaron a sollozar, saltando Voltaire a su cuello exclamando: "Yo lo he dicho siempre, el secreto de hacer llorar es llorar uno mismo; pero son precisas lágrimas verdaderas, y para derramarlas hace falta que el alma esté profundamente afectada". Voltaire le dio las gracias a Casanova abrazándolo y le prometió recitarle al día siguiente las mismas estancias y llorar como él; lo cual cumplió.

Casanova se despidió aduciendo un compromiso en Basilea. Voltaire puso el grito en el cielo diciéndole que su vista sería insultante para él si no le hacía el sacrificio de quedarse por lo menos una semana entera. Casanova le dijo haber venido a Ginebra sólo para verlo y que al haber obtenido de él ese favor no tenía nada más que hacer. Voltaire le insistió que se quedara por lo menos tres días y ante tan fuerte y halagüeña invitación, que hubiera sido imposible rehusar según Casanova, éste aceptó. En una ocasión, acompañó a Voltaire a su alcoba, viendo sobre su mesa la Summa de Santo Tomás; muestra elocuente de su preocupación permanente por lo religioso que lo llevó a querer hacer una confesión pública antes de morir. Voltaire le mostró a Casanova un centenar de gruesos paquetes que contenían su correspondencia, ascendente a unas cincuenta mil cartas que, según el destinatario, había contestado todas ellas. El relato contiene ideas interesantes, como cuando Casanova le pregu
nta a Voltaire si es que quiere la soberanía del pueblo, y el filósofo contesta: "¡Dios me guarde! Es preciso un soberano para gobernar las masas," agregando que él quisiera que el soberano gobierne un pueblo libre, que sea su jefe por medio de un pacto que les ligue recíprocamente y que le impida convertirse jamás en arbitrario. En otro pasaje, Casanova reconoce haber sido detenido por un acto de despotismo, por el cual sufrió prisión en la cárcel contigua al Palacio Ducal en Venecia, a la que se llega a través del célebre Puente de los Suspiros. Empero, indica que estando persuadido de que había abusado conscientemente de la libertad, comprendía que el gobierno tuvo razón en encerrarlo sin las formalidades ordinarias. A través de sus páginas, Casanova va regando algunas veces verdades incontrastables, como aquella expresión de que "un hombre encolerizado cree tener siempre razón".

Por su parte, Mozart estuvo a punto de conocer a Voltaire. Una vez llegó a Ginebra con su padre Leopold cuando había una revuelta en la ciudad, que éste último calificó de guerra civil en pleno apogeo. Voltaire, quien vivía entonces en Ferney, la ciudad contigua, tomó el conflicto como "broma de Ginebra". Este incidente impidió que el ilustre pensador y literato conociera "al pequeño Mazar" como lo llamó en una carta. El gran satírico era considerado como un archibribón ateo por la familia Mozart. El día que murió su madre en París -por coincidencia en los mismos días que Voltaire-, Mozart le escribió a su padre y extrañamente, a manera de absurda resignación, le decía que Voltaire había reventado "como un perro, como un animal"; agregando, "¡ésta es la recompensa!" Era el año de 1778.



* Artículo publicado en El Comercio el 29 de agosto de 1994.


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