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La Universidad de Lima le ha conferido el grado de Doctor Honoris Causa a Fernando Belaunde Terry, en reconocimiento a su trayectoria intelectual y valioso aporte a la libertad y democracia en el Perú. Si bien el honroso título fue acordado hace año y medio en plena dictadura, el acto académico correspondiente se ha realizado en el marco deseado y merecido por el Presidente Belaunde; es decir, en plena democracia.
Hace poco tiempo, la Providencia le permitió participar nuevamente de manera activa en política, pronunciando una memorable arenga patriótica en la Plaza Bolognesi y un evocativo discurso de jornadas históricas en el Paseo de la República. En menos tiempo que el esperado por los más optimistas, se derrumbó el nefando régimen y se ingresó al cauce constitucional. Le cupo el honor de encabezar el nuevo gobierno a un correligionario suyo, Secretario General del Partido que él fundara, quien, con extraordinaria visión política y coraje le devolvió la decencia al Perú. La presidencia de Valentín Paniagua, acompañada de la figura señera de Javier Pérez de Cuéllar, restableció la confianza en nosotros mismos y en los valores que nos legaron nuestros héroes y grandes hombres.
Lo que más extrañamos de su época de gobernante es la acrisolada honestidad y absoluta sencillez con que ostentó la más alta magistratura de la nación. Siempre estuvo al alcance de sus gobernados.
De su emblemática personalidad, ha destacado su capacidad para el diálogo siempre ameno e ilustrado. Gracias a su conversación, hemos descubierto experiencias inéditas, como cuando nos enseña la ubicación de Machu Picchu -con nombre propio- en un mapa del siglo diecinueve muy anterior a la data del aparente descubrimiento, o cuando nos habla de Charles Wiener, aquel francés extraordinario que recorrió el Perú describiéndolo y dibujándolo en carboncillos de gran valor artístico. Existe, además, un relato de gran importancia que nos vamos a permitir revelar. Durante el proceso electoral de 1963, Fernando Belaunde estaba en Tingo María, y preguntó cuán lejos del lugar estaba Puerto Bermúdez. Cuando le respondieron que relativamente cerca, expresó: ¡Vamos! Al llegar, se dirigió al río Pichis, advirtiendo un grupo de forasteros, con actitud contestataria, tocados con boinas vascas y resueltos a resolver los problemas del mundo. Al manifestarles el entonces candidato que muchas de las transformaciones podían hacerse pacíficamente por la vía electoral, se interrumpió el diálogo. Tiempo después se dio cuenta de que era el grupo guerrillero cubano que terminó en Bolivia, y de que había conversado con el mismo Ernesto Che Guevara, lo cual le fue corroborado por un corresponsal.
El Presidente Belaunde, además de representar al patricio de la civilidad que ha sabido siempre poner en el más alto sitial el nombre del Perú, ha tenido una vida destacada en el plano intelectual, en el país y el extranjero.
Cabe resaltar dos de las grandes cualidades de Fernando Belaunde: su desinterés absoluto por lo material y el don de la palabra, que lo distingue como arquitecto del verbo, por la poesía y la belleza de sus escritos y discursos.
Al igual que el homenaje que se le tributó a Nicolás de Piérola en 1908, el acto académico que reseñamos pasará a la historia como el testimonio de tres generaciones que están recuperando el nombre y el porvenir del Perú. Y lo están haciendo, en palabras de Piérola, "lejos, muy lejos de esa atmósfera de mentira sistemática que ha corroído las entrañas de la Nación". Señor Presidente Fernando Belaunde, gracias a Usted, hoy sentimos palpitar con los nuestros, el corazón del Perú.
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