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Biografia
Nací en un pueblo lejano
en el tiempo y en el espacio peruano de
entonces. Le llamaban ciudad pero
Chulucanas era casi como una aldea, no había calles pavimentadas, ni luz
eléctrica ni servicios de agua y alcantarillado. Había sí, lámparas de mesa al
comedor y candiles en las cocinas, el agua potable era transportada en carretas
haladas por burros o mulos y en carretillas dirigidas por la gente, la basura
llevada por los vecinos al basural que en mi pueblo llamaban "barranco”. Se
trabajaba duro y yo, como un pionero, desde temprana edad ayudaba en la
satisfacción de todos estos autoservicios caseros. Por las noches mi padre nos
contaba cuentos de oriente y occidente y fábulas de Esopo, de Iriarte y
Samaniego. En las horas más tardías, sentado o echado a un petate sobre la
vereda, en la más profunda obscuridad me transportaba al fantástico mundo del
zodíaco y navegaba entre las estrellas, al alcance de mi mano, como un puñado
infinito de brillantes y diamantes. El cielo era un negro telón con billones de
perlas como dijes.
Mi padre, director de escuela de cuya biblioteca devoré gran parte de sus libros.
Mi madre, dedicada a su casa ayudaba también a la economía de la familia: fue
costurera, tendera, artesana (hacía bellìsimas muñecas de trapo) y enseño a leer
a muchos hijos de campesinos. A Chulucanas le faltaba todo, pero su cielo era
terso, y su aire puro y transparente; nos brindaba el olor matinal de los
jazmines, los limoneros y los naranjales, y nos deleitaba con el cromatismo de
sus serenas tardes crepusculares. Su agua era dulce, agradabe e incontaminada, y
su cielo sobre todo, me regalaba el placer de visitar mundos inimaginables.
Ahora vivo en una gran ciudad: el agua llega con sus tuberías a mi casa, pero no
puedo beberla con tranquilidad; a la radio de antaño se ha substituido la
televisión que, entre uno y otro programa de cierto interés, me ametralla con
cápsulas de idiotez, mediocridad y pornografía. La gran ciudad no conoce una
calle sin asfalto, pero no puedo caminar en ellas y paradójicamente en sus
veredas, duermen tranquilamente horrendas máquinas motorizadas; hay también acá
tanto aire, no faltaba más, pero ese aire no me deja ver espléndidas montañas a
pocos pasos de Milán, y en los días más nublados de invierno ni la cara misma de
mis vecinos a unos cuantos metros; pero sobre todo, su cielo no me brinda su
mágico manto de estrellas, de ellas me llegan sólo pabilos en extinción. Soy muy
terco: me cuesta trabajo convencerme de que mi vida ha dado un gran salto de
calidad.
(José E. Briceño B. )
BREVE ANTOLOGIA
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Uno de los
trabajos más interesantes que han escrito sobre mi poesía.
Es el de la ensayista y académica uruguaya Mariel Rodés de Clérico. Este trabajo
ha sido publicado por Mundo Latino Americano en enero de este año (2005).
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