Jorge Basadre Grohmann

 

EL TESORO MULTISECULAR

(BASADRE: LA HISTORIA Y LA ÉTICA)


Dedicado a la familia de Jorge Basadre Grohmann


"Evoluciono recordando, para no tropezar"
Alfredo Bryce Echenique 

INTRODUCCIÓN 
Uno de los motivos por los que la vida y obra de Jorge Basadre Grohmann son para mí interesantes desde el punto de vista ético, es sencillamente porque me parece que se trata de uno de los peruanos más sensatos y lúcidos que ha dado el Perú. Su conducta personal, su  vivencia, su experiencia, su posición frente al mundo y los otros, su ethos, no sólo son dignos de estudio, sino una manera genial de entendernos y salvarnos como peruanos. Porque ética significa, en este caso, como veremos, buena salud individual o social. La que se expresa en una armoniosa y fructífera armonía entre su conducta y su visión de la vida. Y no estaba  desligada de una estética, una política, una filosofía, etc, sino unimismada con ellas en su espíritu, en su gran espíritu. 

En este artículo me ocupo de algunos rasgos que creo ver en esa presupuesta ética   basadreana. Dejo por el momento las legítimas discusiones sobre el origen, fundamento y sentidos de la palabra ética (y de la palabra moral asociada a ella). 

Pero como se trata de un historiador, no puedo no empezar este ensayo expresando mi propio unto de vista sobre la historia, el sentido de los estudios históricos, etc. Y su relación con la ética en sentido basadreano, por decirlo así.

LA HISTORIA

¿Qué es historia? Jamás me lo pregunté. Probablemente porque cuando cursaba el primero de secundaria y nos daban la primera noción de historia, la tomé por única y verdadera. Así, toda pregunta, toda sospecha, toda duda sobraban. Y apostaría que ninguno de mis compañeros se hizo esa misma pregunta. En lugar de ello, a pesar de mi ingrata memoria, todavía recuerdo la definición de historia que el profesor respectivo nos obligó a memorizar, desde el primer día de clase: "La historia es la ciencia social que estudia los hechos sociales más importantes ocurridos en la vida de los pueblos, desde la invención de la escritura hasta los tiempos actuales".

De eso se trataba, de memorizar, de repetir una definición ya hecha, ya elaborada (¿por el profesor?). No de preguntar, no de cuestionar y menos de dudar o sospechar. Y sin embargo, la educación superior, es decir, la educación moderna, desescolarizada (no escolástica), sólo empieza cuando el profesor deja de traer a clase las respuestas hechas o los problemas planteados, para hacer lo posible para que los alumnos mismos aprendan a plantearlos por su propia cuenta, y lleguen a incomodar, a molestar con preguntas de todo tipo. Por ejemplo: ¿sirve para algo el curso de historia?, ¿hay una sola definición posible de historia?, ¿qué es la historia?, etc. Y no importa si hay o no respuesta inmediata.

Fue muchos años después, ya fuera de la universidad, gracias a olvidados personajes ( Marx, Gramsci, Lukacs), que comencé a sospechar que lo que implícitamente se me había dado como única noción de historia, en ese lejano primero de secundaria, era solo una entre varias posibles: la historia en sentido académico, la historia como exclusivo conocimiento del pasado, como materia del currículo escolar o universitario, una "ciencia social " que indaga por hechos pretéritos, etc. Pero también está la historia como conciencia, o mejor, como la autoconciencia de sí de un individuo o comunidad, interpretada desde una inevitable perspectiva. Y esto no toma en cuenta la noción escolar: la pluralidad y diferencia de perspectivas y la inevitable presencia del sujeto en el objeto histórico.

La batalla de Angamos, el día de la Independencia, el descubrimiento de América, etc. ¿Para qué conocer esos hechos del pasado si ya pasaron? Respuesta: porque no pasaron justamente, porque están en nosotros, presentes, vivos y actuantes. Más actuantes, más presentes y más vivos mientras más los ignoramos o negamos.

Hace no mucho tiempo un congresista despotricaba (¿cómo no?) contra Francisco Pizarro (mejor dicho, contra lo que queda de él), en un artículo periodístico. Pedía (¿cuándo no?) su cabeza (o la de la estatua de la plaza de armas de Lima). En todo caso, no ocultaba su gran odio a nuestro primer gobernador, que sería inaudito e incomprensible (teniendo en cuenta que el injuriado extremeño está bien muerto hace cerca de quinientos años), si ese odio no fuera tan común entre nosotros. Y si la historia sólo fuera conocimiento académico de hechos muertos. 

¿Por qué tanto odio a un personaje desaparecido hace tantísimo tiempo entonces? Respuesta: porque Pizarro está vivo en el espíritu de dicho congresista, como en el de cualquiera de nosotros. Todos somos Pizarro, decía Pablo Macera, peyorativamente. Yo creo que hay que verlo con más amplitud. Para bien o para mal, nos guste o no nos guste, somos hispanos. Y no sólo en el sentido que somos descendientes de españoles, sino también porque todavía no hemos superado una cierta pre modernidad, que también caracterizaba a los conquistadores y que Jorge Basadre reconoce sin empacho. Aunque en otro sentido (el sentido de la individualidad moderno), los conquistadores ya eran primeros modernos. De ahí que se dice que andaban a caballo entre dos épocas. Pero somos o podemos ser Pizarro también por sus virtudes, que las tenía bien nítidas y ejercitadas.

Sólo hay que hacerlo consciente. Sólo hay que aceptarlo. La historia es eso: conciencia de lo que somos hoy, conciencia del presente, búsqueda de su sentido a través de los datos, de los documentos, de los monumentos y de las huellas del pasado que, por sí solos, nos dicen poco o nada si no los hacemos hablar nosotros mismos. Se interpreta siempre. El mundo es, como decía Arthur Schopenhauer, representación. Sin sujeto no hay objeto histórico. La historia es una especie de psicoanálisis generalizado y no sólo un ejercicio académico puramente mnemotécnico o puramente social.

Fue Kant, contemporáneo de la Revolución Francesa, quien por primera vez "hizo historia" moderna al reflexionar sobre el sentido de ese gran acontecimiento mundial, en el mismo instante en que ocurrían los hechos, rememorado por Michel Foucault ("¿Qué es el iluminismo?"). La historia como conocimiento del presente a través del pasado, del espacio y del tiempo pasado cuyo resultado somos nosotros hoy y aquí y sin el cual somos más o menos irreconocibles. 

Sólo el hombre tiene historia y no naturaleza, es decir, algo hecho de una vez y para siempre. Sólo el hombre es producto de su espacio y de su tiempo, de su historia y está impregnado por ella. Para ser más exactos, el hombre "no es" sino que se está haciendo a cada paso. Porque es un proceso: el proceso de sus actos. Y por eso necesita rememorar, reconstruir, reinventar el pasado para conocerse y ser libre, para proyectarse creativamente hacia el futuro en la búsqueda, tal vez vana, de salud y trascendencia. 

Porque ser libre es, entre otras muchas nociones de libertad, "conocimiento de la necesidad". Y la primera necesidad del hombre es, precisamente, la de conocerse a sí mismo examinando su pasado. Para no tropezar.


LA ÉTICA 

Tratamos de ser más específicos al referirnos a la ética con respecto a Basadre. Para eso intentamos describir algunos de sus rasgos. Ya mencionamos la armonía entre la vida y la obra de este infrecuente peruano. Además hay que entender dicha ética como la adopción autónoma de unos principios, se trate de una conducta humana individual o colectiva, (los colectivos también son personas para Basadre: por ejemplo Arequipa es un "caudillo colectivo"). Al respecto, en una de las últimas entrevistas que le hicieron, dicha ética se manifiesta con toda claridad: "A la larga, lo que importa, en la vida y en la obra, es ser uno leal consigo mismo, proceder de acuerdo con el fondo insobornable que todos llevamos adentro". Este es un principio fundamental y sin él, ¿de qué vale todo lo demás?. E insistiendo más adelante en la misma idea, Basadre agrega: "La única defensa que debemos tener frente a todas las amenazas y peligros es no derrumbar la lealtad. Pero la lealtad del hombre consigo mismo. Y saber defender su propia dignidad". Creemos que esto es la esencia de una ética en sentido moderno, y es también, sin contradicción, la ética de nuestro ilustre historiador. En resumen: lealtad con uno mismo y sentido de la dignidad. 

Es el caso de un individuo maduro e inteligente que concilia su interés personal con el interés colectivo. Basadre está fundido totalmente con el Perú, con su tierra y con su historia; en él lo más íntimo es también social, lo más social es lo más personal. Por eso cuando en la ancianidad sabe que no verá la tierra prometida, el Perú de su deseo, a Basadre le apena de verdad porque le duele personalmente el Perú, todo el Perú, el Perú completo. Sabe que "la promesa peruana" no será cumplida mientras viva. "Con la Independencia, la promesa fue de libertad, de igualdad, de bienestar colectivo", decía él. Esa promesa de desarrollo, de democracia, de modernidad integral, como afirmaba Basadre, no se ha cumplido todavía. "Esta República decimonónica tropieza con innumerables escollos". 

¿Por qué no se ha cumplido "la promesa de la vida peruana"? Una razón general, un "escollo" principal, es que, como dice Octavio Paz, hablando especialmente de Méjico y Perú, con la Independencia se pretendió una doble ruptura: con España (ruptura política) y con el pasado pre moderno que ella representaba en ese momento (ruptura cultural), el afán de modernización. Las élites apostaron por la modernidad político jurídica; pero las sociedades seguían tal cual fueron antes de la Independencia. La negación de nuestra obvia raíz hispánica hizo que en cierta manera nos quedemos sin pasado, auto aislados, una vez más, en eso que creíamos nuestra única verdadera raíz, la andina, "el falso nosotros" (Fernando de Trazegnies); sin la otra mitad de la identidad por decirlo así. Sin negar otras identidades que enriquecieron el Perú después. 

Pensamos tal vez que al emanciparnos políticamente de España superaríamos el pasado español. Creyendo que se puede superar el pasado con sólo quererlo, con sólo negarlo, sin conocerlo y reconocerlo. No reparamos, quizá, que el pasado -la herencia hispánica- estaba desde la Conquista en nosotros mismos y para siempre. Al romper políticamente con la metrópoli, se creyó necesario romper con la hispanidad, dejar de ser hispanos, dejar de ser nosotros mismos. Y de ahí la negación o la reducción de la identidad, de ahí un cierto indigenismo resentido que niega su propio espíritu, en su propia lengua. Y no es indígena sino mestizo y urbano. Lo que hay que negar-superar es, sin embargo, la pre modernidad, no la hispanidad o la occidentalidad. Nadie escoge sus raíces. 

Aquí tiene que ver mucho la Leyenda Negra anti hispánica, que Basadre denunció expresa y claramente: "La leyenda negra acerca de la obra de España en América tuvo su origen en Las Casas y otros intérpretes humanitaristas de la bula del Papa Alejandro sobre los territorios americanos (…). Los panfletos de Las Casas, propagados por Benzoni en Europa durante el siglo XVI y por otros en los siglos siguientes, alcanzaron luego eco universal. Algo que podía haberse considerado como virtud del carácter español -la capacidad para anhelar lo mejor, el descontento ante la realidad imperfecta, la franqueza en la crítica- sirvieron para afrenta de ese país. Otros realizaron empresas de rapiña que no fueron ciertamente modelos de escrupulosidad; pero en su propia patria no hubo quienes los anatemizaran con elocuencia y obstinación semejantes" ("La multitud, la ciudad y el campo en la historia del Perú", pag. 252). Y hay que recordar la posición de Borges frente a Las Casas en "Historia universal de la infamia": "En 1517 el padre Bartolomé de Las Casas tuvo mucha piedad de los indios que se extenuaban en los infiernos de las minas de oro antillanas, y recomendó al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaban en los infiernos de las minas de oro antillanas". 

Pero volviendo al tema de la promesa incumplida, Basadre no sólo coincide con el poeta mejicano. Utiliza casi los mismos términos: "Hemos tenido, y más de una vez en América Latina, características sólo formales o discontinuas en varias instituciones que debieron ser representativas. Esta realidad visible con intermitencias podría recibir el nombre de cosmética y se puede desenmascarar el antagonismo que más de una vez, hubo entre los conceptos políticos y culturales sacros para las elites modernizantes, de un lado; y, por otra parte, la naturaleza "premoderna" allá en el fondo de nuestras sociedades a las cuales ellos fueron transportados". ("Conversaciones con Basadre", Pablo Macera)

Lamentablemente, una República democrática no puede ser sólo formal y encima discontinua, y seguir considerándose República democrática. Porque lo que anuncia la democracia verdadera, es justo la continuidad, la estabilidad. Esa contradicción no se ha resuelto todavía en Hispanoamérica, salvo tal vez los casos de Chile y Costa Rica. Sin embargo, ni la más cruda realidad logra amenguar la fe de Basadre en el Perú "dulce y cruel", como lo llamó esa vez en el CADE de Tacna. "La esperanza más honda, dijo un año antes de morir, es la que sale del fondo de la desesperación" (…) "Una comunidad histórica que, como ésta, tiene el tesoro multisecular (…) y ha erigido Cusco y Machu Picchu cuyas piedras no parecen antiguas sino eternas y ha construido además Arequipa y la ha sabido restaurar, no puede ser una tierra maldita", (entrevista con Patricio Ricketss).

Por eso es que, en nuestra hipótesis, los valores individuales de Basadre no se diferencian mucho de los valores asumidos por las sociedades modernas o en busca de modernidad: la libertad, la democracia, la solidaridad, la igualdad, la tolerancia, como condiciones fundamentales para el desarrollo integral del ser peruano. Sin que eso le reste singularidad a la obra o a la personalidad de nuestro historiador y si trocamos la palabra solidaridad por la de caridad, que él prefirió usar. Es la ética en sentido moderno, que no es incompatible con un genuino sentimiento cristiano. Y Basadre es un hombre moderno por excelencia, un demócrata republicano de verdad, -algo poco frecuente también en el Perú. Eso lo hace precisamente singular y lo acerca mucho a don José Luis Bustamante. Y la democracia es el sistema que permite la convivencia de los diferentes, de los distintos, de los singulares y únicos, es decir, de las personas humanas que viven en sociedad..

¿Un republicano de verdad? Si, porque existen muchas repúblicas cuyos habitantes no tienen mucha idea de qué es ser un republicano y cuál el sentido de la República como sistema jurídico político. Pensamos que un republicano de verdad puede ser alguien que, cualquiera que sea su actividad, vive apasionadamente interesado en la cosa pública, en la res-pública, porque tiene verdadera conciencia de su importancia. Todo cabe menos el desinterés. "Un país robusto, decía Basadre, necesita una juventud entusiasta para sentir un íntimo asco ante toda falsificación de valores, con voluntad de construcción inteligente y honestamente inteligente, con pudor de lo que hace y de lo que dice, inspirado en la dignidad cívica sin la cual una República no merece ese nombre". Es una frase que dijo también en CADE 1979, en su Tacna natal. Y vaya que tenía autoridad moral de sobra para decirla. 

Y como la ética se plasma en la acción, en la conducta, se requiere de la educación, (la concepción, el estilo educativo), o tal vez habría que decir autoeducación. Porque si la ética es algo, es auto educación: me refiero a la segunda educación; la que nos damos nosotros mismos. Y, como la educación, también es un asunto de medios y fines: "Hoy el objetivo educacional, sostenía Basadre, debe ser la formación del ciudadano auténtico; y habría que agregar el objetivo concreto de seleccionar y especializar cuadros jóvenes capaces sin ninguna discriminación de clase, sobre todo para estimular en ellos las investigaciones en el campo de las humanidades, de la ciencias y de la tecnología" (id.)

La investigación en el campo de las Humanidades no existe en la mayoría de Universidades regionales, que se han tecnocratizado en la forma, aunque se mantiene predominante el espíritu escolástico: dogmático, autoritario, básicamente memorístico. Y tal vez por eso Basadre coloca en primer lugar las investigaciones en Humanidades. Las Humanidades renacieron en el Renacimiento (valga la redundancia), precisamente contra la concepción escolástica de la educación. Galileo fue uno de los primeros combatientes antiescolásticos. Sin embargo, en nuestro medio se le da, de palabra, gran importancia a la ciencia y a la tecnología. Pero a juzgar por los resultados educativos, lo que está faltando precisamente es escuchar a Basadre: que vuelvan las Humanidades de calidad, ahora excepcionales. Porque no se puede ser un buen especialista sin ser un humanista, al menos en historia, en derecho, en ciencias sociales, en educación, en arte y literatura y, con buena razón, en filosofía. 

La ética en Basadre se puede extraer de sus dichos explícitos e implícitos, como de sus actos. Y es fácil ver que Basadre es consistente y coherente como pocos. En realidad es un hombre muy raro, aquí y en todas partes. Esa ética no sale de ningún dogma religioso, obligatorio e impuesto, sino de su propia historia peruana en sus circunstancias específicas. Siendo su principal preocupación, por ello, el hombre concreto, el hombre peruano en su historia concreta. De otra manera Basadre no pondría como principal fin educativo "la formación del ciudadano auténtico", un ideal más bien moderno, laico, secular, republicano y democrático. ¿Y cómo podría ser de otra manera? Un hombre que ha descubierto o recreado en sí mismo el estado de singularidad sin negar su sociabilidad, ¿cómo podría, sin juicio crítico alguno, seguir las reglas de una secta, un partido, una tribu, una camarilla, etc?. 

Pero, ¿quién es el ciudadano auténtico? Podría responderse que el habitante libre e igual, que ha aprendido a convivir con otros ciudadanos libres e iguales en ese "espacio antropocéntrico", que llamamos ciudad, civitas (Fernando Savater). Y de ahí lo de civilizado y de ahí lo de ciudadanía, (sin insinuar una sinonimia). Luego, no se es verdaderamente ciudadano por simples y cuantitativas razones cronológicas, sino cuando se ha aprendido a convivir con los otros ciudadanos en la ciudad. . 

Basadre concibe, aunque no siempre sea expresamente, una ética que se plantea finalidades de salud colectiva a través de unos "derechos inalienables" y un "repertorio de deberes". La palabra salud entendida en el sentido más amplio posible, en este caso. Por eso sueña con un país robusto, con un país sano: "Un país sano necesita ofrecer a su propia juventud perspectivas amplias, posibilidades abiertas, colaboración efectiva en el quehacer común. De modo que el problema no es sólo de progreso material, de reformas sociales, de organización estatal. Es también de renovación de valores, de fervor espiritual, de capacidad de entusiasmo, de mística colectiva" (CADE Tacna). Y es que la cura histórica es cura sicológica: reconocer lo que se es plenamente. Ojo: Basadre no dice que defendamos los valores tradicionales, sino que los renovemos. 

Historia es interpretación y no sólo recolección de datos y elaboración de monografías. Historia es conciencia del presente y no sólo recuento del pasado. Y conciencia es espíritu… no naturaleza. Y así se da el cambio como remedio y se dará si se quiere de verdad ese cambio, tanto en el inconsciente personal como en el colectivo, según la idea de Jung. Un remedio que afecta todo el ser. Y así empezó la gran Revolución francesa, según Basadre: "Aquella gran Revolución proviene de una doble toma de conciencia de las elites, efectuada a través de un largo camino. Conciencia de su autonomía (…). Conciencia unánime mediante la cual la nobleza desempeña un papel de iniciadora y de educadora y que se expande a la riqueza, a la propiedad y el talento. Eso fue la Revolución de las Luces". De ahí que lo de la "toma de conciencia" haya que tomarlo en serio. 

Basadre no deja de pensar en la salud del Perú. Podemos deducirlo, por ejemplo, de su relevante concepto de patria y el papel de la compatibilidad en ese concepto. Compatibilidad que, como valor ético, es la "única credencial" que él demanda: "Soy un peruano más que entiende el sentido de la patria como un conjunto de derechos inalienables y al mismo tiempo como un repertorio de deberes a través de una inmensa diversidad de actividades, cada una de las cuales necesita ser compatible con la legítima existencia de todos. Interrogaré, con esa única credencial, si hay un camino viable para el Perú, no en un futuro impreciso, sino en los días y años inmediatos, es decir, si existe la factibilidad para que nuestros hijos, los hijos de todos, vivan mejor que nosotros". 

"Vivir mejor" es un fin ético general y esencial, un asunto de salud. Pero además, la romana preocupación de Basadre por las cadenas de generaciones futuras es prueba de su nobleza. Y nobleza es virtud. Y, virtud (cuyo prefijo latino "vir" significa fuerza o potencia), es otro nombre para la salud. Un punto aleccionador respecto del tema de la salud, extraído de la obra de Basadre, puede ser nuestro complejo problema de identidad, por ejemplo. La genealogía de ese complejo, su desconstrucción, su descodificación, su hermenéutica, el primer paso para "simplificarlo" y hacerlo resoluble. A saber: una mayoría se identifica con una de la fuentes de identidad (la andina) aunque no sin un sentimiento de vergüenza (por así llamarlo). Y a la vez rechaza la otra fuente (la hispana), llegando a negarla. Hemos escuchado a profesores de ciencias sociales negar su occidentalidad, como si lo hispano no fuera occidental y europeo y además predominante, dadas las circunstancias de la Conquista. Y como si ellos no fueran hispanos. Muy pocos peruanos ven el asunto, por ejemplo, con la sensatez de un Fernando de Szyzslo: " De mis padres descubrí que uno hereda la raza con la sangre, pero la identidad la hereda con la cultura". Y tenemos estructuras mentales griegas y latinas, religión cristiana, lengua europea, y todo eso es occidental y esencial en nuestra identidad. ¿Por qué y cómo se produce, entonces, el rechazo de la propia identidad? 

Lo cierto es que Basadre no está en absoluto en esa mayoría. Es más bien, en relación con ella, como un filósofo griego en una cantina llena de beodos. No tiene defectos típicamente peruanos y sus bizarras virtudes son más bien occidentales o universales. Y también porque no pertenece a grupos. Es un auténtico independiente, a pesar del terrible deterioro político de esta palabra. : "No estoy al servicio de ningún partido, de ningún caudillo, de ningún grupo o camarilla, de ninguna clase social. Nunca he pretendido ser un apóstol; pero siempre he aspirado a ser un hombre justo. Mi independencia me ha deparado pagar muchas veces el precio de la soledad o de las humillaciones, pero no la cambiaría por nada". Y no se hable de individualismo en este caso; dudamos que algún peruano haya tenido tanto sentido social en toda la historia de la República. 

Ocurre que Basadre era, como el mismo se consideraba, un francotirador. Siempre lo fue. Eso pasa cuando se mira el mundo a partir de la propia singularidad y cuando hay una sensibilidad y unos sentimientos como los de Basadre. Eso le pasó por estar sólo y delante de todos. Eso le pasa a quien no tiene ninguna tarea ideológica, partidaria o religiosa que cumplir, ninguna misión: salvo la de decir lo que es, tal cual es. ¿Cuántos en el Perú pueden jactarse de algo así?, ¿de ser consecuente y coherentemente modernos, republicanos y democráticos, en un país que tanto lo necesita? Es revelador y conmovedor cuando él explica ese espíritu por su lugar de nacimiento, por su condición de tacneño totalmente confundido con su tierra: "En mi tierra nunca han existido gamonalismo ni latifundismo. Era el pueblo consciente que salía a las calles a defender lo suyo. Al respecto, un célebre historiador inglés, en su obra "Bandits" (un libro sobre los rebeldes), enfoca el sector de la clase popular tacneña. Dice que allí nunca hubo opresión. Y sobresalió la pequeña propiedad solventada por un grado interesante de alfabetismo. Una forma sólida de conciencia social"

Tomaba del socialismo y del liberalismo lo mejor de ambos y no se le puede considerar ni una cosa ni la otra, aunque nadie puede negar que era un demócrata y amaba la libertad tanto como le inquietaba la cuestión social, que para él era una cuestión de Estado. Un heterodoxo casi siempre adopta la posición de franco tirador, pues francotirador significa también no pertenencia, sentido de la distancia y necesidad de soledad para la meditación… o la buena puntería. Y porque la soledad no tiene nada de reprobable. Basadre no era de izquierda, ni de derecha, ni de centro, pero tenía todo lo rescatable de todos. No era, sin embargo, un imposible híbrido de todo ello. Solamente era él mismo.

Como las águilas y a diferencia de los cuervos, andaba solo y era hasta cierto punto un marginal: "Existían en ese tiempo muchos grupos intelectuales", cuenta en una entrevista; para agregar más adelante: "cometí el delito de no pertenecer a ninguno de ellos. A ninguna mafia. A ninguna camarilla. Razón por la cual fueron más los que levantaron el palo para pegarme y los que fueron mis amigos optaron por no defenderme". Y cuando un periodista le pregunta por dichos enemigos, Basadre responde: "He tenido muchos enemigos en mi existencia. Y para explicarse mejor agrega: "Era huérfano, pobre y provinciano. Tuve como dicen algunos, que luchar desde abajo. Luchar contra todos los obstáculos y derribarlos uno a uno". Esto también es ético, pero no porque tiene que ver con la bondad y menos con la bonhomía, sino con la lucha, el esfuerzo y la potencia, como dijimos antes. Y salud es fuerza y potencia.

Pero a pesar de los maltratos, la envidia y la soledad en ideas y sentimientos, Basadre puede ser situado en las antípodas de una visión resentida y satanizada de la historia peruana. En este punto Basadre era más bien, como pocos, un garcilacista, un reconocedor y admirador del mestizaje y, en consecuencia, el más autorizado crítico de la "Leyenda negra", un reivindicador lúcido y sereno de lo que somos realmente, sin resentimiento ni racismo: mestizos. "Pero a pesar de todo, aún en las horas iniciales, hay un proceso de contacto entre españoles e indios, y yo decía conversando con usted el otro día extraoficialmente, que el segundo gobernante del Perú fue un mestizo: Diego de Almagro el Mozo, hijo de Diego de Almagro y una india. Entonces los almagristas no tuvieron asco racial ante este mozalbete" ("Conversaciones con Basadre", Pablo Macera). 

Creo que está diciendo que ni siquiera los denostados conquistadores tuvieron rechazo a la raza indígena, lo que es evidente (sino, no estaríamos aquí), como sí ocurrió entre los puritanos de América del Norte. Y si tenemos en cuenta la época, (siglo XVI), el mérito es que esa actitud se puede considerar increíblemente progresiva. Y si además recordamos que todavía en nuestra época hemos visto, con propios ojos, segregación racial oficial en los EEUU y apartheid en Sudáfrica, valoraremos con más equidad la obra de España en América. 

Mientras que el punto de vista tradicional trata a los conquistadores como un costal de feos y despreciables defectos, sin ninguna virtud, Basadre tiene en cuenta más bien sus ventajas históricas y personales frente a las huestes de los incas, especialmente el sentido de individualidad, exclusivo de la modernidad, y la organización militar: "En general, las huestes de España estuvieron siempre más cerca del estilo griego que del asiático de grandes masas: su mayor excelencia bélica han sido los tercios poco numerosos, fáciles de gobernar, donde cada soldado era una persona y no un número, dirigido por su capitán. En aquella época, más que en la nuestra, que ha creado al hombre colectivo, se daba mayor valor al hombre aislado. Y para ser soldado no sólo se necesitaba la edad y ciertas medidas corporales mínimas como ahora: el peso y manejo de las armas, la esgrima con su largo aprendizaje, los azares de la vida aventurera efectuaban una selección rigurosa. Pizarro hizo varias selecciones más; en la isla del Gallo, en el tránsito a Cajamarca" (ob. Cit.). 

En esa frase no hay ni rastro del resentimiento con el que muchos peruanos hablan de sus abuelos: los conquistadores españoles. Leyendo a Basadre uno puede curar ese resentimiento, porque gracias a él se puede comenzar a comprenderlos plenamente y, por tanto, a aceptarlos auténticamente como parte de nosotros mismos; es decir, a disolver, a desaparecer ese resentimiento en aras de la salud sicológica que es también física y social. Y ésta preocupación por la salud social es, a mi manera de ver, lo esencial en la obra de Basadre: la realización integral del hombre peruano: "Aunque es tan rico y tan complejo el pasado del Perú, señala él, lo que importa sobre todo no es lo que fuimos sino lo que pudiéramos ser (…) si de veras lo quisiéramos", (Discurso de CADE 1979). Basadre es un historiador y como tal un estudioso del pasado, pero su preocupación esencial es, como se ve, por el futuro, "si de veras lo quisiéramos". Y por eso fue también un eminentísimo bibliotecario y restaurador, con más de una reminiscencia con Jorge Luis Borges. Sólo que, en vez de ceguera sublime, tenía una potente y sobria vista de águila. 

La obra de Basadre es probablemente la única que puede llevarnos a entender las dificultades para aceptar lo que somos y hacer posible, de esta manera, lo que queremos ser. Típico problema de salud, que es en el fondo problema de sentido, de ubicación y finalidad de la existencia. ¿Por qué un niño peruano mestizo, de escuela fiscal, se puede identificar con Cahuide (en la toma de Sacsayhuamán y no con los conquistadores españoles, a pesar que estos también fueron muy valientes y también están en nosotros y en el alma y la sangre de ese niño, tanto como Cahuide y sus compañeros? ¿Qué es lo que impide que un peruano se acepte como es y no reconozca todas sus sangres, plenamente?

Respuesta: entre otras cosas, un rechazo más fabricado que fundado en la realidad: la Leyenda Negra que Basadre ha denunciado con contundencia. Un profundo y secular resentimiento eficazmente construido. Ninguna conquista ha vuelto resentidos durante siglos a sus herederos, como ha ocurrido en Méjico y Perú, por ejemplo. Y eso ocurre sencillamente por echarle la culpa a los conquistadores y no a quien satanizó su imagen ante la opinión mundial, con tal eficacia, que la Leyenda Negra parece eterna y por mitificar el incanato. Por eso Basadre sostenía: "la Leyenda Negra sigue viva en el mundo". Mientras la historia real permanece enterrada en sus libros (o los de Raúl Porras, o los de Emilio Romero, o los de Vladimiro Bermejo, etc), sin que ni siquiera los escolares los lean.

EPÍLOGO 

Dejando de lado las ceremonias de conmemoración, los nombres de instituciones, calles o billetes, que han tomado su nombre, nos atrevemos a preguntar: ¿qué significa que no se lea la obra de Basadre ni en su propia ciudad, salvo por excepción, siendo Basadre el más importante historiador del Perú?. Lo duro es saber que eso no ocurre solamente por el espantoso índice de lectura que nos caracteriza (y que la UNESCO ha tenido el "descaro" de publicar); además de la indolencia, la desidia o indiferencia que también nos caracteriza cuando se trata de asuntos culturales: no es sólo eso. Me refiero a la respuesta que da Basadre a una precisa pregunta de Patricio Ricketts:

- ¿Siente que ha llegado a las generaciones que como maestro cultivó en la universidad?
- Desgraciadamente no. Y fueron mis enemigos los que congelaron mi comunicación con la gente joven.

Y por eso, sin ser una "tierra maldita", somos poco razonables al dar máxima importancia a lo que no tiene casi nada, y nada a los que es fundamental, como comentaba Rusell Ackoff alguna vez en la ESAN celebrando sus ochenta años, ("Caretas"). Y hablaba de países como el Perú justamente. Y por eso vamos de tropiezo en tropiezo; porque como se evoluciona recordando para no tropezar y no queremos recordar, no queremos enterarnos de nuestra auténtica historia, seguimos manteniendo congelado a Jorge Basadre Grohmann. Trabajamos para sus enemigos -contra nosotros mismos. 

Y quizá lo único que le importaría a Basadre, si estuviera todavía por ahí, es si lo leemos o no. Y no por razones de vanidad o reconocimiento, sino por el beneficio que reportan los conocimientos históricos cuando están elaborados así como Basadre los elaboró, con tanta fuerza y capacidad. ¿Quién más que él para conocer las necesidades del país que tanto amó? No leer a Basadre es hacer el juego a sus abominables congeladores que lo aislaron culturalmente de los jóvenes. Así convertimos en absurdo su apasionado y espléndido esfuerzo. No por eso menos heroico, en un sentido a la vez más profundo y más íntimo. 

Por eso propongo que analicemos los sentidos y las raíces del término "héroe" y ver si le es aplicable a nuestro ilustre, aunque míseramente leído, historiador. Personalmente creo que sí, que Basadre es uno de nuestros héroes más actuales y vivientes, un héroe de nuestro tiempo. 


El franco tirador. 
G.M.


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