[Crónicas-desde-Lima] 
 Con lentes oscuros y lentejuelas  (EXILIO DORADO)

*Con lentes oscuros y lentejuelas*

Parece muy sencillo eso de "la salida es por la otra puerta", pero cuado  tienes que atravesar un muro formado por infinidad de mujeres en minifalda, aligeradas de ropa,  escotadas hasta la desvergüenza y entusiastamente alteradas por el  alcohol y por la cadencia sensual de la música latina, eso se convierte 
en una tarea gigante, faraónica y titánica, más aún si al lado de cada  uno de esos monumentos al pecado se contornea un prójimo demasiado próximo y con las hormonas revueltas como para entender que yo, sereno como un mártir y dueño y señor de mis impulsos, no era un libinidoso malintencionado que aprovecha las ocasiones que los oportunistas  capturan sino una pobre víctima de mi volumen desplazándose torpemente  por los intersticios de los cuerpos que en la pista de baile se  deshidrataban
llamativos y provocadores.

Ahora comprendo al pobre  Ulises amarrado al palo mayor de su nave para que los cantos de la  sirenas no lo arrastraran al mar; así yo, amarrado al mástil de mi  conciencia (eufemismo maravilloso que alude a un vulgar instinto de  supervivencia) evité que las sirenas bípedas que frente a mí se alzaban  e tentaran y me arrastraran al mar tenebroso de los celos latinos.

Así  que atravesé la muralla humana con el heroico e inútil estoicismo de Leónidas en las Termópilas, y llegué a las puertas de vidrio como quien llega a la playa con el penúltimo suspiro, superando al espartano, sobreviviendo.

Pensé que allí terminaba la historia. Se abría ante mí  una especie de pequeña explanada donde una docena de fumadores  empedernidos agotaban los cigarrillos que llevaban a la boca con el  apuro del que, sabiéndose necesitado de la nicotina y el alquitrán que  envenenan generosamente sus pulmones, se siente atraído por una fuerza  aún mayor y ansía regresar al centro de la pista de baile donde las canciones pegajosas y melodramáticas lo esperan ansiosas.

Allí,  frente al mar, a las puertas del Caribe, bajo un cielo hermoso y  despejado, rodeado de vegetación y mirando la ciudad enorme y toda  iluminada como en una postal de esas que ya nadie envía, me sentí seguro. Había logrado pasar la barrera humana que me separaba de la libertad y me disponía a partir rumbo al automóvil que me esperaba para conducirme, sereno y ligero, a la cama que mi cansancio evocaba  nostálgico. Pero fue un espejismo.

Sí, un espejismo, con su desengaño,  su desencanto, su frustración y su sorpresa. Como el caminante que ha atravesado el desierto y cree, con delusión, persuadido por la sed y la  fatiga, que allá, a los pocos metros, se eleva un oasis abundante en  frutas y agua cristalina, así yo, engañado por mi desesperación, después de haber soportado los diez mil decibeles de la música latina, pensé, creí o imaginé, que había llegado al paraíso terrenal, liberado  de la atronadora banda sonora del interior y del cúmulo de debilidades  que me acosaban. ¡Cruel error!, ¡pérfido engaño! Fui víctima de mí  mismo y me hallé en medio de un infierno aún mayor a mi mayor pesadilla.

Unos metros más allá de la explanada, dando una vuelta a la  derecha, como quien bordea el local de la discoteca, me encontré con un espacio más grande, al aire libre, que ocupaban varios cientos de jóvenes, más jóvenes aún que los que se hallaban bailando los ritmos  tropicales. Describir el lugar es tratar de describir el caos, pero haré el intento. 

El espacio era un inmenso rectángulo en cuyos lados más largos se levantaban carpas, toldos, pabellones y tendales, separados unos de otros por biombos que, sin  embargo, no ocultaban por completo el interior. Allá adentro se acumulaban las sillas, los sillones, las poltronas, los sofás y las hamacas, de los más variados colores y formas.

Mesitas, velas, lámparas y ceniceros decoraban los espacios y todo parecía ante mis ojos como una de esas grandes tiendas árabes donde, en medio del desierto, se hallan las más hermosas huríes degustando las más sabrosas frutas y esperando, holgadas, tiernas, despreocupadas y deliciosas, al jeque poderoso que viene a relajarse de sus guerras en batallas más amables. Al fondo, en uno de los extremos más cortos del cuadrilátero, se abría un espacio mayor, como un gran ambiente donde los muebles desordenadamente colocados permitían que pequeños grupos se reunieran quién sabe a qué, porque conversar, no  conversaban, sencillamente tomaban licor, se apelmazaban unos a otros y seguían el ritmo de la música, si a eso se le pudiera llamar música,  haciendo uno que otro movimiento con la cabeza que los demás parecían  entender como en un lenguaje cifrado que quedó fuera de mis posibilidades.

Irónicamente, el sonido, que el viento marino alejaba  de esa explanada donde por un instante hallé la paz, era en esta nueva  Gomorra atronador, absolutamente insoportable. No sabría decir de qué  género musical se trataba pero en consultas posteriores todos los  interrogados por mí han coincidido en que seguramente se trataba de  música electrónica. ¿Cómo lograron deducirlo? Al parecer por los  lentes oscuros que la mitad de los concurrentes llevaban puesto. A mí  me extrañó. Me pregunté si habría un eclipse a medianoche o si los  reflectores eran tan potentes que exigían anteojos para proteger a los jóvenes que allí bailaban, pero no. Varios me  han explicado inútilmente —ya estoy demasiado viejo para entender esas cosas— no sé  qué relación que existe en esa triada inseparable que conforman la  música electrónica, el éxtasis y los lentes oscuros.

Al centro,  inmenso, llamativo, lleno de personas alrededor, estaba el bar. No era una barra, eran cuatro barras que formaban un cuadrado dentro del cuadrilátero donde sucedía todo. Dentro, una serie de sujetos, jóvenes  e hiperactivos, se exigían sirviendo una cantidad de tragos  impresionante. Había una caja donde se cobraba por cada bebida que se  pedía y una multitud frenética se agolpaba casi reclamando a gritos un  *cubalibre*, un *güisqui*, un *daikiri*, un *apelmartini*, un  *quéséyoqué*. Los *bartenders* se esmeraban y cumplían con todos los  parroquianos que allí rendían pobre tributo a Baco. 

¿Qué decir de las  chicas? Escandalosamente jóvenes y espantosamente atractivas, el diablo  mismo las había puesto allí para tentar al más templado de los castos  con sus movimientos ávidos, descontrolados, epilépticos; no eran los  insinuantes deslizamientos de quienes bailaban música latina, no, acá  no había sensualidad, no había seducción, no había nada que se  pareciera al cortejo de los animales que se reproducen en decenas de  bailes alrededor del mundo. Esto era directo, sin cortapisas, sin  rodeos, sin remilgos tercermundistas, sin apariencias, sin lugar para  el *no-creas-que-siempre-soy-así* que caracteriza a nuestras mujeres.  

Acá el asunto era franco y directo, tan directo como los brazos de  ellos rodeándolas sin vergüenza, los besos apasionados, las caricias públicas y los muebles que sin discreción alguna recibían los cuerpos de los que hace rato extrañaban la acompañada soledad de dos entre  cuatro paredes.

Sin embargo, eso no fue lo más interesante. Algo  había más poderoso que esos bailes y esas chicas, algo llamaba más la  atención de todos los que a esa hora aún teníamos la lucidez necesaria  como para perderla. En cada uno de los lados del cuadrado que formaba  la barra se hallaba, trepada, una muchacha. Ninguna tendría más de  veinticinco años y todas seguían el ritmo rabioso, delirante y enardecido de esa música sintetizada. 

Vestían o, mejor dicho,  desvestían unos diminutos bikinis adornados con lentejuelas que brillaban al contacto con la infinidad de luces que iban y venían lastimándolo todo con su colorido psicodélico y extravagante. Los movimientos de las muchachas eran intensos, tanto y tan bien realizados, que decidí que era el momento preciso para emprender la huída en nombre de una reputación que aún no termino de arruinar.

Pasé por entre sujetos extraños, sujetas extrañables, distraídos, distrayentes y advenedizos. Alcancé el marco de la puerta no sin antes sortear un grupo delirante de individuos que saltaban alrededor de una tarima que sostenía una batería que atronaba al arrítmico ritmo de la música. Un guardia, que me esperaba allí, me miró casi con compasión y  me dijo: "buenas noches".

Diez minutos después dormía bajo el amparo  de mis sábanas…

José Luis Mejía: 
pepemejia@hotmail.com

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