“De tal padre tal hijo”
Rosendo y Jorge Huirse: de Puno para Lima y América latina

“Tal para cuál” o en el mejor de los casos: “De tal padre tal hijo”, son las expresiones que muchos usamos para querer entender la actitud o la obra de quienes mantienen afinidad amical o sanguínea. Que los hijos somos el
reflejo de los padres no es un axioma, aunque el departamento  de Puno se encargó de ponerlo en duda; si el maestro Rosendo Huirse Muñoz fue uno de los baluartes del acervo musical altiplánico, su hijo Jorge Huirse Reyes no solo lo corroboró sino que extendió su propio arte a Lima y fue el primero en abrirle las puertas discográficas de América latina a la música peruana.

Rosendo Huirse Muñoz nació el 29 de febrero de 1880 en Santa Rosa, localidad de la provincia puneña de Melgar. Tras estudiar su Primaria en su tierra y la Secundaria en Puno, Rosendo ejerció docencia en Ayaviri, para luego establecerse definitivamente en la capital del departamento con un puesto de empleado público en la Aduana.

Rosendo formó y dirigió Estudiantinas como el Centro Musical Literario Ayaviri, el Centro Musical Puno y la Sociedad Musical Lira Carolina. Asimismo participó en "Bohemia Andina" y en la escenificación de la obra
teatral La noche de San Juan, además de ser Director y propietario del periódico El Eco de Puno.

Finalmente, el maestro falleció el 12 de junio de 1971, a la edad de 91 años, no sin antes dejarnos varias joyas musicales; a él se le adjudica la música del Himno a Puno y entre sus principales obras destacan: Ondas del
Titicaca, Paja Brava, La Fandanguera, Balseros del Titicaca, Anillito de oro y el popular huayno El Picaflor, del que posteriormente trataremos.

Jorge Huirse Reyes
Desde temprana edad, Rosendo empezó a darle forma a la educación  musical de su hijo Jorge Huirse Reyes, nacido el 3 de septiembre de 1914 en la también localidad melgariana de Santa Rosa.

Ya en Lima y durante su adolescencia, recogió las enseñanzas del alemán Hans Ilman y el limeño Cenarro Gonzáles, dándose maña para alcanzar roles protagónicos dentro del ambiente musical y al mismo tiempo, poder solventar los gastos de su subsistencia.

Corrían los años cuarenta y gracias al doctor Arturo Jiménez Borja, Jorge obtiene una beca para seguir estudios en Buenos Aires; es en la capital argentina donde forma un poderoso grupo orquestal que le permite ganar prestigio como pianista, arreglista y director musical.

La temprana muerte de Felipe Pinglo, ocurrida años atrás, provocó una reacción de popularidad que se extendió por correlación a toda la música costeña. Casi todas las emisoras radiales programaban actuaciones en vivo de solistas y conjuntos que estrenaban a diario, temas de ese género. La exigencia de los oyentes, obligó a viajar a algunos intérpretes a Chile y Argentina, para grabar las canciones que el público exigía. Pese a la popularidad del Tango y el Charlestón, la música criolla vivió quizás su momento más brillante.
 
Jesús Vásquez, Alicia Lizárraga, Luis Abanto Morales y el conjunto Los Trovadores del Perú, integrado por Javier Gonzáles y Oswaldo Campos, fueron los primeros en partir e imprimir en discos de carbón los temas más difundidos de la época; precisamente fue desde 1945 y con el piano de Huirse que se plasmó para el sello Odeón de Buenos Aires lo que representaba la música peruana de entonces, además de hacer cantar lo nuestro a intérpretes foráneos como el porteño Juan Carlos Miranda, el cubano Macucho Pérez, el trío Melodías de América y los dúos Vergara Fleitas y Miranda Ayarza.
Recordemos que antes de Huirse, la música peruana sólo pudo ser grabada en New York- vale resaltar al dúo Montes y Manrique, entre 1911 y 1912- así como en Santiago de Chile- entre la década del 20 y 30 con los Hnos. Alejandro y Rosa Ascoy, Augusto y Elías Azuces, los dúos Salerno y Gamarra, Costa y Monteverde, Espinel Suarez y las recordadas Criollitas.

De Huirse son los valses Aroma Criollo, Un Recuerdo, Quisiera verte siempre, además de las polcas Una Carta Tuya, Adiós Limeña y Ciudad de Lima. Como si fuera poco, compuso las inmortales marineras Montonero Arequipeño y Ciudad del lago.

Lo andino no le fue ajeno para los discos de 78 revoluciones ya que fue el primero en grabar música puneña orquestada, interpretando las composiciones de su padre, así como de Teodoro Valcárcel, Faustino Rodríguez, Mariano Béjar, Eladio Quiroga, Augusto Portugal, Alberto Rivarola y Víctor Cuentas, quienes llevaron la música del altiplano a lo más alto.

También perennizó El Cóndor Pasa, Tomasa, Himno al Sol, Valicha, Cerrito de Huajsapata, Adiós Pueblo De Ayacucho y La Pampa y La Puna, además de Kitulajampi, Huaylas de los comuneros de Viques, Jacuelo, Yau Yau Puka Pulleracha y Penas sobre una melodía cerrena, entre otros.

“De vuelta al barrio”, parafraseando a Pinglo y como dijo Huirse cuando retornó a su patria, funda la Orquesta Sinfónica del distrito limeño de Breña, de vida efímera por falta de fondos y de apoyo, incorporándose al Magisterio musical y luego a la Orquesta de Cámara de la famosa Banda de la Guardia Republicana. Finalmente el maestro muere en Lima en 1992.

De Puno para el mundo
Aunque muchos podrían decir que el alumno superó al maestro, en este caso el hijo al padre, resulta evidente que Rosendo tiene entre sus obras maestras al más cantado huayno de todos los tiempos: El Picaflor, aunque la letra se le adjudica a Carlos Emanuel. “Quisiera ser picaflor / y que tu seas clavel / para chuparte la miel / del capullo de tu boca / Me miras /  te ríes / pero no sabes, ingrata que tengo otra mejor que tú.” La fuga dice: “Esa cintita que bien le queda / en los cabellos de mi cholita / silba, silba silbadorita / cautivadorita”

El huayno se popularizó tanto que hasta nuestros días es posible escucharlo e interpretarse en estilo chuquibambino o cusqueño, aunque la composición original tiene el estilo puneño. La melodía ha sido tergiversada desde un inicio ya que el conjunto Los mensajeros del Perú, con la primera voz de Luis Abanto Morales, la grabó en 1948 con la siguiente fuga: “sobrerito blanco / cintita huajaja, silba silba silbadorita blanca palomita / y así dice mi corazón tic-tac tic tac como el reloj/ y así dice mi corazón / pom pom pom pom como el cañón”

En la década del cincuenta, malos artistas argentinos quisieron apropiarse de su autoría pero El Picaflor se constituyó por algunos años en la puerta de ingreso de limeños, costeños y extranjeros al acervo musical serrano.

Por su parte, Jorge Huirse le dio a los limeños algo que hasta antes de 1944 no había: continuidad en las grabaciones y solo así los grandes de la música nacional llegaron al alma del pueblo. Jorge era cultivado musicalmente por la tierra que lo vio nacer y asimilado musical muy profesionalmente para el cancionero costeño; llevó la música peruana al pueblo argentino y latinoamericano, haciéndola más digerible con sus extraordinarios arreglos que resultaron innovadores para la época.  Definitivamente padre e hijo  hicieron de Puno la región que llevó el acervo musical peruano a todos los confines inimaginables.

Ernesto Toledo Brückmann

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