ORIGENES DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS
di Juan Reyes

 La fiesta del Señor de los Milagros se celebra en el mes octubre en la ciudad de Lima y constituye la  festividad religiosa más multitudinaria del Perú, pues  reune a devotos de todos los estratos sociales en una  magna y unida asamblea.

Está claramente establecido que en el año 1651, un negro esclavo angoleño de la zona de Pachacamilla
 llevado por un superior impulso plasmó en una pared de adobes del local de su cofradía la sagrada efigie del
 Redentor Crucificado para que patrocinara sus  reuniones y les sirviese de guía. Sobre esta versión  la historiadora María Rostworowski presenta una nueva  tesis en su libro Pachacamac y el Señor de los  Milagros.

Como punto de partida se sirve del nombre Pachacamilla, el cual corresponde al de una zona ya desaparecida de Lima, vecina al santuario del Señor de  los Milagros. Según la investigadora, el encomendero  de Pachacamac, Hernán González, tenía trabajando en ese lugar, en calidad de tributarios, a indios oriundos del valle de Lurín. Maria Rostworowski plantea que un siglo antes, los indígenas de  Pachacamac al ser enviados a Lima por su encomendero  habían pintado donde habitaban, la imagen de su dacha,  imagen venerada también por los esclavos negros de Hernán Gonzáles". La frase "un siglo antes" alude al  siglo anterior al gesto de los negros angolas. Ismael  Portal, en su libro Lima Religiosa (Lima, 1924) señala  que en 1655 un terremoto sacudió Lima sin causar daños ni al muro ni a la imagen del Cristo crucificado  pintada en él por los angolas.

 Este hecho prodigioso fue el que dio origen al culto  popular al Señor de los Milagros. Efectivamente, un  día sábado de fecha 13 del año 1655 Lima sufrió un gran sismo, el cual fue seguido en los días  posteriores por temblores de menor intensidad. Pero el  muro con la pintura soportó el rigor del sismo.  La imagen permaneció muchos años en el olvido hasta que fue encontrada por un vecino de la ciudad, Don  Antonio León, quién levantó una pequeña ermita con el muro. La tradición cuenta, que él, lleno de devoción,  pidió al Señor a través de la imagen le sanara de un  mal incurable. Desaparecido este mal, se propagó la  noticia del milagro a lo largo y ancho de la ciudad.

 Después de estos extraordinarios sucesos, la parroquia  de San Marcelo como de San Sebastián quisieron
trasladar el mural a sus parroquias en ambos casos no dio resultados. El Conde de Lemos personalmente rindió  culto a la imagen y acordó con la autoridad  eclesiástica que en definitiva se le venerase en el  mismo lugar para lo cual ordeno inmediatamente se  levantara una ermita provisional.
 
 Siempre con el apoyo de los fieles del lugar la imagen quedó cercada con adobes, lo techaron con esteras y
 levantaron un sencillo altar al pie del Cristo  Crucificado. Una vez terminado estos trabajos se logro  que se oficiara la primera misa ante la sagrada imagen  del Cristo de Pachacamilla, un día lunes 14 de  setiembre de 1671. A está ceremonia religiosa asistió  el Virrey y su señora esposa, altas autoridades  civiles como eclesiásticas y un gran número de vecinos  y devotos.

Después de está primera misa el Virrey y su esposa  continuaron rindiéndole culto a la imagen, aumentando
 así los devotos, que venían desde lejos inclusive,  para conocer y reverenciar a la portentosa imagen del
 mural de Pachacamilla que pronto comenzaron a llamarlo  el Santo Cristo de los Milagros o de las Maravillas.

 El terremoto del 20 de octubre de 1687 produjo  rajaduras y desmoronamientos en la Capilla, pero el  sagrado mural quedó incólume, como muestra de los  designios divinos. Perecieron cerca de 1,300 personas  de las más de 35,000 que conformaban la ciudad. Desde  entonces las tierras inmediatas a Lima en las que se producía excelente y abundante trigo quedaron  inservibles para este cultivo. Nuevamente el muro con  la venerada imagen quedó en pié, confirmándose así el  designio milagroso de ella.

 Las consecuencias devastadoras fueron tan exhaustas  para la ciudad que se acordó por petición del pueblo
 en general, confeccionar una copia al óleo de la  imagen para que recorra las calles de la ciudad en  símbolo de protección.

 Fue así que Sebastián de Antuñano inicio la procesión  con una replica de la imagen, originando así las  tradicionales procesiones de octubre del Señor de los  Milagros de Nazarenas. A partir de ese mismo año se  dio lugar por primera vez, la tradicional procesión,  recorriendo la imagen en andas por las calles limeñas.
 En su primer recorrido llegó hasta la Plaza Mayor, al  Cabildo limeño, donde recibió en ambos lugares  fervorosa pleitesía contando con el acompañamiento de acongojados fieles así como vecinos del lugar. Se tiene la seguridad que aquella replica es la misma que hoy en día nos sigue acompañando en los meses de
 octubre en su recorrido por la gran Lima.

Juan Reyes

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