To be or not to be?
di José Luis Mejía

 
Me temo que la pregunta que Shakespeare puso en los labios de Hamlet sea la que mejor resuma aquello que los peruanos venimos sintiendo frente al cada vez más incierto panorama electoral.   A estas alturas del calendario, con pocos días por delante y frente a las últimas encuestas que pudieron publicarse, esta incertidumbre nace, lamentablemente, de las pocas certezas que rodean el evento.
 
Cada vez parece más improbable el triunfo de alguno de los candidatos en la primera vuelta, así que la disputa final será entre Ollanta Humala y Lourdes Flores o Alan García.   Frente a la progresión de las encuestas ­—siempre falibles­— no resulta muy aventurero pronosticar, en la lucha por el segundo lugar, un probable triunfo de García que viene "en subida" las últimas nueve semanas —­mientras que Flores va "de bajada"—­.   Así, por una sencilla ley física, como lo que sube "tiende a seguir subiendo" y lo que baja "tiende a seguir bajando", salvo que suceda algo que remeza al electorado, me atrevo a decir que se va a repetir el mismo panorama del 2001 cuando García sacó de carrera a Flores en una llegada considerada "de fotografía" (con una diferencia de poco menos de 160,000 votos). Otra vez el APRA ­—experimentado, disciplinado y compacto—­ pareciera haber guardado más aire para el último tramo que Unidad Nacional —dividida, de cara al público, por la lucha sorda en pos de una curul de los diferentes grupos que la componen­—. 
 
Ignoro quiénes son los consejeros de Flores Nano, pero la torpeza con la que se manejan es impresionante.   No aprendieron nada de las elecciones pasadas y se lanzan en la misma carrera suicida con correos insultantes, propaganda alarmista, anuncios apocalípticos y una prensa monocorde que, al unísono, da los mismos gritos desaforados. ¿Qué logran con todo esto? Más rechazo.   La prensa ­—inconsciente o cómplice—­ no ha hecho sino darle más vuelo al ex militar.  En lugar de ignorarlo llenaron sus primeras planas y sus pantallas ­—mientras vendían más ejemplares y ganaban más audiencia—­ con las excentricidades, payasadas, delirios y bravuconadas de la familia Humala.
 
Me conmueve la ingenuidad de algunos que creen que hablándole al pueblo de derechos humanos, democracia y libertad, van a convencerlos de votar por Lourdes Flores.  ¿Qué son los derechos humanos para el campesino que ve morir a su hijo de una sencilla deshidratación o de una infección que pudiera superarse con antibióticos ­si los hubiera en la posta médica de su pueblo olvidado­?, ¿qué significa la democracia para el que vive bajo la tiranía corrupta del alcalde, el juez de paz o el comisario y donde el "estado de derecho" es sencillamente la voluntad del caudillo o del mandamás del lugar?, ¿qué entiende por libertad la mujer encadenada a la esclavitud del analfabetismo, del machismo, del fanatismo y de la ignorancia?
 
Unos muchachos me comentaban que unos pescadores de Ancón les dijeron "gane quien gane, siempre seremos pescadores, por eso vamos a votar por Humala" y sentenciaban "si todos van a robar, mejor que roben los pobres".   Otro me contaba ingenuamente que su papá le había dicho "a la chola" que si votaba por Humala la echaba de la casa... ¿Por quién creen que vote la "trabajadora del hogar" —­muchacha, mucama, empleada, sirvienta—­ que gana ciento veinte dólares al mes, no tiene seguro, se levanta a las seis de la mañana para prepararle el desayuno a "el joven", trabaja todo el día lavando ropa, limpiando la casa, cocinando, y no se acuesta hasta las diez de la noche cuando "la señora" toma su última taza de te con leche?, ¿votará por la señorita Lourdes o por "su" comandante Humala? No seamos ingenuos, con un 54% de los peruanos viviendo bajo la línea de la pobreza es fácil entender por qué Humala ­—con su discurso hueco y racista, resentido y patriotero, incendiario y revanchista, amenazante e inconsistente, pero esperanzador aunque sea un espejismo—­ se encuentra a las puertas de la Casa de Pizarro.
 
"Que el Perú no se detenga" es una frase que oigo repetida por todas partes, "no se puede repartir pobreza, hay que crear riqueza" es otra.   Perdónenme la ingenuidad, pero para la gran mayoría de los peruanos, ¿cuándo empezó a moverse el país?; si nueve de cada diez soles de ayuda humanitaria se malgastan en burocracia, ¿cuándo recibirán, siquiera, las migajas de ese reparto?  
 
Hemos sido incapaces de crear un proyecto político que le dé esperanza a los que ya no soportan más y es tanta la incompetencia de nuestra clase gobernante que Lourdes Flores —a quien la mayoría percibe como la mejor candidata— pasará a la historia como aquélla que lideró las encuestas en dos elecciones consecutivas y no supo llegar ni siquiera a la segunda vuelta.   Paradójicamente, Alan García ­—ese astuto encantador de serpientes­— parece que obtendrá, en el oxidado alambique de nuestra democracia, la única fórmula que lo pudiera poner nuevamente en Palacio: "Humala es peor que yo" será un magnífico eslogan si es que el APRA llega a la segunda vuelta.
 
Estos días que restan antes de las elecciones estarán llenos de acusaciones, insultos, maltratos, traiciones, vendettas y amenazas.   La derecha —desesperada y despechada, indiferente y frívola— mostrará lo peor que tiene y lanzará a sus mastines contra todo y contra todos; ya se escuchará el "indios brutos" que termine de lapidar la candidatura de Flores.   La izquierda reaccionaria —contradictoria e incomprensible como la cuadratura del círculo— mantendrá a Humala jugando el doble papel de víctima y justiciero, de patricio y refundador de la república (aunque no suscriba el ideal republicano); el ex comandante seguirá sin responder preguntas, amenazando, colocándose en la posición del mártir, preparándose para dar el zarpazo apenas "se den las condiciones"; alimentará el orgullo de los humillados y le dirá al pobre que no será más "el plebeyo" de Pinglo ("señor por qué los seres no son de igual valor") sino el arrogante "cobrizo" de Abanto Morales ("cholo soy, y no me compadezcan"). Y el APRA ­—esa derecha de la izquierda, esa izquierda de la derecha, esa ambigua ambigüedad peligrosa— continuará al acecho, cosechando los votos que de uno y otro lado vayan cayendo en medio de la contienda de insultos y amenazas; García seguirá llenando plazas y hablará de "la voluntad de enmienda" y de "los excesos de entusiasmo" del pasado, para mostrarse como el estadista que no es, como el único capaz de sacar el país adelante —­mientras los jóvenes, al ritmo de "reguetón", ignoran por completo que su primer gobierno nos regresó al siglo XIX­—.  
 
Por otro lado, ya es casi una verdad que ninguna agrupación política obtendrá mayoría en el parlamento. Los partidos "grandes" conseguirán, más o menos, un tercio cada uno y el tercio restante se lo dividirán los candidatos de Fujimori, Paniagua y Toledo.   En todo caso, parece que sólo será posible la gobernabilidad si quien asuma la presidencia el 28 de julio consigue una alianza estratégica. ¿O pateará el tablero? 
 
¡Vaya panorama! La lucha por la presidencia del país se libra entre un ex militar golpista, mesiánico y aventurero, un ex presidente incapaz, megalómano e impredecible, y una abogada honesta y eficiente ­—hasta donde sabemos­— que, sin embargo, representa a los egoístas y vanidosos de siempre y no puede sintonizar con el pueblo del cual, aún con pantalones usados y zapatillas, aún bailando huaynitos y tomando cerveza, se halla muy distante.
 
¿Cómo convencemos de la virtud del modelo económico en el que vivimos a las madres de esos 20,000 niños que mueren antes de cumplir un año?   ¿Cómo hacemos entender a los padres de ese millón doscientos mil niños menores de dos años que se encuentran desnutridos que "hay que esperar", que "hay que ser pacientes", que "hay que crear riqueza para repartirla"?   No por gusto 400,000 personas se van cada año del Perú para no volver.  ¿Se nos viene la noche?
 
Muchos ven en mis palabras pesimismo, pero lamentablemente sólo son la constatación —­atroz—­ de nuestra realidad.  Ni mi voto ni los de todos ustedes —que me leen­— decidirán estas elecciones; el pueblo, ese pueblo de dos millones de analfabetos, ese pueblo donde el 74% de los que saben leer no entienden lo que leen, ese pueblo embrutecido con alcohol y fanatismo —­como denunciaba Manuel González Prada hace más de cien años­—, es el que pondrá al presidente que mejor le parezca.   ¿Se equivocará?  Probablemente.  Pero nosotros, hundiéndolo en la ignorancia, robándole sus sueños, condenándolo a su miseria, nos equivocamos primero.  
 
Que no se culpe a otros por nuestros desaciertos.
 
Lima, 4 de abril del año 2006

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