Jorge Eduardo Eielson (1924-2006)

Por Franco Cavagnaro*

Poeta, pintor, novelista, escultor, instalador, crítico, articulista, creador nato, ferviente redactor de cartas a los señores científicos de la NASA solicitando la instalación de una escultura suya en la Luna, Jorge Eduardo Eielson fue eso y mucho más. Para algunos, hasta el día de su muerte acaecida la semana pasada, el poeta peruano vivo más grande, para otros ahora el más grande poeta peruano de todos los tiempos más allá del propio Vallejo o incluso para otros uno de los mayores poetas y artistas latinoamericanos del siglo XX. Las valoraciones son muchas y aquel que diga que tiene la verdad anudada como un quipu está mintiendo.

Jorge Eduardo Eielson nació en Lima (Perú) en 1924, pero tuvo una larga residencia y, como se comprende, dilatado autoexilio en Europa. No obstante, su ciudad de residencia permanente durante los últimos cincuenta años de vida fue Milán. Participó en varias bienales de Venecia, en Documenta de Kassel (Alemania); expuso en algunos museos de Europa y América Latina, y en colectivas en el MOMA de Nueva York. Sus libros, escasos pero determinantes, fueron publicados por prestigiosas editoriales, entre las cuales figura Vuelta, dirigida por Octavio Paz en México. Entre los reconocimientos a sus libros y trabajos visuales (pinturas, esculturas, ensamblajes, instalaciones, performances) cabe mencionar el Premio Nacional de Poesía, obtenido a los 21 años en el Perú, bolsas de investigación y estudios otorgadas por el gobierno francés, la Unesco y la Fundación Guggenheim de Nueva York, además de importantes adquisiciones de sus obras por parte del Museo de Arte Moderno de Nueva York y de la colección Nelson Rockefeller, de la misma ciudad. Recientemente, el King's College de la Universidad de Londres dedicó un Congreso Internacional al conjunto de su obra.

Sus poemas abordaron los grandes temas, el silencio y la muerte, las tautologías lógicas como sentencias muy parecidas a esos koan del budismo zen (cosmovisión que Eielson compartía según propias declaraciones) que tenían el propósito mágico de develar la verdad de los aprendices, eso que los monjes llamaban satori, los gritos versificados en esas palabras explosivas que tan bien Eielson sabía manejar como sus telas y sus hilos, como sus ausentes Ultimas cenas instaladas en museos europeos o sus vírgenes (como la Dogaresa en su extraordinaria novela El cuerpo de Guilia-no) recorriendo envueltas de pies a cabeza en lienzos rojos o azules, las apocalípticas calles de Lima.

En lo personal mi devoción por Eielson parte de sus poemas, pero mucho más por esa novela maravillosa y tan diferente a las típicas ficciones realistas éticamente correctas y con enseñanzas morales que caracterizan a la novelística peruana. El cuerpo de Giulia-no parte de la búsqueda de un ideal artístico, simbolizado por el silencio de la Dogaresa y su consiguiente muerte, de la desilusión del narrador amante de ella y los aplastantes recuerdos de una infeliz infancia en la selva del Perú que solamente la fantasía, la imaginación, el alma maravillosa del artista en ciernes convierte en un deslumbrante vuelo de pájaros multicolores. Ese mismo poder que hace llover sobre los indios explotados en la selva del Perú y que ya adulto experimenta la muerte de la belleza (su búsqueda y consiguiente fracaso) en el cuerpo de modelo de pasarela de la Dogaresa.

Jorge Eduardo Eielson nunca dejó de referirse con profundo conocimiento a la rica cultura del Perú, de los paisajes desérticos de la Costa peruana, y también al autoexilio que tuvo que iniciar en Europa debido a la incomprensión e intolerancia de un sector que después lo olvidó durante años y que luego en su madurez final empezó a buscarlo para hacerle notas y entrevistas.

En una de ellas, realizada por Martha Canfield, amiga personal y gran conocedora de su obra escrita y plástica, dice cosas muy reveladoras sobre el último acontecimiento que es la muerte.

En apretada síntesis yo diría que toda tu obra plástica y literaria, todo tu pensamiento creativo y tu reflexión sobre la realidad en que vivimos constituye una unidad armónica y articulada, un tejido de relaciones interactivas y, a la vez, una incesante confutación, primero y gradualmente de tus propios instrumentos expresivos y en definitiva de la misma realidad. ¿Estás de acuerdo?

JEE. ¡Todo eso me parece demasiado! Porque nunca he buscado algo así. Todo ha sucedido solo, en la más pura inconciencia, como el fluir del TAO. Y como tal creo que todo eso, tanta pequeña batalla, perdida o ganada, tanta incesante curiosidad, tanto afanoso quehacer, todo, en fin, regresará a la nada.

Que es la única realidad del universo.

JEE. Sí.

¿Es por eso que has dispuesto la dispersión de tus cenizas en el espacio cósmico, con la ayuda de una nave espacial, conforme me dijiste recientemente?

JEE. Sí. Como algunos otros artistas, que yo admiro y quiero muchísimo, yo también he intentado hacer de mi vida una obra de arte. No creo haberlo logrado. Tercamente, intentaré hacer por lo menos de mi muerte una obra de arte. Es mi última posibilidad.

Eielson, qué duda cabe, sobrevivirá además en su arte.

Cuerpo en exilio

Tropezando con mis brazos
Mi nariz y mis orejas sigo adelante
Caminando con el páncreas y a veces
Hasta con los pies. Me sale luz de las solapas
Me duele la bragueta y el mundo entero
Es una esfera de plomo que me aplasta el corazón
No tengo patria ni corbata
Vivo de espaldas a los astros
Las personas y las cosas me dan miedo
Tan sólo escucho el sonido
De un saxofón hundido entre mis huesos
Los tambores silenciosos de mi sexo
Y mi cabeza. Siempre rodeado de espuma
Siempre luchando
Con mis intestinos mi tristeza
Mi pantalón y mi camisa

(Noche oscura del cuerpo Jorge Eduardo Eielson)

* Franco Cavagnaro (Lima, 1977) Posee una Licenciatura en Literatura Hispánica en la PUCP, publicó el libro de relatos Testimonios del ojo (PUCP, 2002). Es director de la Revista cultural www.materiaverbalis.com 
 

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