Texto del
 DISCURSO DE GRADUACIÓN
leído ante la promoción 2005-06 del colegio F.D. Roosevelt, de Lima
 17 de junio del año 2006
di José Luis Mejía

 

Buenas noches a todo el que me escuche, buenas noches muchachos. Empecemos:

Anduve revolviendo como un loco el cofre de memorias que me llevo y entre mares de letras y palabras comenzó a cabalgar mi pensamiento. Al borde de rendir mis intenciones, cansados mi plumón y mi cuaderno, miré mi voz y me encontré de pronto por los rumbos antiguos de mis versos. Pensé narrar historias que he guardado en el mágico archivo del recuerdo pero no quise repetir los moldes del ritual, los adornos y los cuentos. Quise, más bien, decirles lo que han sido en estos años que ha robado el tiempo para un gris profesor de secundaria a quien iluminaron con sus gestos. Un profesor que nunca enseñó nada porque pasó estos años aprendiendo en las lecciones de sus malos ratos, en las enciclopedias de sus sueños, en los libros sagrados de sus dudas, en las ciencias exactas de sus miedos. Cada vez que escuchaba sus miradas, cada vez que miraba sus silencios, capturaba del texto de sus vidas experiencias, lecciones y consejos. Ustedes me llenaron de motivos, le pusieron color a mi chaleco, abrieron las compuertas de mi risa, me hicieron regresar hasta el comienzo y en esto de enseñarles comprendimos que siempre, los alumnos, son maestros.

Supe de sus amores, de los graves, de los que pasan torpes y ligeros, de los que duelen, de los que persiguen, de los que son la excusa para un beso. Supe de las angustias, de las simples, de las que escapan como un mal momento, de las que rompen, de las que se clavan como un arpón en la mitad del pecho. Supe de sus amigos, de los pocos, de los leales, de los más sinceros, de los que son tan sólo para un rato, de los que hieren, de los que se fueron. Supe de los parientes, de los nobles, de los que se equivocan sin quererlo, de los que lo dan todo sin pensarlo, de los que nada ven porque están ciegos. Supe de sus licencias, de sus faltas, de sus pecados grandes y pequeños, del cigarrillo de las tardes tristes, del alcohol que les dio malos consejos. Ustedes que me dieron su confianza me dieron mucho más porque me dieron la fe del que no sabe de exigencias, de condiciones, armas o pretextos.

Por eso estoy aquí con mis palabras -que no me alcanzan para lo que siento- pero que son licencia y homenaje para honrar el cariño que les tengo. Hoy vengo a declarar lo que se calla, a compartir mi sed, mis sentimientos, mis noches, mi ilusión, mi fe, mis dudas, mis esperanzas, mi calor, mi invierno. Hoy que se marchan a vivir al mundo escúchenme con ojos muy despiertos.

Allá la vida espera con sus plazos, sus máscaras, sus piedras, sus misterios, sus bastones, sus árboles prohibidos, sus amores efímeros y eternos, su indiferente y pálido equipaje, su placer, su violencia, sus objetos, su caricia infinita, su maltrato, sus diamantes, sus armas y sus huesos. Allá la vida aguarda por sus pasos y les exige caminar enteros, con las manos abiertas, preparados para atrapar el soplo de los vientos.

Vivir es mucho más que alimentarse, calzar zapatos y limpiarse el cuerpo, vivir es mucho más que la camisa, es más que el maquillaje o el espejo, más que las luces, más que los diplomas, más que la alfombra, el hambre y el deseo, más que la seda, el vientre, los encajes, más que el perfume, más que los pañuelos, más que el abismo, más que la aventura, más que el goce temprano de los cuerpos. Vivir es aceptar el compromiso de ser mujeres y hombres verdaderos, de ser seres humanos, seres dignos que merezcan la marca del respeto. Vivir es comprender que existen otros que no pueden gozar sus privilegios, que no saben leer, que tienen hambre, que son iguales frente al universo. Vivir es combatir el egoísmo, ser generoso, consecuente, honesto, ser responsables por lo que conocen por lo que saben, por lo que aprendieron, vivir es la ocasión que ustedes tienen para ser justos, sabios y correctos.

Están allí, sentados como niños que aguardan la campana del recreo, que esperan a mamá que los recoja, que están nerviosos y que están inquietos. Me miran cobijados en la sombra, desde el rincón más dulce de su miedo, desde la quieta angustia que se esconde como una tentación, como un secreto, como un temor que bulle en los pulmones y les aprieta, delicado, el pecho. Yo creo comprenderlos porque todos pasamos por el mismo desconcierto, por el mismo sudor de nuestras manos, por la misma ansiedad de nuestros dedos, por el mismo rubor con que se mira con ojos turbios y con labios secos. Todos tuvimos la ocasión del llanto, todos perdimos, sin razón, el tiempo, todos sufrimos un amor ingrato, todos buscamos, sin hallar, consuelo. Ahora son ustedes las muchachas que no saben qué hacer con tanto cielo, los muchachos que escapan del futuro que otros soñaron y otros construyeron.

Alguna vez los tentará el fracaso, el nosoportomás, el yanopuedo, verán cómo se gastan los pulmones, la inocencia, la sangre y el cabello. Se extraviarán en bosques de costumbres, en páramos de seda y de cemento, en laberintos de formalidades, en la emboscada de un domingo quieto, en las palabras justas y adecuadas, en el silencio cómplice y siniestro, en la ambición voraz y desmedida de la feroz comedia del dinero.

Les querrán ensuciar las esperanzas pidiéndoles papeles, documentos, acumulando cosas que no sirven más allá del portón del cementerio, manifestando ideas que no creen, declarando mentiras a los vientos, transformados en noche, seducidos por la moneda sin valor del éxito.

No se dejen cegar, no se arrodillen ante un altar de barro y privilegios, no se desprendan nunca de sus alas, no se despojen nunca de sus credos, no renuncien a dar, no prostituyan la solidaridad, no tengan precio, no acepten la miseria de las almas, no abandonen jamás a un compañero, no rindan sus banderas ante el trono de la avaricia, del poder, del trueno, no se olviden jamás de dónde vienen y a dónde debe conducir su vuelo. Levanten el valor y la mirada, pongan de pie la flor de sus intentos, atrévanse a existir sin condiciones, remando contra el mar y contra el viento.

Yo los invito a cabalgar la aurora en el potro con alas del misterio, a rehacerse sobre sus errores, a superarse y comenzar de nuevo. Yo los llamo a insistir, a convencerse del valor, de la lucha, del derecho a escoger con coraje y libremente el difícil camino de ser bueno.

Yo los invito a cosechar del alma los frutos de lo vivo y de lo eterno, a combatir la infamia, a desprenderse de los complejos, del temor y el miedo. Yo los llamo a vivir, a definirse, a ser valientes y aceptar el reto, a caminar sobre las aguas turbias, a jugarse la vida por un sueño.

Se acaba nuestro tiempo, los adioses no guardan nada más que su veneno, por eso me resisto a pronunciarlos, por eso alzo la voz y me rebelo contra finales y contra distancias, contra la torpe sinrazón del miedo, contra esta noche que nos abandona, contra las horas, contra los momentos. Me revelo también contra la frase, contra las estaciones y los puertos, contra la espera, contra los minutos, contra lo que será, contra el silencio, contra el dolor de todos los abrazos, contra los nomeolvides, los tequiero, contra los llantos, contra las promesas, contra el sabor amargo de los besos, contra los golpes de la despedida, contra las tentaciones del recuerdo, contra este amor que duele porque existe, contra este amor de sangre y alma y cuerpo, contra este amor que sólo me permite decirles: “hijos míos, hasta luego”.

José Luis Mejía
jlmh@buscoeditor.com

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