Chaparrones y chubascos
José Luis Mejía

Mi primera vez fue en el estacionamiento del hotel... A ver si me explico. Andábamos llegando a la dorada prisión y tuvimos que permanecer en la camioneta –ajena y alquilada– porque el cielo se venía abajo. Literalmente, se venía abajo; a manguerazos, a baldazos, a oleadas, pero abajo. Porque para un habitante del pueblo donde he nacido –donde "llover" es un verbo que se halla tan devaluado como nuestra moneda–, el aguacero fue impresionante.

En mi vieja Lima garúa, cae una lluvia menuda, tímida o acomplejada, que no logra –jamás, ni en sus mejores intentos–, limpiar ese "cielo sin cielo" que tan acertadamente describió Sebastián Salazar Bondy hace tanto tiempo. Así, el color "panza de burro" característico de las tres veces coronada Ciudad de los Reyes no cede nunca porque las condiciones geográficas impiden que se desparrame a su gusto una lluvia de esas que elimine el polvo, limpie las calles y siembre de verde la geografía desértica, sucia y melancólica, en la que crecí.

Media hora sentado en la camioneta viendo cómo el cielo decide desprenderse de la bóveda celeste convertido en chaparrón o chubasco, es tiempo suficiente para empezar a poner nervioso a cualquiera que no haya vivido esa experiencia con anterioridad. Sin embargo, esa vez Natura no andaba muy enfadada y nos llovió un rato más con algunos rayos que iluminaban la negra noche como fuegos artificiales colocados por algún niño travieso en medio de oscuridad. Al ceder la lluvia, y ya desde el refugio del hotel, tras la impunidad de unas gruesas ventanas fabricadas para resistirla, fue emocionante ver cómo la tormenta juntó nuevas fuerzas y se fue alejando, rumbo al norte, con sus aguas, sus luces y sus escándalos.

"Eso no es nada" me dice Pedro, el alegre camarero cubano de mis desayunos hoteleros, "espérate que lleguen los huracanes, ¡esos sí que son emocionantes!, todo se inunda, todo se llena de agua, no se puede salir, el viento azota como en las películas y, si no tomas precauciones, se cuela en tu casa y te levanta el techo. Un amigo mío terminó refugiado en el baño para que no se lo llevara la tormenta. Pero es emocionante..." y repite vocalizando exageradamente como si notara que no he comprendido nada, "e-mo-cio-nan-te".

Vuelvo a mi rutina, me encierro en esta cárcel de vidrios y veo pasar las horas y los días, las lluvias y los vientos, pero no llegan los huracanes porque parece que andan –para mi buena fortuna y mi curiosidad insatisfecha– remolones y flojos. "Se me ocurre que va a ser una temporada tranquila", me dice en otra ocasión Pedro con una sonrisa socarrona, "te vas a perder esa experiencia tan emocionante, e-mo-cio-nan-te".

No fue sino hasta una semana después cuando, viendo aburridamente cómo el encargado de la sección del tiempo del noticiero repetía una vez más que había cincuenta por ciento de posibilidades de que lloviera –¡y eso es de una pillería maravillosa!, puesto que así nunca se equivoca, ya que llueva o esté todo el día brillando el sol, su predicción se cumplirá de alguna manera–, me di con la sorpresa del anuncio de una "depresión tropical" nacida en el Mar Caribe cuyo movimiento y fuerza parecían no ser peligrosos para nadie. De inmediato explica con voz de profesor que los ciclones tropicales se clasifican, según su magnitud, en tres categorías: depresión tropical, tormenta tropical y huracán, por lo que no había de qué preocuparse frente a este ventarrón débil e insignificante, que andaba pachochudo y poltrón por el Mar de las Antillas.

Como Madre Natura –que debe andar molesta con tanta contaminación, tanto derrame, tanta deforestación, tanto incendio, tanta polución y tanto ozono destruido– no escucha los boletines meteorológicos ni ve el canal del tiempo, ignoró las opiniones de los comentaristas y se sentó –magnífica– en la información del noticiero de las diez. Consecuentemente, al día siguiente, la menospreciada "depresión" era ya una visible "tormenta tropical" cuyos vientos amenazaban convertirla en un pequeño huracán que, no obstante, parecía no tener muchas posibilidades de hacer daño pero cuyos soplos –como los bramidos de un bebé al que le negamos los brazos– llegarían a molestar e interrumpir la vida de varios pueblos del Caribe.

Esa misma noche, convertida ya en huracán, la tormenta visitaba algunas islas de la zona aunque andaba medio deprimida y sin demasiada convicción, así que los expertos –que se referían al episodio como si se tratara de un ser vivo– dijeron que pronto regresaría a su calidad y condición de tormenta tropical, la que ­–muy probablemente– "moriría" sin hacer demasiado escándalo.

Un día después el desahuciado fenómeno atmosférico gozaba de buena salud, superaba la barrera natural de las islas del Caribe y atravesaba –más entusiasmado pero sin mayor violencia– por las montañas cubanas. Los expertos empezaron a hablar de las posibilidades de regeneración del huracán y estimaron que buscaría pisar tierra por el golfo de México con lo que esta ciudad que ahora habito quedaba fuera de la trayectoria de la tormenta.

Por alguna razón dejé de ver las noticias un día y a la mañana siguiente me encontré con la declaración de emergencia, los anuncios del alcalde, los comunicados oficiales y la pasmada sorpresa de los "especialistas" de los noticieros que informaban ahora que el huracán se estaba recomponiendo, que era ya un muchachito impetuoso cuyo crecimiento era evidente, que había caprichosamente cambiado de rumbo y que, contra lo pronosticado por computadoras y expertos, enfilaba hacia esta ciudad. Nos atravesaría, de lado a lado y de extremo a extremo, en cuarenta y ocho horas y bastante agitado.

A partir de ese momento todo empezó a conmocionarse. La programación de los canales de televisión se suspendió para ser reemplazada por programas especiales o se alteró notablemente con boletines constantes sobre los cambios, avances y retrocesos de la susodicha y sobrealimentada tormenta tropical. Los genios empezaron a opinar, se dijo que pegaría con fuerza, que no, que tal vez... Se afirmó cuánto uno pueda imaginarse y toda la ciudad se conmovió en silencio. No hubo escándalos ni grandes acumulaciones de personas ni incontrolables congestiones de tráfico ni nada que causara pánico colectivo y, sin embargo, allí, subyacente, subterráneo, subrepticio, se notaba un miedo oculto y escondido ante el huracán que se aproximaba...

© José Luis Mejía
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