LA TORMENTA DEL DINERO, ILUSIONES PERDIDAS
di FRANCO CAVAGNARO

Alguien me dijo alguna vez que no leía a Balzac porque le aburría tener que soplarse las interminables descripciones de objetos: casas, trajes, calesas, plazas, etc. que desfilaban por sus novelas. Y este concepto lo extendía para otras ficciones decimonónicas.

Siempre hay una causa para un efecto y no es gratuito el hecho de que Balzac se detenga en estas aparentes insignificancias. En Ilusiones Perdidas ocurre esto. Junto a La educación sentimental de Flaubert constituyen las dos más grandes novelas de la desilusión. Flaubert explora el interior de la desilusión, mientras que Balzac, como no podía ser de otro modo, nos revela la realidad de ella y sus consecuencias, lo cual es esencial, pues al hacerlo también nos revela la génesis del orden imperante hoy en día. En ambas, pero sobre todo en Ilusiones…, la naciente sociedad (burgués, mercantil, consumista), todavía en pañales, es plasmada con absoluta desnudez. De ahí que Balzac se detenga tanto en describir. Es decir cumple esa función que en el arte se llama REVELAR.

No me voy a detener en el carácter enciclopédico de la obra de Balzac, sobre ello se ha escrito bastante, sino en el significado de la desilusión. El protagonista de las Ilusiones… es Lucien de Rubempré, ambicioso jovenzuelo, deseoso de sacudirse del frustrado pasado de su padre. Para ello se sirve de su extraordinaria belleza y su talento poético, el cual muestra de modo triunfal en su pequeña ciudad de provincia: Angulema. Se rodea de los nobles de la ciudad mediante el sacrificio de su familia e ingresa en el círculo de amistades de la señora de Bargetón, una noble que también desea el éxito y se asquea de su posición provinciana anhelando su regreso a París. Como ocurre con Julien en Rojo y negro, Lucien se enamora de su protectora y de alguna manera se sirve de ella para cumplir sus ambiciones. Compromete el futuro del matrimonio de su hermana Eva con su mejor amigo David Sechard para viajar a París con Lucía Bargetón a cumplir todos los sueños que se han acumulado en su cabeza.

Los signos de los tiempos mueven las ambiciones de los protagonistas, cada uno dentro de su entorno. Sin embargo, Lucien es el más temerario en su apuesta y su aventura, pues intenta triunfar en el círculo más poderoso de Angulema primero y después en París. Su modelo, como el de los héroes de su época, es el individualismo supremo y la ambición de Napoleón. Aquel que deja de lado la ética y sacrifica los medios por el fin a alcanzar. Ante esto, Balzac sentencia: “Hoy, la sociedad, convidando a todos sus hijos a un mismo festín, despierta sus ambiciones en la primavera de la vida, priva a la juventud de sus gracias y vicia la mayor parte de sus sentimientos generosos, mezclándolos con el cálculo”.

En París, la señora de Bargetón se verá sometida a la mofa por su porte provinciano y su desclasado muchachito que funge de amante. Sus amigas y familiares la obligan a darle la espalda a Lucien, quien al mismo tiempo es humillado y ninguneado en el teatro. El espectáculo es la luz de París, pero bajo esa luz tanto Lucien como Lucía se ven ridículamente anacrónicos en su provincianismo. La apariencia de ambos, sus modales, sus ideas y su modo de vida es anticuado frente a la dinámica fugaz de la gran ciudad. La ilusión de París les da a ambos una somera bofetada a sus realidades. Quien más lo siente es Lucien, que en medio de la gran ciudad se verá en la calle, sin protección ni recursos para sobrevivir. La primera lección que aprende Lucien es que en París la apariencia lo es todo. Los objetos que se posee hacen al hombre en esta nueva sociedad, sobretodo el dinero (de ahí amigos míos que las descripciones de objetos sean tan necesarias en este mundo cosificado). Por ello a los ojos de Lucien, la señora de Bargetón se avejenta ante la elegancia suprema y la belleza de otras damas mucho más refinadas y mejor vestidas que ella.

Pero su dilema se acrecienta cuando descubre que su talento poético y su fuerza literaria no son nada frente a los complicados hilos y el clientelaje que rige el negocio del arte y el periodismo. Esos libreros y esos periodistas son gente de peor calaña que aquel avaro, pre capitalista, que siempre aparece en las novelas de Balzac (recuérdese al padre de Eugenia Grandet o al viejo Sechard en esta ficción). Esto demuestra que como hoy en ese lejano siglo XIX, en el mundo mercantil y publicitario, la literatura también se sopesa según las reglas bajo las cuales se rige la calidad y el precio del pan o el de una levita.

En su desesperación por sobrevivir, Lucien ingresa al mundo del periodismo gracias a la ayuda de Lasteau, un periodista corrompido, como todo el gran sistema social, el cual oscuramente envidia su talento. Balzac se centra en el periodismo para demostrar lo inmoral que es y el poder que empieza a adquirir peligrosamente al moldear la verdad según los intereses de los dueños de los medios, el poder de turno y las mezquinas plumas de los periodistas. La sociedad que describe Balzac está corrompida por el dinero que mueve todas las relaciones y que el propio Lucien en su ambiciosa naturaleza provinciana ha intuido antes de partir a la ciudad: “Una voz gritó a Luciano que la inteligencia es la palanca con que se mueve el mundo; pero otra le dijo que el punto de apoyo de la inteligencia era el dinero”.

A esta corrupción, se le oponen las inmaculadas ansias de perfeccionar el genio mediante el trabajo constante de los integrantes del grupo de los Cuatro Vientos. Todos ellos genios sin dinero que en la oscuridad de sus pobres apartamentos progresan en sus respectivos estudios, los cuales contribuirán al progreso del mundo, pero sin el deseo de medrar con sus descubrimientos una fortuna egoísta. Uno de ellos le dirá a Lucien lo siguiente: “El periodismo es un infierno, un abismo de iniquidades, y del que no sale nada puro, a menos de estar protegido, como Dante, por el divino laurel de Virgilio”. Lucien no escucha los consejos de sus amigos. Desesperado por sus ambiciones, la necesidad de dinero y de venganza frente a aquellos que lo humillaron es seducido por las relaciones que Lasteau le descubre. Los periodistas liberales de París constituyen una camada de peligro. Una cofradía carroñera, una red de intereses que destruye, inventa, forja chismes y mancilla honores para usufructuar con las suscripciones de los lectores, ávidos de más basura. Se entrometen en el mundo político, siembran discordias para hacer tambalear al reinado burgués de Luis XVIII y obligar a sus ministros a declarar e iniciar una polémica que el periódico con sus ardides ha creado gracias al fraude y la mentira. ¿Les parece conocido ese mundo? Las redes de usufructo que se le abren a Lucien lo deslumbran, gana escaños gratis en los teatros de París que puede comerciar, los libros que comenta por encargo de los libreros (de cuyos artículos depende el éxito en ventas de sus negocios) los vende a otros libreros y gana un sueldo superior al de sus hermanastros periodistas, quienes en el fondo lo envidian y esperan destruir.

Resulta casi profético lo que dice uno de los dueños de un periódico: “La influencia y el poder del periódico no están aún más que en la aurora. El periodismo está en la infancia, crecerá. Dentro de diez años todo será sometido a la publicidad…”. Vignon dice sobre su periódico: “El medio se ha convertido en comercio, y como todos los comercios, no tiene fe ni ley… Todo periódico es una tienda en la que se vende al público palabras del color que más le gusta… Si existiese un periódico de los jorobados, demostraría en todo tiempo la belleza, la bondad y la necesidad de la joroba”.

Los enemigos de Lucien se convierten gracias a la red de relaciones del periodismo en los enemigos del grupo liberal. La señora de Bargetón y Chatelet son sometidos a diario a las burlas de todo París. Lucien cumple su venganza con creces. Es casi un rey en la escena parisiense, pues de su pluma depende el éxito de las actrices, las obras de teatro y los libros. Coralia, una actriz a quien favorece, se enamora de él y le propone que vivan juntos en una pieza que su amante de turno (un burgués) alquila para ella. Los últimos rezagos de recato que todavía guarda Lucien desaparecen en ese mundo de bohemia, despilfarro y juego. Lucien es introducido en los naipes y empieza a perder su recién ganada fortuna. En un mundo regido por el dinero, el juego tiene un papel primordial, casi profiláctico, porque representa la superficialidad de los riesgos. La miseria y el boato van de la mano. Así como la vida en París es veloz, y veloz es el ascenso de Lucien, igualmente veloz es su caída, inestable su éxito.

Los enemigos de Lucien sucumbirán ante los ataques de la prensa liberal. Pedirán el cese de hostilidades y llamarán a Lucien para dulcificarlo con la posibilidad de que le sea restituido su título nobiliario de Rubempré, el cual utiliza de modo arbitrario. Lucien se verá en medio de intrigas de parte de los conservadores monárquicos que han puesto como condición que el joven periodista se una a su diario conservador, a cambio de que cesen los ataques a la señora de Bargetón. Lucien acepta y se inicia como tránsfuga, aunque en verdad haya sido engañado. Todo es una somera estratagema urdida por Chatelet para destruir al arrivista de Angulema. Al mismo tiempo las deudas de Lucien lo presionan hasta desesperarlo, a él y a Coralia. Remata su novela a un librero para ganar algunos recursos. Su gran obra nunca se publica y sus falsos amigos en el periódico encuentran el momento exacto para destruirlo. Los aliados de Chatelet y la señora de Bargeton finalmente se desenmascaran y con una intriga lo dejan nuevamente solo, sin protección, a merced de sus deudas, sin título nobiliario, con la enfermedad mortal de Coralia y el fracaso de su obra inédita en París. A la muerte de la actriz, debe conseguir dinero para pagar su sepelio y todas sus deudas. Compromete una vez más a David Sechard y su hermana Eva falsificando la firma del primero. Y regresa a pie derrotado y sin dinero a Angulema.

En Ilusiones…, como en toda la novelística balzaquiana, el dinero es el centro de la trama. Una gran tormenta pecuniaria. Todo se mueve mediante la dinámica del metal. Los intereses y los destinos de los hombres se trazan por el influjo del dinero. Incluso los hombres desaparecen bajo el dominio de los recursos. Luciano exclama: “En París es difícil hacerse ilusiones de nada… Aquí se crean impuestos sobre todo, se vende todo y se fabrica todo, hasta el éxito”. El dinero, así como ocurre con la sub verdad del periodismo, crea una realidad paralela y se entrona como la “Realidad”. El dinero, el periodismo y la publicidad (como igualmente expone Balzac con la aparición del afiche de difusión) fabrican no solamente el éxito, que es una consecuencia de esta dinámica, sino que crean la “Realidad” sobre la cual navega el éxito y el fracaso de los hombres más allá del talento y las cualidades. El cálculo y la conquista de los medios para ganar dinero aseguran el poder. Así se explica, por ejemplo, el porqué de que Lucien prostituya su talento al ser obligado a ir contra sí mismo y redactar una crítica desleal contra la formidable novela de su amigo Dartez y verse constreñido por el poder del dinero y las relaciones a destruir y llevar al fracaso la gran obra de su amigo.

Ilusiones… al estar dividida en cuatro partes traza un ida y vuelta. Un círculo espacial dividido entre Angulema y París. La provincia y la gran ciudad. La descripción de la provincia es una burla, una caricatura en la que sin embargo se intuye ya la proliferación del dinero, bastante más pasiva, pero pronta a transformarse y apoderarse de la provincia, una economía dependiente de París. La capital, por el contrario, ya se mueve en un nivel superlativo de comercio. Al regresar a Angulema, Lucien se encuentra con que la deuda que con su firma falsa a impuesto a David y su hermana, los ha arruinado.

El último capítulo es tremendamente actual. La lenta transformación de Angulema en algo más que una miserable villa, se manifiesta en las ambiciones de los hermanos Cointet. Nos enteramos aquí de que el genio inventor de David Sechard era ambicionado por los Cointet. Su descubrimiento de un papel más barato para Francia que supere en calidad al papel holandés es casi una realidad y una mina de tesoro en potencia. La ilusión de Sechard se transforma por las deudas suyas, y las impuestas por su avaro padre y su cuñado irresponsable, en su perdición. Los Cointet mediante fraudes urdidos también por sus relaciones forjadas a puño por el dinero, y las lides judiciales y bancarias, despojan de su invento a Sechard y medran una fortuna fabulosa que los lleva a la conquista de las altas esferas parisienses, mientras que las ilusiones de Lucien son compradas por Carlos Herrera, canónigo español de gran poder, que en una caminata fuera de Angulema explica al joven derrotado en qué se equivocó y qué medios debe utilizar para lograr sus fines. Medios irónicamente inmorales como los grandes hombres (Napoleón, Richeliu, los borbones) usaron sirviéndose del crimen, la mentira y las intrigas. Siempre amparados en lo que el canónigo llama el “secreto”. Lo que en boca del anciano es un proyecto, a lo largo de la novela los Cointet lo han realizado con precisión matemática.

Luego de este descubrimiento y el duro aprendizaje al que se ha visto sometido, Lucien exclamará con dolor: “En vez de matarme, he vendido mi vida. Ya no me pertenezco; más que el secretario de un diplomático español, soy su criatura”.

El final de esta inmensa novela, nos hace visualizar al final del camino la silueta maltrecha del hombre del siglo XX sometido al gran sistema creado por el dinero, así como Lucien se somete después de perder todas sus ilusiones.

En esencia, una novela brutalmente actual.

FRANCO CAVAGNARO
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