Recibí latigazos por ser negra

Teresa Palomino Recopilación Extraida del Diario Ojo.
Cortesia de Victor Hurtado Riofrio Pennsylvanya

“Recibí latigazos por ser negra”
La vida no ha sido fácil para Teresa Palomino, pero hoy es una mujer feliz

Ama la música peruana desde que tiene uso de razón. El baile lo cultivó desde niña y contra la voluntad de su madre, pero hoy es una de las grandes difusoras de nuestro folclor, descubridora de talentos en toda la variedad de ritmos, pese a que incursionó en el arte recién a los 30 años de edad. Pero llegar al sitial que hoy tiene no le fue nada fácil a Teresa Palomino. Su vida ha transitado de la pobreza, del trabajo doméstico y las humillaciones por su color, al éxito.  “Llegar cuesta, pero se logra cuando se tiene tesón y uno quiere lo suyo, porque para mí es importantísimo amar mi música”, expresa. Cuenta que empezó en la escuela de Victoria Santa Cruz, al lado de grandes figuras de nuestra música como Lucila Campos, Ronaldo Campos (director de Perú Negro) y Abelardo Vásquez.  En el primer concurso que participó no pensó clasificar, pero quedó entre los primeros. “Me gustaba lo que hacía, Victoria nos hizo estudiar teatro en el Histrión, luego formé mi grupo, el ‘Unión Santa Cruz’, en mi barrio de Miraflores para dar formación positiva a los jóvenes, no con fines comerciales”, añade.

La pionera
Expresa que su única satisfacción es haber formado chicos que hoy tienen mucho éxito, como Daniel Paredes que hoy es profesor de danzas negras en la Escuela Nacional de Folclor; “Huevito”, que trabajó con la Fania y con Oscar de León; su hijo Wilmer que en Argentina tiene el grupo “Negro de miércoles” y su hija Soledad, que es profesora en el colegio María Reina.  “Esa es mi satisfacción, pese a que se me criticó mucho por hacer bailar juntos a negros y cholos, a niseis y tusan”, anota.  Refiere que le parecieron injustas esas críticas porque en un país de todas las sangres, todos tienen derecho a cultivar lo nuestro. “Sin ánimo de vanagloriarme, creo que fui la pionera en hacer bailar a los peruanos de todas las razas”, subraya.  Y es que antes si eras blanco tenías que bailar marinera, si eras cholo, el huaino o huaylash; si eras negro, el festejo. “Yo tuve a una chica Ana, negra ella, que bailaba lindo el huaylarsh y el público se paraba para aplaudirla”, señala.  Dice que Pepe Vásquez cantaba en su grupo y lo hacía tan lindo que le recomendó ser solista. “Y lo reconoció cuando cumplió sus 20 años de artista”, anota.

Canto y carnaval
Revela que siempre le gus- tó cantar, pero quien descubrió que interpretaba bien la música internacional fue Marcos Bretoneche, un gran organista que en sus inicios la llamó negra antipática. “Hoy Marcos es más que mi hijo, es el tío de mis nietos, el amigo que se resiente si no lo llamo en su cumpleaños, es un miembro de mi familia”.  Desde entonces grabó algunos boleros e intervino en el primer recital de Bartola.
Sobre su Carnaval Negro, cuenta que se remonta al primer festival negro de Cañete que organizó Victoria Santa Cruz, el segundo Ronaldo Campos y el tercero Gisela Peña, donde Teresa fue elegida reina de la simpatía y ocupó el tercer puesto. “Me sentí en la gloria”, dice.  Recuerda que cuando se hizo cargo del festival, llenó el estadio Vicente Yánez de Cañete.  Luego organizó el primer carnaval, que se llamó “Ritmo y Sabor Moreno” en la Hacienda Villa, donde ella cantaba para los turistas en la época cuando vinieron a Lima Barry White, Rafaela Carrá y Julio Iglesias.  Pasaron los años y lo cambió a “Carnaval Negro” y ahora también organiza el Concurso Nacional de Marinera Limeña, del que se siente orgullosa porque el último convocó a 127 parejas. “Me siento gestora de haber desenterrado nuestra marinera limeña”, sostiene.  Teresa recuerda sus exitosos carnavales en Cerro Azul, por eso no puede contener las lágrimas al recordar al alcalde José Pain, que falleció el domingo pasado. El le abrió las puertas de su distrito y desde entonces guardaron una gran amistad.  Recuerda también con cariño a Valentina Barrionuevo y revela que su hijo, Rodolfo Arteaga, fue su pareja de baile en el grupo de Victoria Santa Cruz.

Infancia triste
Su infancia fue triste, aunque refiere con gracia que sus hermanos “cantaban precioso” y una de ellas reemplazó a Jesús Vásquez, cuando la reina y señora de la canción criolla se quedó afónica. “Pero a mi mamá no le gustaba porque en esa época era tabú”, anota. Teresa cuenta que le encantaban las películas italianas y soñaba con conocer Roma, gustaba ponerse vestidos largos, que amarraba y le quedaba como cola. Los fustanes que antes se usaban los remangaba y con la barriga al aire se ponía a bailar sin música, porque entonces para la familia tener radio era un lujo. “A mi mamá le molestaba, me echaba diciéndome ‘muchacha de m... vaya a lavar los platos”.  Relata que desde los ocho años años sabe ganarse el pan. Fue llevada a Pisco para cuidar un bebé, pero un día el niño con su andador tropezó en un hueco y cayó. “El papá me dio de latigazos, nunca lo olvidaré, se llamaba Valdomero Pérez y me gritaba tenías que ser una negra de m....”  Impactó tanto en ella que se propuso nunca casarse con un negro, “para que mis hijos no sufran”. Por eso, indica que a la persona que le ayuda en casa la trata con cariño y respeto, porque recuerda esos momentos.

Sola con sus hijos
La suerte le fue adversa en su primer amor y tuvo que salir adelante sola con sus dos hijos, pensando a diario cómo hacer para darles de comer y comprarle las medicinas a su madre enferma. “Me ilusioné como cualquier muchacha que se enamora y la engañan”, remarca. Teresa valora esa etapa de esfuerzo y sufrimiento y hoy se siente orgullosa de sus hijos y de sus nietos. Después de años volvió a enamorarse. Saliendo del cine con una prima conoció a un italiano que la siguió admirado por la forma como “choteó” a un piropeador. Era un catedrático de la universidad de Roma que llegó para un curso, la acompañó hasta su casa y le dejó su tarjeta. Un día decidió llamarlo alentada por un amigo. La invitó a cenar al Chalet Suizo y tuvo que prestarse ropa y zapatos para ir.  El italiano la ayudó mucho y cuando volvió a su país le pidió que la acompañe, no aceptó. Pero él le siguió ayudando y un día le envió un pasaje para que fuera a Italia. Su hermana prácticamente la obligó a viajar.  Dice que se fue llorando, vivieron juntos y cuando él tuvo que viajar a Arabia le propuso matrimonio, meditó y prefirió regresar al Perú. Dice que los italianos la enamoraban y sus amigas sentían envidia porque ella siempre era la atracción de los galanes. Tenía ya 30 años y a su regreso decide incursionar en el arte. Victoria Santa Cruz convocó negros con condiciones artísticas y un amigo la animó a participar, hasta que se quedó. Guarda muchas anécdotas, pero la que le dio el susto de su vida -y hoy recuerda con gracia- es cuando en Guayaquil, tras una actuación, un millonario la “secuestró” en su auto ofreciéndole miles de sucres para estar con ella. “Nos quedamos en el hotel con Roberta y unas amigas. Cuando decidimos irnos a descansar este señor se ofreció a acompañarnos. Al llegar a destino esperó que quede sola y arrancó su auto. Llegamos a un motel y yo gritaba como loca, parece que se asustó y se fue”, relata.  Agrega que sus amigas fueron a denunciar el secuestro y cuando el comisario les preguntó ¿cuántos años tiene la niña?, se espantó al escuchar “38”. “Ah no, ellos ya lo han conversado”, dice que respondió, matándose de risa.

Recopilación Extraida del Diario Ojo.
Cortesia de Victor Hurtado Riofrio


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