Los Tres Cuervos

de Franco Cavagnaro

Fueron siete años ininterrumpidos. 
Finalmente, las murallas multiplicadas en torno al jardín ocultaron el Palazzo.

La Corte, poblada de condittieri y artistas, ocupaba la fortaleza. Sobre ella, inalterable, Filippo Maria, el último Visconti, contemplaba el magnífico jardín. Siempre en compañía del mago Ferrante, descendía hasta allí, al lugar que durante esos años, gracias al consejo de su mago, había retoñado como por encanto. Paseaban entre las avenidas de árboles, flanqueados por sus guardias, hasta que ahogado por la amarga fragancia del jardín, Filippo decidía regresar a su Cámara. Los condittieri, a esas mismas horas, reunidos en apretados concilios, trataban de elevar una máxima al soberano. Ferrante envuelto en su túnica púrpura aparecía de improviso entre ellos, extendía su manto sobre sus cabezas y les señalaba el tercer cuadrante en conjunción con Júpiter. Los ancianos tremulaban y se inclinaban unos sobre otros, exclamando frases cortas. Sin embargo, alguno se exaltaba y apretaba el puño. Ferrante miraba al hombre y luego de un silencio pálido sentenciaba: La selva fa a pezzi ai suoi figli. Los ancianos dispersos por las amenazantes palabras salían de la sala, de grupo en grupo, a paso ligero, rehuyendo la cercanía del disidente, como un apestado, y cada uno en la soledad de su cámara reflexionaba en torno a los recuerdos que el mago convocaba.

Años atrás un suceso tiñó de púrpura la túnica de Ferrante. 

Altos impuestos en Milano, desdicha y traición en los tres hijos de Filippo, dos tentativas del Dux de Venezia de asolar la región y sojuzgarla a sus posesiones, rodearon dicho suceso. La mañana anterior a la conflagración final contra las huestes del Dux, un hombre enjuto alcanza a Filippo Maria, lo detiene tirando con una vara de madera de su manto rojo y antes de que treinta soldados caigan sobre él partiéndole el cráneo, el hombre separa sus brazos lentamente y exige hablar con el último Visconti. Sólo un soldado resiste su mirada. Abofetea al hombre. Los otros guardan sepulcral silencio. Desenvaina la espada y la coloca sobre su nuca. De pronto, sin mediar ningún motivo, el soldado se retira unos pasos atrás con los ojos clavados en él y mientras Filippo escucha, soberbiamente, rojísimo de pasión, lo que aquel hombre empieza a decir, el soldado suelta la espada y cae de hinojos en el barro, a sus pies. Un sueño, le dice, tuve un sueño. Aprieta la vara con ambas manos. Los veintinueve guardias, los nobles, la soldadesca toda y el pueblo flanquean a Filippo Maria, nadie le hace frente, sólo el hombre enjuto. Un sueño, repite, tres cuervos hambrientos acaban con un laurel. Sólo una hiena escondida los observa con impaciencia. Vuelve los ojos al cielo. Pero el laurel al cabo de siete meses rebrota con las hojas verdes vueltas hacia el sol, clama girando hacia los cuatro puntos cardinales, al tiempo que el soldado tiembla, revolviéndose en el barro, preso de un paroxismo horroroso. ¡Oh, excelso Filippo!, días terribles te acechan, sólo un sueño puede salvarte. 

La soldadesca condujo al mago al Palazzo por orden del último Visconti. Se dice que en el camino a la fortaleza perdió su harapiento manto y la vara de madera. Nadie quiso recoger, en cambio, el cuerpo abandonado del soldado. 

Al amanecer del nuevo día, el exterminio del ejército del Dux fue apoteósico. Ferrante, el mago enjuto, vio la respuesta en un sueño y la recitó ante el Conde. El día de la victoria no se celebró ningún oficio. Desapareció la Curia como por encanto y los artistas fueron expulsados entre gritos de terror. Filippo permaneció en la Cámara Central del Palazzo escuchando los sueños del mago. Al anochecer sus hijos aparecieron colgados en la Piazza del Lauro; los tres cuerpos habían ya desaparecido al amanecer. Se decía que el Conde de Visconti había perdido en un día toda su soberbia.

Entre los condittieri circulaba la versión del embrujo, pero nadie se atrevía a denunciarla. La Corte empezó a adquirir nuevos bríos con la llegada de Ferrante. El cuerpo de Ludovico Monti, también conocido con el título del Figlio della selva, apareció en ella devorado a dentelladas por un jabalí salvaje, al parecer intentaba huir del Palazzo. Otros cinco condittieri fueron encontrados ahogados dentro de un profundo pozo en el pueblo, a las afueras de la fortaleza. Además, terribles pesadillas embotaban las noches de todos los que aún dentro planeaban huir de allí.

Un carruaje entró al Palazzo durante siete noches seguidas. Decían era la tierra bávara del mago que le servía de alimento, ya que Ferrante no probaba bocado. Su noble manto púrpura no atenuaba su magra figura. Por los caminos aparecían esas líneas de tierra que del carruaje caían y que nadie se atrevía a tocar. Sólo la lluvia las arrastraba a la vera del camino, tiñendo de muerte los campos que rodeaban el Palazzo.

Al séptimo mes, el mago Ferrante decretó la nueva serie de impuestos. Las murallas se empezaron a edificar, la soldadesca salió del pueblo a resguardar el Palazzo. 

Con la nueva edificación, el mago supervisando fuera de la fortaleza, los condittieri volvían a discutir soterradamente en torno a la imagen del excelso Filippo Maria. Encerrado en la Cámara Central, sólo salía cada semana, encorvado, nunca erguido, bajo un manto blanquísimo, a pasear por su jardín, gobernado por leves temblores. Los que lograron huir, luego de edificadas completamente las murallas o sobrevivieron a la invasión veneciana, dijeron sentirse observados desde cien sitios distintos por los ojos de Ferrante. El mago con esa vaporosa figura mantenía así en disensión a los condittieri; el miedo y la mutua desconfianza los paralizaba. Nadie, ni siquiera el propio Filippo, podía asomarse a una ventana por temor a que se hicieran señales con los vigías de un ejército de fantasmas. 

El jardín abarcaba una gran extensión inscrita en el Palazzo. Filippo descendía una vez por mes arrastrando su manto blanquísimo, la barba flotándole, los ojos fijos en su cada vez más sombrío palacio; seis guardias lo escoltan. Al pie de la última grada, el mago le tiende la mano y juntos, ahora, luego de siete años de esperar el término de la nueva edificación y la llegada de las huestes del nuevo Dux de Venezia, el Conde de Visconti y el mago Ferrante, escoltados por doce soldados, se susurran en un dialecto extraño largas frases prohibidas. Aspiran el olor del jardín, tocan los magros frutos de los árboles y a cada momento, casi flotando, Filippo mira sobresaltado a sus soldados, los balcones, las galerías, las cien aristas de su Palazzo. Un condittieri los ve desde un punto distante. Sin embargo, no puede distinguir quién es Filippo Maria, el Conde de Visconti, y quién Ferrante, el mago mendicante.

*

Transformado en casi un enano, el último Visconti muere presa de terribles dolores. Los gritos destemplados alcanzaban la destruida Piazza del Lauro. El confesor traído a propia petición desde Firenze sometió a discusión las razones que llevaron a tal estado de posesión al santo Conde y a padecimientos tan extremos, pero esas razones quedaron sepultadas con él. Los condittieri que lo vieron agonizar creyeron observar en su rostro y en su cuerpo las marcas del ataque bestial de una hiena.

Durante su agonía, Ferrante hizo trasladar un cofre lleno con la tierra del jardín al lecho del moribundo y pidió que lo ayudaran a dársela de a pocos. El cierre de una vieja herida, decía, lo hacía necesario. Filippo Maria se negó saltando como un condenado sobre su cama. El día de la entrada de Tizio Macrobio, nuevo Dux de Venezia, al Palazzo de Milano, Ferrante, el mago, desapareció dejando una nota que el confesor recién leyó en Firenze con pavor: "Encerrar a sus adversarios en bien defendidas prisiones y conservarlos cerca muertos y embalsamados, con la misma indumentaria que solían llevar en vida, es la obligación de todo buen soberano".

*Los restos de tres príncipes con sus bellas indumentarias, sentados alrededor de una mesa, fueron hallados, bajo el espléndido jardín, en el saqueo al Palazzo, por los enloquecidos mercenarios del Dux, ávidos de rapiña. 

 Franco Cavagnaro 


cavagnaroff@hotmail.com
 


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