DEBERLE LA VIDA A ALGUIEN…

"Debe ser hermoso deberle la vida a alguien", le dice Blondin, el equilibrista que había logrado la hazaña de cruzar repetidas veces el Niágara, al adolescente Carlo, su más devoto –e ignorado- admirador que va en su búsqueda para increparle su dejadez, su negligencia, su apatía, la manera como se ha vuelto fácil, inútil y flojo, el desaliño con el que realiza sus proezas, como, por ejemplo, esta última, su más reciente presentación, donde anunció que iba a cocinar y comer una tortilla hecha con una docena de huevos, bamboleado por el viento feroz y a 48 metros de altura, en la misma mitad de los 330 metros de cable que unen Norteamérica y el Canadá, sobre el río de las famosas cataratas. Todo ha sido una estafa. Solamente cocinó ocho huevos y arrojó subrepticiamente, amparado por la distorsión que causaba la distancia que lo separaba de los miles de espectadores a ambos lados del torrente, los otros cuatro huevos a las turbulentas aguas…

"¿Y?", responde Blondin, "como si no fuera poco esfuerzo hacer y comer una tortilla de ocho huevos". "¡Pero usted prometió doce! No dijo diez, no dijo ocho, ¡dijo doce! Y el público esperaba doce…". "El público vio doce…". "¡Pero yo no, yo tenía un largavista, yo conté uno por uno los huevos, y fueron ocho y vi cómo arrojaba los otros cuatro al río…! ¡Es una estafa!". Cuando el equilibrista está a punto de echarlo de su casa, le increpa: "pero eso no importa, no importa que ellos sepan o no que cumplió su reto; lo terrible es que hace mucho tiempo que no hace nada extraordinario, que no se arriesga, que no va más allá de sus posibilidades. Y no me diga que ha cruzado con una carretilla, eso le agregaba un punto de apoyo, una ayuda extra, o que pasó el cable vendado, usted jamás mira, eso fue un alivio, usted se guía con los pies, no, no, no, usted hace mucho tiempo que dejó de soñar, que dejó de plantearse desafíos, usted ahora hace lo fácil, dejó los retos, dejó de exigirse, ahora actúa para el público, ahora sólo le interesa ganar dinero… Pero, ¿sabe que es lo peor? Lo peor es que usted lo sabe, Blondin, y no puede ser feliz con eso, porque entonces no sería Blondin y yo no podría admirarlo como lo admiro…".

Ese diálogo, reinterpretado por mi torpe memoria, es el detonante de una de las obras más hermosas, más representadas (en más de cincuenta países), traducidas (a más de quince idiomas) y célebres del teatro latinoamericano: "El cruce sobre el Niágara", escrita en 1969 por el notable dramaturgo peruano Alonso Alegría (1940).

A partir de ese momento asistimos a la forja de una amistad entre el viejo maestro y el alumno aplicado, entre el orgulloso funámbulo y el científico adolescente, entre la fuerza del triunfo y el eco de los antiguos fracasos. Pero, ¿quién es quién en la obra? Uno tiene la tentación de pensar que el joven escuálido, poco apto para las labores físicas, encerrado en sus libros y en sus cálculos, y con varias historias de inútiles deshonras y cobardías, es la personificación de lo débil, de lo endeble, de lo que está por deshacerse y busca en el vigor del famoso equilibrista, la energía, la fuerza, la potencia que le falta a su vida sumida en libros, fórmulas matemáticas y proyectos irrealizados.

¿Cómo no dejarse seducir por la firmeza, por el aparente poder del francés magistralmente encarnado en un Alberto Ísola que contagia, nuevamente a la altura de sus mejores representaciones?

Blondin aparece desde el primer momento gigantesco, pétreo, infalible y displicente, ¡qué importa si la tortilla fue de ocho o doce huevos, qué importa! Si hubo tortilla y hubo hazaña, si todos quedaron maravillados con la maniobra, si los diarios lo proclamaron el mejor y el dinero colmó sus bolsillos, ¡qué importa! No se quiebra, no duda, avasalla todo con esa disposición incorregible para el triunfo, no sabe lo que es un fracaso, una derrota, un sueño trunco, todo se lo ha propuesto, todo lo ha logrado, "¡pero no vuela!", le increpa Carlo; "jovencito, los hombres no volamos", le responde Blondin con sarcasmo y sigue apareciéndosenos como un atleta griego que se inmortaliza en los grabados en el momento de la gloria y del cual es difícil sospechar debilidades humanas y pedestres. 

"¡Deberle la vida a alguien! Debe ser hermoso…", se dice el equilibrista cuando Carlo (interpretado por Oscar Beltrán que, en su primer protagónico y más allá de alguna tentación caricaturesca, realiza una muy buena actuación), le cuenta que él vio cómo, en ese cruce donde se tambaleó, un sujeto rompía las cuerdas que tensaban el cable por donde avanzaba. Cayó, pero logró asirse con las manos y luego con los pies, "como un mono", y así, poco a poco, sudoroso y temblando, aunque nadie lo supiera, llegó al otro lado y la gente lo esperaba allí y lo vitoreó como si hubiera sido el mejor cruce, "porque cuando hay la seguridad de que alguien va a perder y desplomarse, la gente apuesta porque no, porque sí lo logra, porque sí puede… Si no hubiera intervenido la policía a tiempo y el criminal cortaba otra soga, estaba perdido, ¿fuiste tú quién dio la alarma?" "Bueno, este…, en realidad, yo… No." "¡Qué pena! Sería grandioso saber que te debo la vida…".

Este hombre macizo va construyendo una relación casi paternal con el joven soñador. Es en medio de esa amistad que se plantea el gran reto, el imposible, eso que puede librar a Blondin de su mediocridad y a Carlo de su cobardía, ¡atravesar juntos el Niágara! Ir más allá de lo imaginado, hacer de dos hombres una sola presencia y avanzar por sobre las aguas turbulentas en un viaje suicida, "¡hay que ser un idiota para pretender tal cosa!", hay que estar más allá de la cordura, de los límites impuestos (por ellos y por nosotros), de las formalidades de la vida fácil, hay que estar loco, y haber perdido la inteligencia para pretender tal barbaridad, tal desatino, ¡cruzar el Niágara sobre un cable de acero con una persona en los hombros! Sólo Icarón, el gran tonto (como en su tiempo lo fuera Ícaro, el necio e imprudente hijo de Dédalo, "pero a quién, con alas de cera, se le ocurre acercarse al sol"), ese que no es Blondin ni Carlo, ése que es lo dos y que es ninguno, ése que es ambos, ése nacido de dos voluntades, de los atrevimientos y de los miedos compartidos, sólo él, sólo Icarón puede hacerlo… o intentarlo.

En esa conjunción todo se humaniza y todo se dignifica, el valiente no lo es tanto y el cobarde tiene fuerzas ignoradas. El viejo actúa como un niño temeroso en medio del punto sin retorno y el adolescente se inflama como un héroe y reparte coraje a borbotones. Los papeles se trastocan y se complementan, el pasmado equilibrista reverdece y el imberbe retoña.

¡Deberle la vida a alguien! Debérsela a quien nos libra de la más vergonzosa de las muertes, la de seguir vivo sin sentido. Hay en esa deuda un propósito, una fuerza, un cable (como el que cruza sobre el vacío), que nos une al otro, al prójimo, al próximo, al hombre de a lado que nos recuerda que el compromiso con nosotros mismos no es sino la otra cara del compromiso con la humanidad de la que somos dueños y deudores.

Blondin le debe la vida a Carlo y Carlo le debe la vida a Blondin. Icarón se la debe a ambos y nosotros le debemos a Roberto Ángeles la impecable dirección de este cruce sobre el Niágara con el que Alonso Alegría nos emociona y nos compromete.

Lima, mayo del 2003
©José Luis Mejía

< Precedente


PERUAN-ITÀ © Copyright 2001- 2003
No part of this site may be reproduced 
or stored in a retrieval system. 
All rights reserved