EL RECOVECO DE POMPILIO

  ¡Que viva la tertulia!

La tertulia prácticamente nace con nuestro querido país. Difícil es imaginar un Perú sin tertulia y menos una Lima sin ella, pues de morir esta ancestral costumbre perecerían también todos los criollos de pura cepa, entre ellos el autor de esta nota. Y eso no lo vamos a permitir.
Desde que puse mis pies en este bello barrio, mis queridos vecinos me hicieron conocer el placer de la tertulia. Pero no se crea que fue amor a primera vista, ni mucho menos. Al principio me resultaba una práctica aburrida y de mal gusto de nuestros progenitores, que no ponían reparos en pasar horas larguísimas sentados alrededor de la mesa -después de las comidas- hablado de zutano, mengano y perencejo. 
Con el pasar de los años, cuando comencé a frecuentar el legendario Superba, comprendí lo sabrosos que eran los limeñísimos chismes que me revelaban mis contertulios, sentados alrededor de unos porrones de cerveza bien fríos y de infinitas docenas de choritos a la chalaca. Esto, si la tertulia servía de aperitivo; con la misma bebida más unas butifarras -con bastante salsa criolla- si las habladurías eran servidas como lonchecito, o sino, acompañados con unos poderosos Perú libres que servían para irrigar un lomo a lo pobre si la reunión era motivada por alguna protesta en caso de haber asistido a una recepción donde el papeo lo habían servido bastante ralo o las chelas habían brillado por su ausencia.

Diría yo que aquella vez no se trató de una tertulia: fue, más bien, un monólogo sobre el distrito de San Isidro, localidad que se desarrolló sobre lo que fueron los fundos rústicos de San Isidro y San José de Huatica o Miraflores asentados, a su vez, en la región precolombina de Huatica.
Desde que comenzó mi interés por Lima y sus alrededores supe que desde la huaca-palacio de Taulichusco "El Viejo", situada en la Plaza Mayor -donde se levanta el Palacio de Gobierno o Casa de Pizarro-, se disponía del agua de regadío para los siete canales principales -también llamados ríos- que alimentaban las 21 mil hectáreas del valle del Rímac. Y también supe que desde allí se decidía el flujo de las bocatomas de los ríos Bocanegra y Piedra Lisa (que irrigaba la margen derecha del Rímac) y las de los ríos Huatica y de la Magdalena, que servían a la margen izquierda. Unos cuantos kilómetros hacia el este, en la zona hoy conocida como La Atarjea, había otra bocatoma para irrigar Lurigancho y, un poco más al este, se empalmaban el río Ate y el Surco para regar la margen izquierda, así como el ramal que servía a la margen derecha de Cajamarquilla y Huachipa. Por eso, afirmar que la bocatoma del río Huatica se encontraba ubicada en La Atarjea, es totalmente errado.
Tan es así que en el libro titulado "LIMA", cuyos autores son Juan Günther Doering y Gulllermo Lohmann Villena, editado en septiembre de 1992 por 
Mapfre en Madrid, se lee en la página 42:

"Detrás de Palacio, como ya se dijo, estaba la bocatoma del más antiguo río artificial del valle y la huerta desde donde también se controlaba el riego del río Huatica".

Discúlpame, amigo mío, pero creo que el doctor Alzheimer no sólo me está tomando el pelo a mí, que no lo tengo. Hay otros que también deben de cuidarse y es por eso que te recomiendo te preocupes de tu salud.
Todo este prolegómeno es porque creo que muchos amigos -Alzheimer les está dando la mano- al leer esta nota recordarán con tristeza o con regocijo la célebre calle de La Victoria por donde pasaba el conocido río Huatica, calle que originalmente y en honor a una colectividad extranjera fue bautizada como 20 de Septiembre. Años después y luego de una gran protesta, fue renombrada como Jirón Huatica y, finalmente, recibió el nombre de Jirón Renovación. ¿Ya recuerdan? ¡Qué tiempos aquellos! Es verdad eso de que la juventud es un divino tesoro, ¿no?

Por ahora me despido. Y si Dios quiere y ustedes me soportan, en la próxima continuaré con el chisme. ¡Que viva la tertulia!

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